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Martes, 2 de marzo de 2010

PLASTICA › ANTOLóGICA DE JOAQUíN EZEQUIEL LINARES (1927-2001) EN EL SíVORI

Crónica de una pasión americana

El Museo Sívori presenta una exposición antológica –que luego será exhibida en varios museos del país– del pintor, dibujante y docente que hizo carrera en Tucumán. Pintura, pertenencia e ideología de un artista.

 Por Alberto Petrina *

Joaquín Ezequiel Linares ocupa un espacio de excepción dentro del horizonte del arte argentino y latinoamericano del siglo XX, espacio determinado por varios y gravitantes factores: el don de una creatividad prodigiosa, una definida conciencia de pertenencia y una obra de sostenido nivel y fecunda extensión. Y conviene señalar desde el vamos que la suma de tales virtudes no resulta frecuente entre no-sotros, por lo que no es sencillo rastrear a los posibles pares de Linares. Berni, Gambartes o Spilimbergo dan con la medida, y quizás haya algún otro que, de momento, no nos viene a cuento. Pero, ¿por qué esta comparación que pudiera parecer extemporánea? Pues bien, para ubicar a nuestro hombre en el preciso lugar que le corresponde y que le ha sido retaceado en las últimas décadas (a decir verdad, antes por ignorancia que por prejuicio).

No erraremos por mucho si buscamos la principal razón de lo anterior en la elección de vida que asume Linares al alejarse de Buenos Aires y establecerse definitivamente en Tucumán, ya que tal suele ser la suerte reservada en nuestro país a quienes deciden prescindir del Puerto, sea por voluntario alejamiento o –en caso de haber nacido fuera de sus límites– por evadir una oportuna concurrencia a la Corte. [...]

Con ser interesante, su travesía anterior importa mucho menos, desde que el propio artista decide reinventar su biografía: hay un hombre alumbrado en Buenos Aires en 1927 como Joaquín Ezequiel Linares; y hay otro de igual apelativo y carnadura que emerge en Tucumán en 1962, quien, como un aparecido, irá desprendiéndose poco a poco de la máscara de su fantasmal antepasado, hasta fijar el perfil de un nuevo e irrevocable rostro.

Convocado por la Universidad Nacional de Tucumán para hacerse cargo de la jefatura de la Sección Pintura del Departamento de Artes, Linares llegaba a un sitial que había brillado muy pocos años antes, y al que él le otorgaría un último timbre de grandeza. [...]

Tucumán inviste a Linares con el don de una inédita percepción americana, que él asume consciente y apasionadamente. Es recién entonces que quema sus naves y traza el mapa del resto de sus días.

Pronto se verá que el cambio alcanza a la estructura completa de su vida. El mismo año de su llegada conoce a Yolanda Del Gesso, la mujer de la que ya nunca habrá de separarse, inspiradora, compañera de ruta y madre de sus hijos Joaquín Gabriel y Diego. Otra estación insoslayable será la de su extensa labor docente, ya que a través de ella ejercerá una influencia determinante en la formación plástica de varias generaciones, por lo que cabe otorgarle una consideración paralela que merece su pródiga actividad creativa; en cuanto a esta última, adoptará una mutación conceptual y estética que lo llevará a abandonar la Abstracción –que había transitado con seguro instinto durante su etapa porteña– por una Figuración tan distante de aquella que podría situarse en sus antípodas.

Muy pronto, los temas se encienden y suceden como una cadena de rutilantes relámpagos. La primera serie será la del Virreinato del Río de la Plata, y sólo ella bastaría para ubicar a nuestro autor como uno de los artistas cimeros de su siglo. Una corte completa –virreyes y virreinas, funcionarios, bufones, sirvientes, enanos, perros– emana del pasado como de un espejo espectral, mezclando las tinieblas del claroscuro con el fulgor dorado de joyas y alamares; los rostros, desencajados por la locura o el vicio, emergen de las golas cual cabezas recién decapitadas; los cuerpos se yerguen tiesos como suntuosos maniquíes, pero las telas que los cubren parecieran velar un hirviente reguero de gusanos. Perdidas en las sombras de la idiotez, unas babeantes “nenonas” nos atrapan en la telaraña de su mirada obscena. Taumaturgo genial, al invitarnos a este tenebroso baile de vampiros, Linares reinventa para nosotros una memoria febril de la Colonia. [...] Paralelamente trabaja en otras series igualmente notables: las del Tango, las Termas y las “Casas de la Turca”, en las que el costumbrismo coexiste con la morbidez y la perversión. Se trata de un registro de tipos y caracteres, a la par que una excusa para soltar los perros de la fantasía. El pintor contrasta a sus criaturas con la gran historia del arte, pero desde la ventana de la petite histoire provinciana: Doña Finita posa como Olympia y Venus recibe el homenaje de sus adoradores en uno de los antiguos prostíbulos de la calle Suipacha (la tucumana). Si las “Casas de la Turca” son el asilo del amor mendaz, las Termas no alojan al hedonismo, sino al horror de la decrepitud y las malformaciones. Sin embargo, ese módico descenso a los infiernos inscribirá una luminosa señal en sus manos: el Gran Premio de Honor del Salón Nacional (“La galera”, 1973).

Pero Linares no sólo vive inmerso en el pasado. Como él mismo apuntara, su obra enlaza el ayer con el presente y el futuro en una unidad prácticamente indivisible; por lo demás –y como siempre acontece con los mayores artistas–, su mirada anticipa el porvenir. ¿Qué otra cosa, si no los ominosos años que pronto sufrirían Tucumán y el país, nos anuncian las armas emboscadas de la serie “El Jardín de la República”? ¿Y qué decir de los generales condecorados y entorchados de “La larga noche latinoamericana”? ¿Son apenas una mención alegórica a los aún limitados tiranuelos de fines de los ’60? ¿O retratos premonitorios de la banda de asesinos que afilaban las armas para el futuro y exhaustivo matadero? Es entonces que Linares toma distancia y se refugia en Madrid.

Durante su estancia europea expone en Madrid, Roma y Milán, y participa como invitado especial de la Bienal de Venecia, pero su conexión espiritual con América continúa intacta: allí siguen amarrados sus sentimientos y fantasmas, y es de allí que se nutre su imaginación. Con el regreso de la democracia vuelve a su Tucumán –a su casa, a su Cátedra, a sus amigos–, que es lo mismo que decir que retorna a la vida. Hasta que suene la hora del viaje final, ya no se alejará. [...]

Aparte de todo lo demás, Linares seguirá enseñando pintura en la Facultad de Artes. Pero los años de la dictadura habían dejado sembrada allí –como en todo el resto del ámbito social– la lepra de la disolución, endemia que alcanzará su natural remate bajo el ecuménico patrocinio de la posmodernidad. Así, a poco de analizar el nuevo panorama cae uno en la cuenta de que aunque la censura directa ha cesado, sus objetivos mantienen una solapada vigencia. Bajo una primera ilusión de irrestricta tolerancia, persiste la exclusión de toda una manera de entender el ejercicio del arte: el menor asomo de compromiso ideológico, cualquier referencia explícita a la realidad regional, nacional o americana, o la simple exigencia de rigurosidad técnica, serán fulminados por el más rotundo anatema. [...]

Es importante señalar que la originalidad de Linares incluye siempre la frecuentación de las principales corrientes del pensamiento contemporáneo –desde ya las ligadas a las artes visuales, pero asimismo las que incidían sobre la literatura o el cine de su época–, enriqueciéndose con tal conocimiento para luego asimilarlo y convertirlo en materia propia. Hombre de vasta y universal cultura, no le será ajena ni la Abstracción ni la Nueva Figuración, como tampoco la influencia por entonces insoslayable del Pop Art, discernible en obras como La pantera roja. No obstante ello, ninguno de estos movimientos le marca el sentido de su ruta ni el ritmo de su tiempo. Ahora todo ese mundo vuelve a desplegarse en esta exposición antológica que la Nación debía a uno de sus más grandes artistas, y que transitará un camino que une Buenos Aires con su querida Tucumán, incluyendo estaciones en Córdoba, Salta y Jujuy. (En el Museo Sívori, Infanta Isabel 555, frente al puente del Rosedal, hasta el 7 de marzo.)

Director nacional de Patrimonio y Museos. Texto editado del catálogo de la muestra, que se exhibirá en los museos Timoteo Navarro de Tucumán, Emilio Caraffa de Córdoba, Provincial de Salta y en Culturarte de Jujuy.

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