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Viernes, 27 de octubre de 2006

PLASTICA › RENATA SCHUSSHEIM, GUIA DE LUJO POR LOS SECRETOS DE SU MUESTRA

“La película es la misma, pero busco otros modos de contarla”

Multifacética, es escenógrafa, vestuarista, pintora y escultora, e ingresa por primera vez al Museo Nacional de Bellas Artes con una antología. “Mi canon de belleza no tiene nada que ver con el muchacho de Marlboro”, dice.

 Por Julián Gorodischer

Cada mirada ve un mundo, cree Renata Schussheim, y por eso ruega: ¡Basta de interpretar! Lo pide, tal vez, saturada de la manía frecuente de hacerle encajar su serie de “mujeres mezcladas” (o mutantes) en simbologías que varían según etnias. Ella, poco racionalista, lo sintió y lo hizo: como hace más de 20 años, aquí hace evolucionar a sus niñas/ pájaro, niñas/ perro, niñas/ pez que conviven con el resto de la obra incluida en la exposición Epifanías, que continuará hasta el 12 de noviembre. Será su ingreso, tal vez tardío, al consagratorio Pabellón del Museo Nacional de Bellas Artes, donde los vestidos dorados que remiten al metal, las puestas teatrales y los cuadros en un formato más estándar se ofrecen como propuesta para ser vivida. Renata es como una iniciadora profesional, que tira pistas al neófito: una voz chista y susurra desde el off e interpela desde la banda sonora de su hijo Damián Laplace. El público, entregado a la contemplación activa, puede sentir cosas más raras: para prueba, basta leer –en el libro de visitas– que Karina, una entre los firmantes, está convencida de que La sirena (1994), en instalación alusiva mezcla de dark room y escollera, se dio vuelta y caminó.

–Se sientan ahí –observa Renata Schussheim–, meditan, se quedan horas; acá había una chica sentada, no sé en qué estaba pensando. Hay algo muy raro en las sirenas...

–De sus “mujeres mezcladas” es la única mitificada con anterioridad a la obra...

–Yo no siento ninguna carga ni responsabilidad. Hay miles de tipos de sirenas: desde pájaro con garras a la Sirenita de Disney. El cuento La Sirenita es una de las cosas más tremendas; por amor se hace cortar la cola en dos piernas; camina y siente un dolor tremendo. Su amor es tan intenso, y ni tiene sexo...

Mujeres de cuerpo redondeado y cabeza de pájaro, sirenas que dan la espalda frente a un telón pintado de mar, mujeres-perro, criaturas encerradas en una cápsula, vestidos dorados sin cabeza: ¿serán criaturas pacíficas? “No lo sé, no me puse a pensar”, dice la creadora. Como la epifanía que se presenta sin aviso y como sensación embriagadora ante lo bello, su muestra-debut en el seno de la cultura oficial nació de forma intuitiva. “Yo trabajo intuitivamente, no soy una persona racional, ni ahí”, dice. “Fui poniendo, sintiendo cosas, sabía cómo eran las familias que tenía que juntar, y que no lo iba a armar cronológicamente; tampoco quería la obra fechada. La sensación de llegar al museo es intimidante. Por ahí me morí y no me di cuenta: nadie me avisó.” Para afirmarla en el rol de iniciadora/divulgadora que ayuda a entrar al novato/inexperto gracias al aroma del sahumerio o el jazmín, el sonido de las olas que transporta a la playa, el susurro que inquieta al pie de El bosque (y puede llegar a fruncirle la nariz a las camarillas), mucho aporta la insuficiencia que le provoca el marco de un cuadro. “La superficie plana del cuadro me es insuficiente y supongo que tiene que ver con mi trabajo en el teatro. No puedo armar una exposición mía sin que participen el clima, la luz, el ámbito. Es un disparador de emociones.”

–Por eso vienen tantas escuelas (cabecitas rapadas y de dos colitas se ven en todos los rincones del pabellón)...

–Hay nenas que me dicen que quieren ser como yo, que empecé a dibujar a los 9 años. Otros lo miran con reparo. El rechazo de otros es a lo no convencional, lo que se sale del cauce. A una carrera no convencional de una persona no convencional. Soy difícil de encasillar y me encanta ser difícil de encasillar.

De pronto se le propone pasear por esos mundos que esperan y sólo permiten el acercamiento hasta el borde, la cornisa, la puntita. La baranda oportuna o una cápsula acrílica frenan el ingreso. ¿Será la marca que vincula la instalación con la escenografía que tanto frecuentó Renata Schussheim en puestas memorables de Jean-François Casanovas, Oscar Araiz, Enrique Pinti, Charly García y Ana María Stekelman? Frente a El bosque (donde anida una pájara de piernas femeninas o una mujer que echó a volar) recuerda la constante de cambiarle las cabezas a la gente, que empezó 27 años atrás... “La película es la misma, pero busco diferentes maneras de contarla. No tengo la menor idea de cómo se diferencia de la escenografía teatral. Como allí, esto está al servicio de quien lo mira. Pero no calculo si alguien tiene que caminar o pasar... Estuve a punto de sacar esa barrera. La mantuve por una cuestión simple y técnica: es muy frágil y tenía miedo de que la gente tocara los equipos de sonido y, en definitiva, cada árbol es una tela con una varilla.”

–¿Insertaría a sus mutantes (o mujeres mezcladas) en una tradición de freaks?

–Yo adoro la película Freaks (de Todd Browning), pero a ellas (señalando a la mujer pájaro) las ubico en otra poética. ¡Eso es lo freak! (apunta a la trilogía Familia de artistas). No los ubico en el ser de la naturaleza, sino en el que decide serlo. ¿De un circo? Estas cosas me gustan mucho: la uña lastimando al bebé.

En las imágenes de Familia de artistas la violencia parece haber ocurrido hace un tiempo corto. Hay rastros de alguna lastimadura en una de las mujeres, un chorro de sangre. Si la pelea o la agresión se desató, en el momento en que se los encuentra están pacificados. “Bueno –interrumpe la artista–, pero eso lo estás viendo vos. Es buenísimo, porque podés ver cosas muy distintas. Un señor me dijo que unas mujeres se estaban ahogando y no... Pero él vio eso...” ¿Acaso no hay una distancia comprobable entre la asociación libre de “aquel señor” y lo que cada obra propone? ¿No hay evidencia de que se estuvieron matando en esta Familia de artistas? “Pero podés verlo y no verlo –sigue Schussheim–, de una manera o de otra. Los signos de la agresión están muy velados. Y además, ¿es sangre o es pintura roja? No hay nada que quiera menos el artista que la interpretación de su obra. Todo sale de una zona misteriosa, y cuanto más lo sea es mejor. Sacarlo de ahí es como triturarlo, desmenuzarlo, masticarlo y devolverlo. No da. Yo ni me quiero enterar.”

Se le pregunta por ese minuto en que “El Espectáculo” ingresa a la sala de exposiciones, no sólo en la multiplicidad de su rol de escenógrafa, vestuarista, productora fotográfica y artista plástica, sino en los rostros de su entorno actual o de hace varias décadas, que incluye a Charly, Luis Alberto Spinetta, Jean-François Casanovas y a ella misma autorretratada como “princesa rusa” de ojos turquesa, o romántica escuálida empalidecida hasta en el color de ojos o diabla de ese rojo típico que impregna la cabellera en trenza o al viento. “¡Diabla no!”, corrige ante uno de sus retratos de la década del ’70. “Tiene la mirada triste.” En los retratos dibujados sobre fotografía de Renata junto a Charly y Spinetta, los tres juegan a disfrazarse en un ritual privado y algo naïf. En las pinturas que muestran a Renata con Casanovas –con quien conformó dupla artística– se expresa una extraña sensualidad de la belleza no tradicional, en el desnudo de él, su torsión como de chico pin up o en el ensamble del pecho desnudo de ella a su espalda. A la presencia de los rostros conocidos la llamará “pura antropofagia: es como la fotografía en la época de los indios, los retratás y te pertenecen. Podés incluirte o no incluirte”.

–En Con Jean (Casanovas) es notorio cómo se sensualiza una belleza no publicitaria...

–Claramente mi canon de belleza no tiene nada que ver con el muchacho bronceado de Marlboro.

–Perturba su vínculo fraternal (con Jean-Francois, con los músicos) y con reminiscencia erótica...

–Es lo mejor de todo: ¡que perturbe!

En pleno diálogo, una pobre criatura mira impávida desde el interior de una cápsula rectangular. Tal vez lo más inquietante de sus figuras humanas transgredidas, animalizadas o sacadas de su entorno habitual sea ese encierro plástico: escrutan al que mira desde esa nada en la que suplican por un poco de libertad. ¡Basta de interpretar!, otra vez. “En la época de Nave (C. C. Recoleta, 1995) no estaba encapsulado. Pero la idea de encapsular ya estaba en mi muestra Travesía (C. C. Recoleta, 1984), con bailarines haciendo un sinfín de acciones en una cápsula de acrílico y la consigna de no relacionarse con el público. Si me entero de que un teatro es participativo no voy. Me pone muy nerviosa.”

Pero además, Epifanías es la oportunidad de ver a la propia Renata Schussheim en múltiples versiones de sí misma: refulgente y pintada al vivo (por sugerencia de su amigo Edgardo Giménez) o desdibujada como una sirena sin cola de pez en la pintura justo enfrente, con la que dialoga. En los enormes retratos del trío Schussheim/García/Spinetta se la ve en la plenitud de sus 30 años, esa década en la que se construyó a sí misma. Su hijo Damián la vio junto a los próceres del rock y dejó escapar: “El Flaco es el único que sigue igual”. Renata ríe, se asume más trenzada que entonces, tal vez algo menos juguetona que cuando se quedaba en topless o se dejaba llevar por los humores de Charly. “Ahora estoy mucho más real. La de hoy es una cara neutra (señalando el autorretrato que recibe en el ingreso), ni sonriente ni melancólica. Los colores potenciados son de Edgardo (Giménez), es la mano de él. ¿También mi mano? Y... por algo somos los dos de Libra. Pasé del suelto al recogido en una trenza. Pero el rojo nunca lo abandoné. ¡Esa es mi marca!”

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“No hay nada que quiera menos el artista que la interpretación de su obra. Todo sale de una zona misteriosa, y cuanto más lo sea, mejor.”
Imagen: Gustavo Mujica
 
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