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Miércoles, 19 de enero de 2011

DISCOS › OLYMPIA, EL NOTABLE NUEVO CD DE BRYAN FERRY

El pop decorado con brillantina

Rodeado de grandes nombres –Phil Manzanera, Brian Eno, David Gilmour y Flea, entre otros– el ex Roxy Music vuelve a mostrar las delicias de su voz. La chanson, el noise de bajo rango, lo académico y lo mundano se mezclan, con la ironía como herramienta poética.

 Por Luis Paz

Hace dos años, Phil Manzanera anunciaba en una entrevista con Página/12 que trabajaba en un nuevo disco de Roxy Music con Bryan Ferry, el cantante de la banda insignia del art rock de los primeros ’70. Es más, decía que Brian Eno volvería a ser parte de Roxy Music para ese disco. Nada de eso ocurrió (sólo la publicación de un compilatorio), pero Olympia, el nuevo disco de Ferry, viene a hacer justicia y con creces. A Manzanera y Eno se adjunta una vasta lista de colaboradores: David Gilmour, Nile Rodgers de Chic, Groove Armada, Jonny Greenwood de Radiohead, Flea de los Red Hot Chili Peppers y otro Roxy Music, el multiinstrumentista Andy Mackay. Así, Olympia resultó un disco notable, diacrónico entre el clasicismo de la labor del cantante y la actualidad del sonido; y sincrónico entre la voz experimentada de un hombre que pasó los 60 y la posibilidad de la ironía como herramienta poética, algo que en Ferry siempre estuvo allí presente.

El músico, ese mismo que hace 40 años proponía en la apertura de For Your Pleasure (el segundo disco de Roxy Music) “una solución bailable para la revolución adolescente”, tiene hoy 65 años. Parece una barbaridad si se tiene en cuenta que, básicamente, Olympia es un disco de (excelso) pop y que el pop de 2010 estuvo regulado por quienes podrían ser sus nietos. Sin embargo, cuando Olympia comienza, las cronologías se desvanecen. Son unos pocos segundos instrumentales al comienzo de la apertura “You Can Dance”, en los que cualquiera podría figurarse en un boliche bastante cool. Pero cuando ingresa Ferry a cantar, es como si entrara a ese boliche la persona canchera, apuesta y poderosa que opaca al resto. De allí hasta el final, Ferry se come hasta las migas de la noche (o del disco) y los invitados vuelven al lugar que tienen: el de un fabuloso acompañamiento a su voz, como un precioso murmullo acompañando sus movimientos de mimo sensual.

En la decena de canciones queda espacio para homenajear a Traffic con “No Face, No Name, No Number” (y cabe recordar que Ferry venía de rendir tributo a Dylan con su álbum Dylanesque, de 2007) y para que Rhett Davies y Johnson Somerset, los productores, jueguen a discípulos de Joe Meek, el intratable productor de los ‘60 recuperado por el film Telstar. Tal vez el ejemplo más claro sea “Song to the Siren”, donde reaparece una vieja máxima de Roxy Music (y de todo el art rock) con Jonny Greenwood recreando el sonosistema marino: la instrumentación también es una forma narrativa. En el resto del disco, Flea y Mani alivianan la pose de “You Can Dance”; el notable colaborador David Williams (Michael Jackson, Marvin Gaye) hace de “Alphaville” un funk de salón, “Heartache by Numbers” es una preciosura cuasi-épica, “Shameless” coquetea con la bola de espejos tanto como con los sonidos industriales. Siempre como cócteles de bebidas donde el pop, la chanson, el noise de bajo rango, lo académico y lo mundano se mezclan.

En este disco canoso, flambeado con martini y decorado con brillantina, la yapa es “BF Bass (Ode To Olympia)”, un pequeño ensayo musical acerca de las redes virtuales como verdugas del amor físico: “Tu Facebook es tu casa. Sos MySpace (mi espacio) ahora, en teoría”. Un tema algo descuidado que queda a salvo cuando llega la sublime “Tender is the Night”, el canto desolado del que se lleva alguien a casa pero dejó su corazón en el bar.

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A los 65 años, Ferry da una clase de buen gusto.
 
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