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Jueves, 10 de noviembre de 2005

CINE › SOBRE “PACO URONDO, LA PALABRA JUSTA”

“Paco es la mitad de mi vida, le tengo un profundo respeto”

Beatriz Urondo, hermana del poeta y militante asesinado por la dictadura, recuerda su calvario para recuperar el cuerpo.

 Por ANA BIANCO

Francisco “Paco” Urondo (1930-1976) tuvo una vida intensa. Era un reconocido poeta de la generación de los años ’60 y ’70, novelista (Los pasos previos), cuentista, dramaturgo, ensayista (Veinte años de poesía argentina), guionista de cine y televisión y periodista, responsable junto a Juan Gelman del suplemento cultural del diario La Opinión (1971), secretario de redacción del diario Noticias (1973) y autor de La patria fusilada (reportaje a tres sobrevivientes de la masacre del 22 de agosto de 1972 en Trelew), que realizó mientras estaba preso en la cárcel de Villa Devoto, en 1973. Urondo, un intelectual comprometido, se integró a la organización guerrillera FAR a comienzos de los años ’70 y aceptó, en contra de su voluntad, un destino en Mendoza. Murió combatiendo el 17 de junio de 1976 en Guaymallén, en una redada en la cual Alicia Rabboy, su esposa, fue secuestrada y continúa aún desaparecida, y Angela, su hija, sobrevivió. El documental Paco Urondo, la palabra justa, dirigido por Daniel Desaloms, revaloriza la figura de Urondo y entre los entrevistados destaca a Beatriz (80 años) hermana de Paco, una testigo importante. En una charla telefónica desde Merlo, San Luis, Beatriz Urondo compartió con Página/12 la odisea que soportó para recuperar el cuerpo de su hermano y rescatar a su sobrina, Angela. El director Desaloms (ver recuadro) se refiere al testimonio de Javier, hijo de Paco, frente al estreno de hoy en el Cosmos.
Beatriz llegó a Mendoza con Teresa, la madre de Alicia Rabboy, y empezó su peregrinar: “Visitaba el Comando del Ejército dos veces por día, iba vestida con un tapado de piel y con alhajas, como si fuera una oligarca, y recibía reiteradamente la misma respuesta: ‘Desconocemos el hecho’. En una de esas visitas había observado a un hombre de civil que me miraba con lástima. Y fue él quien me dijo que el cuerpo de Paco estaba en el Hospital Cevit, y también agregó que no sabía nada de la señora, pero que me iban a entregar a la nena. Llegamos al hospital con Teresita y nos impedían entrar porque había finalizado el horario de visita. A un milico le dije que pensaba entrar igual, que si quería me diera un tiro por la espalda. Adentro escuché que unos hombres con botas de lluvia y palas hablaban de un periodista, bien empilchado y con un reloj tan lindo, que no lo iban a poder enterrar en la fosa común, porque la hermana lo reclamaba. Me dirigí al forense, que no sabía nada del hecho, le mostré una foto y le insistí que me mostrase los registros, hasta que finalmente trajo un cuaderno Tamborcito sucio y de mala muerte donde constaba: 17 de junio, alrededor de las 18 horas, NN sexo masculino. Un policía me acompañó a reconocerlo, yo fingía estar enojada por ser mi hermano la oveja negra de la familia. Paco estaba ahí desnudo en la morgue, y pensé: ‘Qué frío debe haber tenido’. Le habían robado la vida...”
Beatriz necesitaba la constancia de defunción: “Le pedí al forense la partida de fallecimiento y figuraba como NN. En Tribunales me enteré de que para ponerle el nombre correspondía iniciar un juicio y eso demoraba mucho tiempo. Yo quería terminar con todo lo antes posible y todavía me faltaba recuperar a mi sobrina Angela, de once meses. En el juzgado argumentaban que faltaba una firma de Minoridad y Familia y me dio un ataque de nervios. Ellos se comunicaron por teléfono con las autoridades de Casa Cuna de Godoy Cruz. Acudí allí y empecé a los gritos a desahogarme, hasta que me dieron a Angela bajo mi responsabilidad. La directora se había encariñado con Angela y la llevaba a dormir a su casa. La tenencia provisoria la tuvo Teresita, su abuela, y aunque resulta increíble, ella la dio en adopción a una prima de Alicia que no tenía hijos. Era un hecho consumado. Volví a ver a Angela a los 18 años, cuando la contactó Javier, el hijo de Paco”.
Beatriz, Teresa y Angela tomaron finalmente un avión en el aeropuerto con los restos de Paco: “En el Plumerillo, el féretro fue puesto en una cureña hasta subirlo al avión y una doble fila de soldados lo custodiaba. La situación era paradójica. El avión estaba iluminado y lo revisaban centímetro por centímetro. En el hall revisaban los bolsos de mano de los pasajeros y eso generó una reacción en la gente. Llegamos y fue enterrado en el cementerio de Merlo, Buenos Aires, como NN, a fines de junio de 1976, hasta que en 1983 le devolvieron su identidad”.
–Usted menciona en la película una carta que nunca le entregó a su hermano.
–Sí, una carta que le escribí cuando estaba preso y le decía simplemente que lo quería. Pensaba dársela en alguna visita o cuando saliese de la cárcel, pero no se la di. Estoy escribiendo Mi hermano y yo, un libro de anécdotas, que abarca desde el nacimiento de Paco en Santa Fe hasta su muerte. A mi hermano lo amaba y cuando nació jugaba con él como si fuese un juguete. Yo escribía, pero Paco nunca se enteró. Paco es la mitad de mi vida. Le tengo un profundo respeto como poeta. Era jodón, simpático, prepotente, machista, y conmigo era muy protector. Soy docente y no pude aspirar a una dirección por mi apellido. Me presenté a concurso varias veces, hasta que finalmente me percaté de que estaba en una lista negra. Presenté la renuncia y me jubilé. La familia no estaba enterada de la actividad política de Paco hasta que cayó preso en 1973. No sabíamos por qué habían mermado sus visitas. Luego desaparecieron Claudia, la hija de Paco, y “Jote” Koncuart, su marido, en diciembre de 1976. La película la vi dos veces y está realizada con mucho respeto. El poema con la voz de Paco, dedicado a los hijos y grabado en Cuba a modo de despedida, es premonitorio y me hace llorar...

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Paco Urondo, la palabra justa se estrena hoy, exclusivamente en el cine Cosmos.
 
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