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Martes, 3 de febrero de 2009

PLASTICA › JACQUES BEDEL: EN BELLAS ARTES Y EN LA GALERIA WUSSMANN

Aproximaciones al paisaje

Dos exposiciones simultáneas muestran a un artista reflexivo y apasionado, que evoca el paisaje como género a través de obras muy artificiosas, de gran formato. Geografías ficticias, tempestades, mareas; del cosmos al microscopio.

 Por Fabián Lebenglik

Bedel se aproxima: se acerca, rodea su objeto (el paisaje), lo observa desde distintos ángulos y perspectiva. Lo pondera, lo mide. Lo aborda a cierta distancia, lo considera, lo historiza. Esa cercanía se expresa como una proximidad sucesiva, como una promesa de contacto íntimo. La relación con el arte, con el conocimiento, con el saber, es por aproximaciones sucesivas. Así se acerca Bedel (1947) a sus temas y objetos: la pintura, el conocimiento, la religión, la ciencia, la estética, el paisaje y sus derivaciones y reflexiones: la luz, la posibilidad de representación, la artificialidad. Son aproximaciones sucesivas y variadas a temas múltiples que convergen en cuadros muy artificiosos, en paisajes de plástico que, como el mar de Fellini en Y la nave va..., funcionan como una poética distanciada y ficcional, conmovedora e irónica al mismo tiempo.

En los paisajes plásticos de Bedel se desencadenan tormentas y tornados, se evocan mareas y vientos, se citan espacios cósmicos pero también minúsculos. Son paisajes apasionados que citan pasiones del paisaje a lo largo de la historia. Las obras evocan visiones telescópicas y panorámicas, pero también microscópicas.

Transparencia y brillo son dos componentes constitutivos de estas exposiciones que presenta en el Museo Nacional de Bellas Artes y en la galería Wussmann. Son brillos y reflejos no sólo materiales, sino también metafóricos. La metáfora del conocimiento y la ciencia está presente desde hace años en la obra de Bedel.

La curadora de la exposición del MNBA, María José Herrera, escribe: “El conocimiento y las formas de acceder a él, sea por la observación o por la información, son preocupaciones expresas de su obra. Signado por el momento de intensa experimentación en el que empezó a actuar, Bedel dio, sucesivamente, forma de arte cinético, objetual, conceptual, a sus preocupaciones estéticas y espirituales”.

Por su parte, Ana María Battistozzi, en el ensayo incluido en el libro que Bedel publicó en simultáneo con sus exposiciones en el Museo y la galería, describe los grandes cuadros de la nueva serie de Bedel como “todos de vastos horizontes y cielos amenazantes, con mares metálicos, negros, azules profundos, dorados y sanguíneos, y la mayor parte de ellos trabajados con grandes paños de finísimo polietileno arrugado, bolsas de residuos y telas iridiscentes. Por otro lado, un conjunto en el que esas mismas placas habían sido elaboradas como aproximaciones microscópicas que magnificaban visiones de microorganismos a escalas inquietantes”.

Bedel no sólo presenta paisajes, sino que cita y reflexiona sobre la historia del género. Esto es: el paisaje como categoría de las artes visuales, como gesto de presentación e interpretación de un territorio (geográfico, cósmico, microscópico y, otra vez, pictórico). El paisaje como un sistema de reglas que atraviesa un largo período de la historia del arte y la relación del paisaje con la representación, la belleza, el dominio territorial, la puesta en imagen de un sistema de conocimiento y apropiación del mundo.

Los paisajes de Bedel no son neutrales, son ficciones en las que la exacerbación del artificio, el brillo, la transparencia (u opacidad) y el color juegan a representar y poner en escena las pasiones que suscitaba el paisaje como género, durante –por ejemplo– el romanticisimo. Paisajes donde se tensan los componentes de las composiciones, donde el horizonte se eriza; donde cielo, mar y tierra se potencian y “expresan”. Son también paisajes en los que en algunos casos aparece la figura humana como parte de un paisaje social. En conjunto, estos paisajes son también un paisaje del género.

Los distintos componentes que conforman los paisajes de Bedel se articulan en relaciones de tensión. Según escribe Battistozzi, “...nunca sabremos si es amenaza o tragedia latente. Si está planteada en términos de ficción dramática o es la imagen misma de la apoteosis de lo bello artificial que glorificó el progreso industrial y se erigió en el fundamento de la estética moderna”.

En los cuadros de Bedel, el artista juega al asedio de las posibilidades de los plásticos que utiliza. Tensiones, roturas, dobleces, arrugas, torsiones, contrastes, estiramientos, compactación, fusión, luminosidad (y opacidad), refracción, reflexión. Son paisajes de laboratorio donde las fuerzas de la naturaleza están reemplazadas por la bastedad industrial y el contraste sobre lo sublime evocado y citado, con lo banal y contaminante de los materiales en uso. Razones y estéticas que reaccionan materialmente, entre el homenaje y la simultánea puesta en cuestión de un género histórico.

En su ensayo, Battistozzi concluye que “en la obra de Bedel, la naturaleza vuelve magnífica y bella, repotenciada, como si al fin hubiera podido sacarse de encima la disminución que le impuso la estética moderna. De allí que habilite nuevamente la experiencia estética de lo sublime. Pero con ella regresa también lo monstruoso de la corrosión, en su dramático entrevero natural-artificial. Un espejo revelador que nos devuelve imágenes poderosas y terribles que intentan recuperar para el arte un espacio desde el cual se puedan exigir una estética y una ética alertas a la naturaleza”.

(La muestra del Museo Nacional de Bellas Artes terminó ayer. La de la galería Wussmann –en Venezuela 574– continúa hasta fines de marzo.)

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De la serie Aproximación al mal, 2005, técnica mixta, 122 x 244 cm, de Jacques Bedel.
 
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