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Martes, 5 de noviembre de 2013

PLASTICA › EXPOSICIóN DE ROBERTO ELíA EN LA GALERíA VAN RIEL

Obras tempranas y uso de escritura

El reconocido artista presenta una serie de pinturas y dibujos que realizó en los años ’70 y nunca antes había mostrado, en los que anticipa aspectos fundamentales de su obra. Los detalles, en la siguiente entrevista.

 Por Fabián Lebenglik

Podría decirse que lo último es lo primero. Porque la nueva muestra del reconocido artista Roberto Elía (Buenos Aires, 1950) no es retrospectiva, ni antológica; tampoco es una exposición de su obra más reciente. Se trata de una muestra compuesta por dibujos y pinturas de los años ’70, que nunca antes había mostrado. Obras de su período de formación que, sin embargo, anticipan varios de los núcleos de imagen y sentido que desarrollará a lo largo de su carrera.

Todo artista produce su obra en el marco de una tradición en la cual se siente incluido. Como queda explícito en una suerte de mapa de relaciones y referencias que el propio Elía exhibió hace algunos años –que consiste en un conjunto de pequeñas pizarras negras escritas–, su interés remite a un árbol artístico/genealógico en el que se piensa a sí mismo citando unos quince nombres entre los que figuran Xul Solar, Borges, Duchamp y Joseph Beuys. En el caso de los dos últimos, se trata de una genealogía artística que requiere de una enciclopedia ad hoc, porque el conjunto de la obra de Duchamp y de Beuys es parte de un ritual que excede la obra misma: sendas producciones que ambos han hecho a lo largo de sus vidas dependen necesariamente de un contexto, de una actitud, de un relato o una lectura complementaria, porque las obras no son autónomas sino que son, más bien “restos” que quedaron de algo mayor, anterior o simultáneo, que debe ser reconstruido con la ayuda de esa “enciclopedia” auxiliar. Junto con la tradición citada en este relevamiento de referencias, otras obsesiones de Roberto Elía son la escritura, la literatura y la música. La escritura, en cierto modo, ha sido un emblema de varias de sus exposiciones. Por otra parte, a lo largo de los años, el artista lleva escrita a mano una serie de cuadernos en los que registra frases poéticas, distintos proyectos, tintas, bocetos de pinturas futuras, objetos, performances, experimentos. Estos volúmenes representan una suerte de diario personal donde se mezclan su pasión por el arte y por la literatura. La literatura y más precisamente el acto de escribir son muchas veces el paradigma de sus obras. Por eso en sus trabajos, generalmente, no hay ilusión de espacio: porque la matriz de su producción tiene un fuerte componente escriturario, dibujístico, gráfico, lineal, de caminos obsesivos, relacionados con el trazo y el texto.

Página/12 entrevistó a Elía a propósito de esta curiosa exposición que se presenta en la galería Van Riel.

–¿Por qué nunca antes había mostrado esta obra?

–A lo largo de los años, a medida que iba realizando distintas obras, fui guardando para mí las que más me gustaban, aquellas de las que no quería desprenderme. En este caso son dibujos y pinturas que van de 1971 a 1977, que tenía guardados en planeras. Los tenía “encanutados”. Y ahora pensé que era el momento de mostrarlos.

–La escritura es un tema central de su obra durante décadas y también resulta clave en estos trabajos que podríamos llamar “tempranos”.

–El tema de la escritura comenzó para mí por casualidad en aquellos años, a través de lecturas psicoanalíticas a las que llegué, también, casualmente. Cuando estudiaba Bellas Artes, nos contaban sobre las culturas arcaicas de la Isla de Pascua, porque era parte del programa. Entonces yo iba muy seguido a una librería, adonde vi un libro que en la tapa tenía las figuras de la Isla de Pascua: el libro era Totem y tabú, de Freud. Yo a mis veinte años pensé que se trataba de un análisis de las figuras de la Isla de Pascua, y lo compré. Por supuesto que el libro era sobre otra cosa. Sin embargo, encontré ahí una aproximación a lo artístico que me resultó completamente distinta y sorprendente... hecha desde otro lugar. No se parecía en nada al modo en que se hablaba sobre arte en la Belgrano. Desde entonces sigo siendo un lector asiduo de psicoanálisis. Paralelamente me atraía el género del poema ilustrado y empecé a hacer algunos... pero noté que lo poético iba por un lado y la imagen, por otro. Y esto se unió con otra cosa: descubrí que para no atrasarme en las clases, al tomar apuntes de lo que decían los profesores, lo más veloz para mí era escribir en letra de imprenta. Así que abandoné la letra cursiva; pero cuando quise retomarla, la falta de práctica me hacía escribir una letra cursiva bastante torpe, que por una parte me resultaba infantil, pero por la otra era plásticamente interesante. Entonces comencé a usarla en mis obras, porque me pareció que esa letra extraña se relacionaba mejor con la condición poética de la imagen textual que buscaba antes en los poemas ilustrados. Finalmente empecé a escribir sobre vidrios. Juntaba varias capas de vidrios escritos, que daban una imagen bastante fragmentaria e inquietante de la escritura (aunque las obras resultaban tan pesadas que eran imposibles de mover).

–Hace cuarenta años, este uso de la escritura en la obra no era común en Buenos Aires.

–La plástica argentina iba en general por otro lado. Recuerdo que se hacía una figuración a lo Bacon, deformada. Obras a repetición, que se volvieron modelos de época y que a mí no me interesaban para nada.

–Por aquellos años tampoco era usual hacer cajas y objetos.

–Lo de hacer cajas también empezó como algo casual: resulta que mi mamá daba clases de Educación Física en el Fader. Y yo a veces la acompañaba, especialmente cuando era la muestra anual de las alumnas. Había una materia, Decoración de interiores, en la que se presentaban montones de maquetas de casas, sin techo, para que pudiéramos ver adentro. Eran miniaturas que a mí me encantaron. Entonces yo también hice una: tomé una caja y empecé a ponerle cosas raras adentro... Mucho después leí la interpretación que hace Lévi-Strauss del arte y su teoría del “modelo reducido”. Y en cuanto a los objetos, recuerdo que comenzó así: mi abuelo era ajedrecista y fundador de un club de ajedrez en Junín. Cuando yo era chico, él quería a toda costa que yo aprendiera a jugar ajedrez. Entonces me hacía jugar varias partidas. Pero cuando él se levantaba para ir al baño, yo le cambiaba las piezas. Por ejemplo, le sacaba la reina y ponía una goma de borrar. Para mí el tablero era algo mágico... pero él se ponía furioso...

Lo accidental como generación de situaciones fundacionales resulta un componente central en la concepción que Elía tiene de su propia obra. El prefiere huir de lo sistemático, incluso de la actitud de búsqueda. Porque prefiere el encuentro que sucede por azar. Sin embargo, el artista supone una trama invisible detrás del azar, al que supone que se lo llama así sólo por comodidad o porque no se sabe qué es.

“Todos esos descubrimientos que uno hace en la infancia –dice Elía– son tapados durante la etapa de la escolarización. Los procesos de socialización en la escuela van cerrando un montón de cosas que quedan ahí, lateralizadas, tabicadas... pero están ahí.”

* En la galería Van Riel, Juncal 790, planta baja, hasta el 22 de noviembre.

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Una de las obras que Roberto Elía realizó en los años ’70.
 
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