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Martes, 17 de julio de 2007

PLASTICA › EL SALTO A LA MODERNIDAD Y EL MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES

Las modernidades finiseculares

La generación de artistas del ’80 y cómo fundó las primeras instituciones dedicadas al arte en el último cuarto del siglo XIX, incluido el Museo Nacional de Bellas Artes.

 Por Fabián Lebenglik

Una de las formas más adecuadas y efectivas de sacarle provecho al riquísimo patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes es establecer líneas de lectura en sus colecciones a través de exposiciones coherentes que supongan distintas maneras de reunir y conectar unas obras con otras, de iluminar aspectos que amplíen el marco específicamente artístico, de articular diferentes aspectos que acerquen el pasado al presente. Este tipo de exposiciones permite al público conocer y disfrutar de las obras, al mismo tiempo que entender la compleja trama artística, histórica, social, cultural y política de una época determinada. Al presentar aproximaciones diferentes y distintos recortes de su patrimonio haciendo foco en algún aspecto puntual, el Museo ofrece mejores contextos de percepción, tiende puentes para comprender las condiciones en que fueron realizadas las obras y ayuda a darle una nueva luz a la producción artística. Todo esto requiere un trabajo continuo de investigación y es una tarea central de un museo público con un patrimonio tan valioso.

Es así como obras canónicas de la historia del arte nacional, como las que constituyen el corazón de la muestra “Primeros modernos en Buenos Aires”, adquieren otra visibilidad, en un despliegue enriquecido por una curaduría, un montaje y una serie de textos y análisis apropiados.

Muchas veces el criterio de obra “clásica” o “canónica” puede inducir a pensar que se trata una producción cultural o artística congelada en el tiempo, ya muda, que no puede decirnos nada nuevo del pasado ni del presente, ni aportar nuevas lecturas sino sólo repetir viejas fórmulas. La muestra “Primeros modernos...” ofrece un itinerario que recrea la conformación de un clima artístico durante los veinte años previos a la creación del MNBA, en 1896, e incluye cuatro célebres pinturas, cuatro “clásicos” de la historia del arte argentino: La lever de la bonne (“El despertar de la criada”) (1887) de Eduardo Sívori; Reposo (1890) de Eduardo Schia-ffino; La vuelta del malón (1892), de Angel Della Valle, y Sin pan y sin trabajo (1894), de Ernesto de la Cárcova. Son obras que, de tan conocidas, han sido reproducidas hasta en manuales escolares (en mayor medida las de Della Valle y De la Cárcova que los desnudos de Sívori y Schiaffino). Y el modo en que son exhibidas funciona, junto con otra larga serie de obras, como afirmación contraria a la que considera lo clásico como algo congelado. Como explica Américo Castilla –director nacional de Patrimonio y Museos y Presidente del Comité Asesor del MNBA– en el prólogo del cuidado libro catálogo producido para la ocasión, refiriéndose al célebre óleo de Sívori: “Esta es una excelente oportunidad de comparar, a modo de ejemplo, la recepción que a fines del siglo XIX se hizo de El despertar de la criada, de Eduardo Sívori, en un contexto radicalmente distinto, con la apreciación que puede suscitar más de un siglo después en el centenario Museo Nacional. La obra no detuvo su discurso y su contenido no estuvo determinado de una vez y para siempre. El despertar... no es el mismo, aunque la imagen no tenga alteraciones.”

Las obras clásicas, en cualquier campo del arte, son las que ofrecen el más rico potencial de lecturas e interpretaciones a través de los años. Son, también, por su calidad y capacidad para condensar y multiplicar sentidos y tensiones, las que la sociedad toma como mejor puerta de entrada a una etapa artística o histórica, a una sensibilidad de época.

“Primeros modernos...” está curada por Laura Malosetti Costa –doctora en Historia del Arte (UBA) y autora, precisamente, del libro Los primeros modernos. Arte y sociedad en Buenos Aires a fines del siglo XIX (FCE, 2001)– y tiene un acertado diseño museográfico de Tam Muro, que genera una especial intimidad y un clima adecuado que predisponen a una mejor apreciación de las obras exhibidas. El libro catálogo incluye tres ensayos: uno de la curadora sobre el sentido y objetivo de la exposición, otro de María Isabel Baldesarre (“Sobre el gusto, el coleccionismo y el arte moderno en Bueno Aires a fines del siglo XIX”), y un tercero de Alejandra Laera (“El Ateneo de Buenos Aires-Redes artísticas y culturales en el fin de siglo”), junto con documentos y testimonios de época.

Esta exposición, dice Laura Malosetti, “pretende seguir el hilo de esos años finales del siglo XIX, en un recorrido que permita asomarse al cruce de distintos ámbitos –desde la academia de la Sociedad de Estímulo de Bellas Artes a los talleres de los maestros de París, Roma o Florencia: del Salón de París o Las Exposiciones Universales al Salón del Ateneo– en los que se libraron las primeras batallas por la modernidad artística en Buenos Aires.”

Los artistas cuyas obras integran esta muestra, en 1876, fundaron la Sociedad Estímulo de Bellas artes y tras sus viajes a Europa –por entonces el viaje estaba considerado un requisito de formación, una suerte de viaje a la “Pintura”, que era apoyado por el Estado– volvieron para crear el Museo Nacional de Bellas Artes, la Academia, y a través del Ateneo, institucionalizaron la realización periódica de exhibiciones de arte en la ciudad de Buenos Aires. De modo que esta exposición no sólo revisa su patrimonio de un modo necesario, sino que al mismo tiempo produce una muestra autorreferencial que revisa, recrea y documenta los antecedentes directos, los cruces y debates inmediatamente anteriores a su propia etapa fundacional, hace 110 años.

La muestra, además de aquellas cuatro pinturas clave, incluye casi un centenar de obras y documentos, reunidos en capítulos que van dando cuenta del clima cultural de fines del siglo XIX, cuando brilló la generación del ochenta.

Uno de los efectos más o menos inmediatos que produjo en el país la llamada Generación del ochenta –es decir, la visión política y las alianzas ideológicas y económicas locales e internacionales de los representantes más conspicuos de la generación del ochenta–, fue un notorio “salto modernizador” que es el caldo en que se cocinaron también los “Primeros modernos” del arte nacional. Esos efectos se tradujeron en crecimiento y expansión para las clases acomodadas –un período de gran intensidad, en que el tiempo se contrajo y la noción de proceso desapareció (de allí el “salto”) casi sin desarrollo–, así como del surgimiento de una clase media formada en gran medida por las sucesivas oleadas de inmigrantes que alternativamente aprovecharon y padecieron las estrategias que desde el Estado se pensaron como dadoras de pertenencia nacional. Dos ejemplos: todos aprovecharon la educación pública –escuelas, instituciones culturales– y casi todos padecieron el servicio militar obligatorio. Faltaba incluir la producción artística en ese contexto vertiginoso: de eso se encargó la generación de artistas del ochenta.

La exposición incluye, además de las piezas citadas, varias obras de cada uno de aquellos cuatro artistas fundamentales, junto con obras de Augusto Ballerini, Francisco Cafferata, Emilio Caraffa, Lucio Correa Morales, Reinaldo Giudici, Jean-Paul Laurens –pintor francés, a quien Sívori eligió como maestro–, Martín Malharro, Graciano Mendilaharzu, Puvis de Chavannes (pintor francés, maestro de Sívori y Schiaffino), Carlos Ripamonte y Rogelio Yrurtia, entre otros.

El período analizado en la exposición demuestra que los artistas argentinos tenían una mirada amplia y cosmopolita, pero al mismo tiempo un fuerte compromiso nacional. Buscaban situar a las artes plásticas en sincronía con la literatura argentina, que ya había conformado un sistema propio y estaba a punto de conseguir entrar en la profesionalización de los escritores –proceso que suele fecharse en 1910, hacia el Centenario–-. Otro de los objetivos de estos artistas era que las artes visuales tuvieran protagonismo y formaran parte de los debates nacionales así como buscaban también –gracias al conocimiento obtenido a través de sus viajes– que el presente del arte argentino pudiera dialogar con el europeo.

Pinturas, esculturas, grabados, dibujos, bocetos, documentos, publicaciones; presencia de obras de maestros y discípulos, artistas argentinos y franceses... todo esto ayuda a generar el mejor contexto de apreciación de las obras, para tender un puente entre este presente y aquel pasado, no tan lejano.

Las obras pertenecen en su mayoría a la colección del MNBA, pero también hay piezas cedidas por otros museos públicos, como el Rosa Galisteo de Rodríguez, de Santa Fe; el Museo Casa de Yrurtia; el Fernández Blanco; el Castagnino, de Rosario; el Caraffa, de Córdoba, y el Quinquela Martín, entre otros. (En el Museo Nacional de Bellas Artes, Avenida del Libertador 1473, hasta el 20 de agosto. Entrada gratuita).

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Sorpresa, óleo de De la Cárcova, 1896. Abajo Estudio (pro ley seca), dibujo de Sívori.
 
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