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Martes, 12 de septiembre de 2006

PLASTICA › NUEVA EXPOSICION DE DIANA CHORNE EN EL CENTRO BORGES

Con el arte puesto en juego

Las piezas que se exhiben en la muestra –esculturas, pinturas, collages, tapices, objetos y juguetes– pueden ser vistas como reservorios de memoria personal y social.

 Por Fabián Lebenglik

Desde que comenzó a exhibir su obra con regularidad, a partir de 2003, Diana Chorne está presentando sus muestras con el título general “Artes del juego”. En este sentido, el juego es entendido por la artista como una mezcla de placer y diversión sometidos a ciertas reglas. En todo caso, se trata de un placer en el que no media interés.

A las muestras del Centro Recoleta (2003 y 2005) y el Museo Sívori (2004), ahora se suma una recién inaugurada exposición en el Centro Cultural Borges.

Cada una de sus exposiciones supone que la noción de juego incluye las de armonía, combinación, estructura, relación y equilibrio. Es decir que la matriz constructiva es muy fuerte en estas sucesivas “Artes del juego”.

Toda su obra resulta de la reunión y combinación de fragmentos en la búsqueda de componer algo mayor (cada obra en relación con el conjunto de la obra; y la relación entre lo particular y lo general). Formas y colores entran en estructuras y progresiones combinatorias de acuerdo con los resultados previstos por su autora. Se trata de una producción mediada por la voluntad y la organización, por una racionalidad lejos de cualquier reacción impulsiva. Allí surge una relación evidente entre fragmento y memoria, orden y caos, aplicados a conformar una estructura mayor, de tradición constructiva. El constructivismo como tendencia generó buena parte del arte de todo el siglo XX. Y por supuesto que en la obra de Chorne hay citas constantes que remiten a la historia del arte.

Las estructuras que subyacen a los juegos de la artista ofrecen un sistema dinámico y abierto, que permite inclusiones infinitas. Son redes laxas y amplias que dan sostén a cada fragmento y al conjunto. Así, dos de las técnicas que funcionan en sintonía con tales propósitos son el collage y el assemblage, muy presentes en la muestra.

Pero todo este sistema constructivo no es pura formulación, sino que funciona como sustento de contenidos concretos, autobiográficos, cotidianos, históricos, familiares. La artista aplica sus saberes y experiencias a una matriz constructiva que considera la más libre y al mismo tiempo la que mejor contiene todo ese andamiaje.

Las piezas que Chorne exhibe en esta muestra –pinturas, collages, tapices, esculturas, objetos y juguetes– pueden ser vistas como reservorios de memoria, personal y social, y a través de ellas la artista da cuenta no sólo de lo propio, sino también de lo común, de aquellas experiencias que de lo individual se multiplican a lo colectivo: algunos de los temas recurrentes son la ciudad de Buenos Aires, los barcos, el exilio, la vida urbana, los rituales cotidianos, la cultura popular, la historia del arte (con alusiones, citas en clave y evocaciones manifiestas).

Una de las cualidades artísticas, en cada uno de sus trabajos, resulta de la acumulación simbólica de experiencias que se manifiestan, según las necesidades formales de cada caso, de un modo más explícito y reconocible y a veces de maneras sintéticas, más abstractas.

Por lo tanto hay todo un repertorio, al modo de una cantera, al que se echa mano. El ojo artístico proyecta para cada objeto una función y un sentido latentes y diferentes de los que tenían antes de formar parte del nuevo contexto que propone la obra.

Según escribe José Emilio Burucúa en el catálogo: “Los objetos de arte que crea Diana Chorne denotan una familiaridad y un conocimiento muy vasto de toda la historia del arte del siglo XX. Ello sucede al extremo de que una de las fuentes más inmediatas del goce que desencadena de la visión de sus artefactos es el juego de las alusiones, remedo de uno de aquellos laberintos de espejos enfrentados que descubríamos en los teatros de la infancia y en los parques de diversiones [...] Lo interesante del proceso es que hay en todos los casos una metamorfosis de los modelos. Una refracción de los deslumbramientos ocurridos en la mirada de Diana frente al arte, un acogimiento y una apropiación de todos ellos, que la conducen a un estilo personalísimo, en primera instancia lúdico”.

El conjunto de los fragmentos que encuentran lugar en las piezas de Diana Chorne –fragmentos materiales que evocan fragmentos de memoria– configuran obras a partir de procedimientos de acumulación, suma, yuxtaposición y reciclado. Los elementos a reciclar constituyen una suerte de museo disponible (precario y en constante transformación) para las ideas plásticas y luego se refugian en objetos que se destacan, generalmente, por su verticalidad y colorido. El procedimiento no sólo consiste en encontrar nuevos sentidos a materiales preexistentes, hallados o atesorados a lo largo del tiempo, sino también –en parte– en darle una función a una porción de realidad que la había perdido.

En esta muestra hay un conjunto particularmente notorio de arquitecturas y construcciones que condensan la relación entre estructura, caos y orden. Entre individuo y sociedad. Se trata de evocaciones de formas edilicias y urbanas que le sirven a la artista para dar cuenta de esos fragmentos, colores y formas de significados múltiples (pinturas como Atardecer, Punta colorada, Paisaje urbano II, Casa con barcos y Construcción comparativa; objetos como Sin nombre, A los arquitectos, La casita de María, etcétera).

Así como en la primera y sorprendente toma de Las alas del deseo Win Wenders identifica el movimiento de la cámara “voladora” con la mirada de un ángel que espía la vida de los edificios, aquí, en los cortes edilicios, construcciones y objetos de Chorne, la suma de vidas íntimas, recuerdos, interiores y fragmentos de memoria, se ofrece un recorte de la trama urbana.

Viene al caso lo que escribía quien firma estas líneas respecto de una muestra anterior de la artista: cada pieza revela la convergencia de oficios varios, un mundo en el que lo manual supone un puente entre conceptos y objetos, construido para arribar a discursos visuales que condensan sentidos.

Las obras de Diana Chorne permiten pensar en ese museo de lo cotidiano –poblado de objetos expectantes– esperando mutar funciones y usos para adquirir otros, nuevos. En ese nuevo tejido se descubren nuevas tramas que reflexionan en clave y generalmente con distancia y sentido del humor sobre los recuerdos, los sueños, las ideas y sobre cuestiones diversas; acerca de aquello que se conoce como realidad, y alrededor también de la sociedad y la producción cultural. (En el Centro Borges, Viamonte y San Martín, hasta el 8 de octubre.)

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Paisaje urbano II, 2006, de Diana Chorne.
 
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