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Miércoles, 17 de febrero de 2010

DISCOS › SACRIFICIUM, NOTABLE TRABAJO DE CECILIA BARTOLI

El espíritu de los castrati

La mezzosoprano pone en escena la idea del prodigio como una de las bellas artes. Aborda arias inéditas, compuestas por Nicola Porpora, Antonio Caldara y Carl Heinrich Graun, entre otros.

 Por Diego Fischerman

“Mulieres in ecclesiis taceant”, se dice en la Epístola de San Pablo a los corintos. Y de ahí se desprendió que las mujeres no sólo no podían oficiar el rito católico, sino que tampoco podían cantar en los templos. Y eso significó un verdadero problema, teniendo en cuenta que para la simbología cristiana las voces agudas eran las que correspondían ni más ni menos que a los ángeles. Durante unos cuatro siglos la Iglesia se las arregló con niños y con falsetistas. Pero el barroco, con el nacimiento del espectáculo a gran escala, cambió las cosas. Grandes necesidades demandan grandes soluciones y la iglesia de Roma ideó una que mantuvo vigente hasta 1870: la castración masculina.

Los castrati cantaban lo que nadie más podía. Y, con los agudos de las mujeres pero la caja torácica de los hombres, de la iglesia saltaron a la ópera, el espectáculo de los espectáculos, dejando un repertorio virtuoso, virtualmente imposible y, sí, espectacular. Un repertorio prácticamente olvidado hasta la aparición de una de las pocas cantantes contemporáneas capaces de habérselas dignamente con él: Cecilia Bartoli. En su último CD Sacrificium, recién editado localmente (se vende a un precio menor de 50 pesos), aborda arias compuestas por Nicola Porpora, Antonio Caldara, Leonardo Vinci y Carl Heinrich Graun, entre otros, pone en escena, como con los castrati originales, la idea del prodigio como una de las bellas artes. Y es que, por encima del valor musical, de la riqueza expresiva de la intérprete y del encanto de los acompañamientos instrumentales –a cargo del soberbio Il Giardino Armonico– sobreviene el asombro. El placer de escuchar las fulminantes coloraturas (esos pasajes con infinidad de notas veloces sobre una misma sílaba) de “Cadrò, ma qual si mira”, de Francesco Araia, resulta inseparable de la sensación de que eso que se está escuchando no es humanamente posible.

Bartoli se deleita con aquello que, según las crónicas, era la especialidad de los mejores castrati –Carlo Broschi, conocido como Farinelli, y Giovanni Carestini, entre ellos–: culminar un salto, hacia el agudo en pianissimo. Y, por supuesto, cantar con la máxima dulzura y una afinación sin mácula los pasajes más veloces y los saltos más endiablados. El color aterciopelado y oscuro de los graves de esta excepcional mezzosoprano convienen como anillo al dedo a la ambigüedad de esas piezas frecuentemente heroicas y usualmente cargadas de erotismo, donde el oído se complacía en contradecir la vista. El disco se compone de once piezas inéditas hasta el momento, pertenecientes al riquísimo movimiento operístico napolitano en la primera mitad del siglo XVIII. El auge de los castrados en esa región no era casual. Se trataba de una de las más pobres de Europa y la Iglesia ofrecía manutención a las familias que le encomendaban los niños que mostraban talento para el canto. El último castrado, Alessandro Moreschi, murió en 1922, cantó en el coro de la Capilla Sixtina y hasta dejó alguna que otra grabación, realizada en 1902. Pero estaba lejos de ser un gran cantante. Resulta imposible saber cómo sonaba realmente la voz de Farinelli, aunque la dificultad de ejecución de la música que le estuvo dedicada hace presumir su pericia. Eventualmente no importa. Existe una intérprete capaz de volver a la vida ese repertorio y ese mito. Y, sobre todo, aunque por distintos motivos, un mismo asombro.

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