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Jueves, 3 de noviembre de 2005

CINE › “CODIGO 46”, DEL BRITANICO MICHAEL WINTERBOTTOM

Un futuro con música de trip hop

 Por H. B.

“Como consecuencia de las técnicas de fertilización in vitro, inseminación artificial y clonación, es necesario prevenir la reproducción genético-incestuosa accidental o deliberada”, dice el cartel inicial, correspondiente al Código 46 que rige en esa sociedad del futuro. No hace falta ser muy suspicaz para presentir que lo que se anuncia inevitablemente sucederá. Unas escenas más tarde, cuando el personaje de Tim Robbins y el de Samantha Morton se conocen y se miran fijo por primera vez, se tiene la certeza de que esa mirada está condenada.
Tan prolífico como Woody Allen y tan cambiante como Proteo, Código 46 es el opus 11 del británico Michael Winterbottom, el de películas tan disímiles como Jude, Bienvenido a Sarajevo, Wonderland o 24 Hour Party People. Siempre con esa voluntad de “cada película, un ensayo” que parece animarlo, Winterbo-ttom se prueba en la ciencia ficción. Como suele suceder en el género, cuanto más se habla del futuro, más se describe el presente. El mundo de Código 46 es tan internacionalizado como para que los alrededores de Shanghai se parezcan al desierto africano, y la ciudad luzca tan asépticamente tecnologizada como cualquier superurbe occidental de ahora. Allí, las etnias conviven de modo tan acrisolado como en Blade Runner. La lengua que hablan está dominada por el inglés, con briznas de árabe, francés y castellano saltando como chispas en cada frase.
Sería ingenuo suponer que esa cultura representa una perfecta forma de democracia y las hordas de gente rogándole al protagonista un pase para “entrar” revelan la separación entre un adentro de incluidos y un afuera (así, en castellano) de parias y réprobos. Es para investigar un tráfico clandestino de papeles (también en castellano) que el investigador William Geld (Robbins) debe viajar desde Seattle a una gigantesca corporación en Shanghai. Con una infalibilidad basada en poderes paranormales, cuando descubra que la dealer de papeles es María González (Morton) la aparente máquina perfecta de investigar que es Geld mostrará su talón de Aquiles, denunciando a un tipo que no tiene nada que ver.
Lo otro que abunda son unos virus que se toman y permiten aflojarse y perder los estribos. O que, aplicados por los representantes del poder, borran los recuerdos que el sistema considere peligrosos. Si esto suena parecido no sólo a Blade Runner sino a la obra entera de Philip Dick, es porque Frank Cottrell Boyce, guionista de Winterbottom, saqueó esa obra sin complejos. Altamente derivativa en lo argumental, en Código 46 Winterbottom parece haber puesto todas sus fichas en la construcción de climas antes que historias. Vuelve a apelar a su sofisticada sensibilidad musical, apoyándose esta vez –además de un cameo-homenaje del ex Clash Mick Jones, que hace una versión de Should I Stay or Should I Go– en el hipnótico trip hop que aporta el grupo Free Asociation. El carácter de trip audiovisual se ve reforzado por el formato scope, que permite que desiertos y panoramas urbanos se extiendan. Tanto como los edificios de vidrio y acero, de interiores no tan distintos de los contemporáneos. Sobre esos escenarios gigantescos se recorta el amor maldito del investigador demasiado humano y la chica obsesionada con sus sueños, que a partir de un momento cargará con una herencia peligrosa.

6-CODIGO 46
Code 46 Gran Bretaña, 2003.
Dirección: Michael Winterbottom.
Guión: Frank Cottrell Boyce.
Intérpretes: Tim Robbins, Samantha Morton, Jeanne Balibar, Om Puri y Mick Jones.

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