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Miércoles, 20 de enero de 2010

DISCOS › DISFARMER, LO NUEVO DEL GUITARRISTA BILL FRISELL

La fotografía de un sonido

El proyecto nació de la idea de musicalizar una muestra del fotógrafo Mike Disfarmer, pero en Frisell nada se queda en los bordes: su trabajo dentro de un exquisito cuarteto es una indagación sobre la vida rural de los EE.UU. en los años de la Segunda Guerra.

 Por Diego Fischerman

La Europa de la primera mitad del siglo pasado consiguió retratar su disolución mediante la difuminación y la descomposición de los contornos, en Francia, y en Alemania, el país con que lucharía –y por el que sería invadida–, con la exageración dramática, con esos trazos notoriamente curvos, tan parecidos a los que Hollywood utilizó cada vez que quiso entrar en los sueños y en el inconsciente. A los Estados Unidos, en cambio, les alcanzó con el realismo más descarnado. Con la aparente objetividad de los cuadros de Edward Hopper o de los relatos de Dorothy Parker. Con esas miradas frías capaces de detectar el terror detrás (y no tan detrás) del Sueño Americano. La música de Bill Frisell tiene algo de esa inquietud irisando lo cotidiano. Y en su proyecto de musicalización de una exposición dedicada al genial fotógrafo Mike Disfarmer, esa cualidad encuentra su mejor encarnación posible.

Un cuarteto conformado por Frisell en guitarra, Greg Leisz en steel guitar y mandolina, la violinista Jenny Scheinman y el contrabajista Viktor Krauss (que participó por primera vez en un disco suyo con Nashville, de 1997), encuentra, en Disfarmer, el sonido exacto de esas fotos que muestran la vida rural de los Estados Unidos en los años de la Segunda Guerra Mundial. La vía es ese jazz sin solos o, mejor, esa música que abreva en el folklore norteamericano, en particular en el de los Apalaches, y lo trabaja desde la perspectiva de un músico de jazz cansado del jazz. Si en ese género la exhibición de virtuosismo es un tópico inevitable (un equivalente sonoro de la vida peligrosa y no una cuestión de narcisismo), Frisell construye cuidadosas imágenes en las que, más que desarrollo, en el sentido del clasicismo-romanticismo, o del propio jazz, más que variación progresiva, hay una suerte de expansión, de vueltas en espiral de un mismo material, de un devenir que juega al estatismo, o a su apariencia.

El guitarrista, que ya había trabajado para las imágenes en sus músicas para films de Buster Keaton y, más recientemente, en la banda de sonido para el film canadiense All Hat, para este trabajo, encomendado por el Wexner Centre of Arts, en este caso se dedicó a recorrer la tierra natal de Disfarmer, Arkansas, no para citar su música, a manera de objetos encontrados, sino para empaparse de una cierta respiración, de una determinada manera de percibir el horizonte en la llanura. De ahí que esta música cobre independencia, más como una traducción de las fotografías de Disfarmer a otro lenguaje que como su posible acompañamiento. “Traté de retratar aquello que podría haber estado en la mente de Disfarmer”, explica Frisell en el folleto del CD. “Qué es lo que sentía realmente sobre esa gente en esa ciudad? ¿Qué estaba pensando? ¿Qué veía? Nunca lo sabremos, pero mientras escribía esta música me gustaba imaginarla desde su punto de vista. Su propio sonido mirando a través de sus lentes”, concluye. En esa especie de estilo de estilos que los (norte)americanos bautizan Americana –y de la que el sello Nonesuch, que distribuye Warner, es uno de los principales abanderados–, este abstracto y nada literal retrato de una región (y de una forma de entender la soledad) ocupa un lugar de privilegio. La exquisita presentación y la calidad y fidelidad de la grabación completan los encantos.

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Aquí, la música de Bill Frisell es también una forma de entender la soledad.
 
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