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Martes, 19 de junio de 2007

PLASTICA › LA 52ª BIENAL INTERNACIONAL DE ARTE DE VENECIA

Canales para pensar y sentir

Venecia apuesta esta vez por artistas muy reconocidos, lo que le da una impronta más museística. Las ideas del curador. Guillermo Kuitca: el envío oficial argentino.

 Por Fabian Lebenglik
desde Venecia

La figura central de las bienales es el curador: sobre él recaen las felicitaciones, invectivas, apologías, rechazos. En cada edición el curador de la bienal toma un título general, suficientemente amplio y poético como para construir la más abarcadora categoría teórica posible y dentro de ella colocar una selección de obras y artistas a su gusto. De modo que el título es, no tanto una propuesta temática, sino apenas una consigna. En el caso de Robert Storr, curador del MoMA entre 1990 y 2002 y primer norteamericano en dirigir la más que centenaria Bienal de Venecia, esa consigna es “Pensar con los sentidos; sentir con la mente”. Así, la recién inaugurada 52ª edición de la más importante muestra de arte internacional contemporáneo del mundo –que sigue hasta el 21 de noviembre– propone un cruce de raíz moderna que tiene la intención de atravesar las categorías teóricas más o menos establecidas y fundirlas en un punto intermedio entre razón y sensación.

Tanto el pensamiento libre como el religioso, desde hace más de dos mil años ha generado dicotomías para clasificar al ser humano, como cuerpo y alma, razón e intuición y así siguiendo. Más allá de la ayuda metodológica que las dicotomías puedan haber ofrecido a lo largo de la historia, generalmente la puesta en uso de esas categorías ha privilegiado una categoría sobre la otra: los binomios de este tipo nunca son ingenuos. Detrás de la consigna de Storr está la idea de que el flujo de la existencia contemporánea excede largamente las categorías y sistematizaciones, así como las falsas jerarquías que se desprenden de ellas. El arte sería una de las manifestaciones del ser humano que fluye sobre todos estos encuadramientos ideológicos y que por lo tanto rechaza la simpleza de las categorías dicotómicas. El arte sería la instancia de la conciencia a través de la cual los humanos conciben la completud de su existencia. Esa conciencia supone comprensión pero no solución de los conflictos: ése no es su campo. Siguiendo a Joyce, y ante la evidencia de que las epifanías suceden pero no son duraderas, Robert Storr enuncia que “El arte es una fábrica de epifanías, tejidas por distintas manos a velocidades diferentes”.

La propuesta del curador se exhibe básicamente en dos grandes zonas de la bienal: el Pabellón Italia (en los Jardines de Venecia, al este de la ciudad) y los Arsenales (un sector contiguo al de los Jardines). La compartimentación del espacio, muy ordenada, es de carácter museístico (en una ciudad-museo). Salas, divisiones, gabinetes y pasillos limpios en los que se exhibe muy claramente cada obra seleccionada. En general se trata de artistas muy reconocidos, en varios casos grandes maestros del arte del siglo XX. Es una selección impecable y muy placentera de ver y recorrer. Entre muchos otros están: Bruce Nauman, Ellsworth Kelly, Louise Bourgeois, Waltercio Caldas, el recientemente fallecido Sol LeWitt, Sigmar Polke, Robert Ryman, Gerhard Richter, Jenny Holzer, Daniel Buren, etc. Mucha pintura.

El sector de los Arsenales sigue más o menos esta misma idea de artistas reconocidos, pero hasta ahora no había sido tan así. Especialmente desde que el teórico Achille Bonito Oliva propuso la sección del Aperto en los años ochenta y comienzos de los noventa, cuando se mostraba, allí mismo, a los nuevos artistas de todo el mundo. Los Arsenales tenían un aspecto de caótico laboratorio, de campo de pruebas del arte, pero al mismo tiempo con alto impacto visual –sonoro, olfativo, táctil...– desde la misma conformación y distribución espacial. No es éste el caso: muchos críticos se ensañan con el actual curador por esta decisión de haber “normalizado” un sector que solía reservarse para la sorpresa de lo nuevo. La propuesta de Storr divide los sectores de exhibición de los Arsenales en perfecta simetría, generando una circulación ordenada. El contenido resulta impecable: excelente obra, de percepción nítida, bella y reflexiva. Hay pensamiento crítico, por momentos virulento; poesía y denuncia del estado del mundo.

Luego se presentan los pabellones nacionales, a cargo de las diferentes áreas culturales de las cancillerías, que inmediatamente sintonizaron con la línea de Storr convocando a artistas reconocidos. Está la novedad de un pabellón turco y uno regional, dedicado al arte africano. Los pabellones de cada país se distribuyen en la zona de los Jardines y por toda Venecia, de modo que recorrer esta ciudad, caminar y perderse hasta dar con cada palacio, salón, edificio que oficia de sala de exhibición, supone recorrer el mundo (del arte).

El envío oficial argentino para esta edición es la obra de Guillermo Kuitca, uno de los grandes artistas argentinos, de fuerte reconocimiento internacional, que hizo toda su extraordinaria carrera gracias al propio esfuerzo y talento. Aunque exhibe en los principales museos y galerías del mundo, Kuitca vive en la Argentina, donde produce toda su obra. De modo que casi nunca formó parte de envíos oficiales (salvo en la Bienal de San Pablo de 1989). Esta confluencia del apoyo del Estado a uno de los grandes artistas todavía jóvenes y en plena actividad es un acierto. La elección de Kuitca es coherente con la figura de Storr quien, siendo curador del MoMA, invitó a Kuitca en 1991 a exhibir en ese museo consagratorio. Caía de madura la confluencia entre Kuitca y la administración cultural del país, pero nunca había sucedido con tanta claridad como ahora. Para un país que debe estar continuamente salvando olvidos y omisiones del pasado y reivindicando a sus muertos, es muy positivo poner también el ojo y la gestión sobre deudas del vivo presente. La Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería argentina, con Gloria Bender y Sergio Baur a la cabeza; y la consejera cultural de la embajada argentina en Italia, Mercedes Parodi, se movieron con destreza para conseguir un excelente lugar donde presentar el envío nacional. Se trata del conspicuo Ateneo Veneto, una construcción del siglo XVII, muy cercana al Teatro de la Fenice, no sólo una institución prestigiosa en el contexto veneciano sino también de fácil acceso y al mismo tiempo con mucha personalidad desde la perspectiva arquitectónica y por los frescos que dominan su interior. En este punto, la puesta en escena de la obra de Kuitca resulta un hallazgo, concebido por Kuitca, y por la curadora, Inés Katzenstein, y ejecutada por el arquitecto argentino residente en Venecia Gustavo Vilariño y su colaborador Mateo Eiletz.

La puesta en escena tiene mucho de teatral. En este punto, el componente teatral que tanto caracterizó la obra de Kuitca durante todos estos años ahora queda relegado al montaje. Una estructura de madera oscura de exquisita terminación oficia de escenario y plataforma para neutralizar el piso original –de mármol con estrellas–. Cuatro enormes paneles –revestidos en cuero negro–, sobre los que están colgados los cuadros, se distribuyen irregularmente en el salón y dividen el espacio único del aula magna del Ateneo Veneto generando una particular disposición y circulación. El montaje produce intimidad con los grandes cuadros del artista. De cuatro trampas construidas en la plataforma de madera del piso surge una iluminación de abajo hacia arriba. Esa fuente de luz acentúa el clima artificiosamente dramático. Las condiciones de apreciación resultan ideales, porque se puede ver muy bien la obra de Kuitca y luego de adecuar los ojos a la temperatura de la luz, mientras el espectador va tomando contacto con la rica, compleja y trabajada textura de los cuadros, todo el interior del salón, su decoración, las pinturas de paredes y techo, aparecen tenuemente ante los ojos, aunque sin imponerse y sin interferir. Hay respeto por la historia del lugar.

Las cuatro grandes obras de Kuitca son cuadros de casi cuatro metros por dos. La muestra lleva por título Si yo fuera el invierno mismo, que cita una serie homónima de cuadros pintados por Kuitca a mediados de los años ochenta, los que a su vez citan y modifican el título de un capítulo de la novela Respiración artificial (“Si yo fuera el invierno sombrío”) que Ricardo Piglia publicó en 1980. Hay un historicidad del propio trabajo y la cita remite a la relación entre ficción y realidad. El título, sin embargo, nada anticipa sobre la obra que veremos en el Ateneo Veneto. Se trata de cuatro pinturas que homenajean tanto el cubismo analítico de Braque y Pica-sso, como las pinturas de Alfredo Hlito y Lucio Fontana, entre otros. Son obras desconcertantes, que rompen con el camino que Kuitca venía recorriendo hasta ahora y tal ruptura es del todo pertinente para el contexto de la bienal. Un cambio fuerte, sin dejar de ser esencialmente pictórico, en un marco que no podía ser más notorio. Los múltiples segmentos que dividen pequeños planos en cada tela juegan con la luz y el contraste hasta la obsesión y el detalle. También podrían funcionar como autocitas en clave cubista de las plantas y proyecciones de planos de departamentos característicos de una larga serie de pinturas del artista. Lo que este cambio rotundo pueda suponer en la obra de Kuitca sólo podrá evaluarse con la próxima obra del artista. (Continuará.)

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Vista de dos de los cuadros de Guillermo Kuitca de la serie Desenlace.
 
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