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Miércoles, 29 de febrero de 2012

DISCOS › OLD IDEAS, OTRO GRAN DISCO DE LEONARD COHEN Y VAN...

El libro aún no llegó al final

A los 77, el cantautor y poeta canadiense vuelve a escribir sobre el amor y el desamor, el deseo y su final, infiernos y paraísos. ¿Viejas ideas? Sí, pero con esa voz gastada y profunda, sonido orgánico y un aura de blues y gospel se hacen irresistibles.

 Por Roque Casciero

En el arte de Old Ideas se ve la contratapa de un trajinado anotador en la que su dueño escribió “llegando al final del libro/ pero no todavía/ quizá cuando hayamos llegado al fondo”. El hombre en cuestión es Leonard Cohen, brillante maestro en eso de bucear por los recovecos del alma humana y convertir la exploración en canciones o poemas. El canadiense, además, ya tiene 77 años, así que tanto la frase como el título del álbum pueden leerse con una sonrisa torcida (esto es, sin saber si se trata de una humorada o de la más serias de las afirmaciones). Cohen sí ha llegado al fondo más de una vez: ha conjurado los sentidos de las vidas (así, en plural) junto a melodías oscuras e imborrables. Ha descripto infiernos y paraísos, amores y desamores, el deseo y su final, y lo ha hecho siempre con su propia sangre en la lapicera. Por eso diez nuevas canciones suyas son recibidas por sus seguidores con la esperanza de encontrarle una nueva faceta a la experiencia humana. Pero el que avisa no es traidor: aquí hay “viejas ideas”, prácticamente las mismas que el bardo de la voz profunda ha desarrollado en canciones durante cuatro décadas. Pero entonces asalta la duda: ¿cómo es que el álbum se convierte en una necesidad repetida después de la primera escucha?

Sin esos teclados bastante “cafones” con los que solía poblar sus álbumes, con un sonido mucho más orgánico y más apropiado para acompañar a su voz gastada, Cohen desgrana sus “viejas ideas” en su mejor disco en mucho tiempo. En “Going Home” ensaya un diálogo interno (¿o es otro el que habla sobre él?): “Me encanta charlar con Leonard/ Es un deportista y un pastor/ es un bastardo perezoso/ que vive de traje”. En “Show Me the Place” se entrega a la esclavitud por amor, si es necesario; en “Crazy to Love You” anuncia haber abrazado la locura por una mujer que, para colmo, nunca fue la indicada; y habla de cómo atrapó a la oscuridad bebiendo de la copa de una dama en “Darkness” (“y me trató peor que a vos”, dice). “Ya sé que tenés que odiarme/ pero, ¿podrías odiarme menos?” clama en “Anyhow”, donde, al fin y al cabo, “ambos somos culpables”. ¿Y qué puede curar a ese tipo “desnudo y sucio” de esa canción, sino el mismísimo amor (“Come Healing”)? Entre el blues, el gospel y alguno de sus típicos valses, Cohen les dio otra vez cauce a sus viejas y queridas ideas. Ojalá falte mucho más para el final del libro. Por lo pronto, aquí hay unas cuantas páginas en las que encontrar luz... y oscuridad.

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Cohen le dio cauce a sus antiguas y queridas obsesiones.
 
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