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Martes, 5 de diciembre de 2006

PLASTICA › EL MUSEO TAMAYO, DE MEXICO D.F., FESTEJA SU PRIMER CUARTO DE SIGLO

Un remanso en medio del colapso

En el corazón de una ciudad colapsada, el museo ofrece un remanso gracias a una lúcida lectura de su colección.

 Por Fabian Lebenglik
Desde México D.F.

A pesar de que la ciudad de México sufre un completo colapso de tránsito que hace muy difícil la vida cotidiana, el enorme y placentero bosque de Chapultepec, donde se encuentran el Museo Nacional de Antropología y el Museo Tamayo, funciona como un remanso para conectarse con la historia, el conocimiento y la creatividad pasada y presente de este pueblo, más allá del crítico momento social y político actual, marcado por el cambio de poder. El ritmo del país se mide por los sacudones y espasmos de los sexenios presidenciales, que imponen cambios y zozobras en cascada sobre la totalidad de la gigantesca maquinaria estatal.

El Museo Tamayo, en el corazón del bosque de Chapultepec, presenta hasta fines de enero de 2007 una inteligente relectura y exhibición de su patrimonio a través de tres exposiciones simultáneas, montadas como parte de la conmemoración del 25° aniversario del museo, fundado en 1981: Arte y cuerpo, Los confines de la pintura y Geometrías inestables.

Sistematizar la revisión patrimonial es el mejor modo de mantener viva la colección de un museo relativamente chico como el Tamayo que no podría exhibir la totalidad de sus obras. Tampoco tendría sentido, dado que a través de las revisiones se trazan diferentes líneas, se establecen nuevos conjuntos, se buscan ejes de sentido, relaciones, contrastes e interpretaciones siempre diferentes, que a lo largo del tiempo van aportando diferentes miradas a las obras que de otro modo estarían congeladas en modos de exhibición fijos, permanentes.

Aquí se privilegia el diálogo de las obras entre sí y con los visitantes: las obras adquieren un dinamismo especial y aportan un interesante ejercicio crítico para los visitantes. A través de guiones precisos y para nada forzados, las tres muestras ofrecen obras muy potentes y al mismo tiempo muy distintas. Potencia y distinción que aumentan con el nuevo contexto que permite arrojar otra luz sobre cada pieza.

El patrimonio del Tamayo es relativamente pequeño pero exquisito en su composición y selección, marcada por la lúcida mirada de Rufino Tamayo y por el tiempo que le tocó vivir a lo largo de buena parte del siglo XX, como testigo y protagonista de las tensiones productivas entre vanguardia y modernización.

Tamayo nació en 1899 (en la hoy convulsionada Oaxaca) y murió en 1991. Cuando se fundó el museo que lleva su nombre, el artista donó unas 300 piezas que componen el grueso de la colección: obras de Picasso, Motherwell, Tàpies, Rothko, Saura, Vasarely, Soulages, etc. También hay obras de sus compatriotas, así como de artistas argentinos y, por supuesto, piezas del propio Tamayo.

En la exposición Geometrías inestables, curada por Tobías Ostrander y Paola Santoscoy, se incluye un conjunto de 31 pinturas, esculturas, relieves y obra gráfica de artistas de América latina, Europa, Estados Unidos y Japón. La muestra implica una interpretación de la abstracción de las vanguardias históricas, por parte de los artistas de los años sesenta y setenta, especialmente. Los juegos de colores y formas, las geometrías que oscilan entre el rigor y la sensibilidad; las grillas y patrones; las obras cinéticas; las propuestas que avanzan hacia el instalacionismo y el site specific y todas las vertientes de las tendencias geométricas de aquellos años tienen cabida en la exposición.

Como reconocimiento de la importancia que el arte de nuestras pampas aportó a esta vertiente, la muestra presenta seis obras de cinco artistas argentinos: Marta Boto (Plus Helio Lumineux, 1969), David Lamelas (28 placas ubicadas en dos formas no convencionales, 1966), Julio Le Parc (Traslación circular, 1959 y un Relieve de 1970), Rogelio Polesello (un acrílico tallado sin título, de 1975) y Kazuya Sakai (Turangalila I, pintura de 1976). Entre los demás artistas de la selección se cuentan, entre otros, Yaacov Agam (Israel), Sergio de Camargo (Brasil), Carlos Cruz-Diez (Venezuela), James Rosati (EE.UU.), Sebastián (México), Victor Vasarely (Hungría, Francia) y Eugenio Sempere (España).

Geometrías intestables funciona a modo de registro de las renovaciones gráficas, arquitectónicas, industriales y tecnológicas que comenzaron en la década del sesenta. En las obras exhibidas se pueden ver los ecos de esas marcas urbanas.

Tobías Ostrander explica que “mientras en la preguerra se buscaron composiciones equilibradas, armoniosas, utilizando elementos geométricos –-obras que con frecuencia abordaban aspiraciones metafísicas, así como agendas sociales utópicas–, los artistas de Geometrías... emplearon formas abstractas simplificadas a fin de provocar nuevas sensaciones mediante el movimiento”.

En la secuencia elegida para la muestra, el movimiento juega un papel crucial. En este sentido, el curador anota que en las obras de los artistas seleccionados se enfatiza los aspectos relacionados con la percepción y la participación del espectador. Así, el movimiento se genera tanto de un modo mecánico (motores, como en la obra de Marta Boto), como por efectos ópticos (Le Parc) y corporales. En este último caso, obras como las de Agam proponen el movimiento del espectador que, a medida que va variando su punto de vista, ve distintos patrones en el cuadro.

“La luz y la sombra –según Ostrander– se ven activadas por la pieza suspendida de Rogelio Polesello (1975), con su superficie acrílica transparente que proyecta un patrón luminoso a lo largo de la pared. En la pintura del polaco Julian Stanczak Aloft See Through III (1973), el movimiento óptico se crea al formar capas entre los planos angulares compuestos de puntos pintados.”

La exposición Confines de la pintura, curada por Tatiana Cuevas, pone en escena el proceso autocrítico por el que pasó la pintura en las primeras décadas del siglo XX. Es una selección de 26 obras de la abstracción latinoamericana, estadounidense y europea: James Brooks (EE.UU.), John Chamberlain (EE.UU.), Eduardo Chillida (España), Sam Francis (EE.UU.), Günter Gerzso (México), Mathias Goeritz (Alemania), Adolph Gottlieb (EE.UU.), Hans Hartung (Alemania), Carlos Mérida (Guatemala), Robert Motherwell (EE.UU.) y Pierre Soulages (Francia), entre otros.

La curadora escribe que “gran parte de las exploraciones del arte moderno se enfocaron en la definición de la autonomía de las disciplinas artísticas. Al someterse a un proceso de autoanálisis, el común denominador para defender las particularidades de cada medio (escultura, arquitectura, literatura, música) recaía sobre sus cualidades materiales”. En esta búsqueda de la especificidad, la pintura inicia un viaje hacia el interior de la propia pintura para explorar “la superficie plana y limitada que constituye su soporte”. La muestra exhibe una gran vibración visual, una combustión de imágenes a través de la obra de artistas relevantes del siglo pasado que profundizaron en la autorreferencialidad de los materiales.

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Traslación circular, 1959, gouache sobre madera del argentino Julio Le Parc.
 
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