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Miércoles, 31 de julio de 2013

DISCOS › ESTUARIOS, DE GUSTAVO MOZZI Y LA ORQUESTA MATINé

Una melancolía camarística

El guitarrista, que siempre mostró una preocupación por los lados más orilleros de la música porteña, no cede a lo ampuloso y utiliza la orquesta como una paleta de posibles líneas protagónicas y como una fuente de gran riqueza melódica y rítmica.

 Por Diego Fischerman

La palabra “matiné” ya aparecía como título en su disco anterior, de 2006. Y pocas como ella podrían resultar más adecuadas para la música de Gustavo Mozzi, con su evocación de las evocaciones; una música hecha de una especie de hipermelancolía –la nostalgia y la melancolía de la melancolía– que circunda valses –prestar atención al exquisito “De paso”–, candombes y milongas y refiere a tradiciones indudablemente porteñas pero, como tal vez en la obra de Nino Rota, con un aire distanciado, como de cámara lenta, de mirada –o escucha– extrañada. El disco se llama Estuario y la que toca es la Orquesta Matiné. Cuerdas, percusión, un notable clarinete solista. Un sonido donde lo explícitamente antiguo toma el gesto de la más absoluta novedad por obra de una escritura detallista y precisa que, en rigor, sólo se parece a sí misma.

Publicado por Epsa, con presentación y sonido ejemplares, este álbum continúa un ciclo sumamente extendido en el tiempo, comenzado tal vez con el grupo Membrillar, donde Mozzi era uno de los guitarristas, y con algunas bisagras fundamentales como el excelente Los ojos de la noche, de 1999. Músico del Tata Cedrón, creador de grupos como La Cuerda y, más adelante, El Murgón, Mozzi siempre mostró una preocupación por los lados más orilleros de la música porteña y, al mismo tiempo, por una manera de componer en que el contrapunto, los entrelazamientos de distintas voces solistas, nunca ceden el protagonismo a lo ampuloso. Y si Los ojos... era un disco abiertamente camarístico, esta última realización, con una gran sección de cuerdas –e intérpretes de la talla de Fernando Suárez Paz, Pablo Agri o Fernando Cabarcos– no lo es menos. Salvo en el tema que abre el disco y le da título, en que un cierto espíritu de obertura se adueña del sonido general, la orquesta aparece mucho más como una paleta de posibles líneas protagónicas –solos de violín, de cello, de bandoneón o clarinete– y como una fuente de gran riqueza melódica y rítmica que con una idea de masa.

El uso de la percusión, en ese sentido, resulta sumamente interesante. Emparentada con el de aquella Orquesta Típica Candombe con la que Sebastián Piana grabó entre 1940 y 1944 –y cuyas partituras Mozzi exhumó, desde su lugar de director del Festival de Tango de la Ciudad de Buenos Aires–, esa utilización no busca remarcar el ritmo ya presente, como sucede en la mayoría de lo que hoy circula por los territorios del tecnotango o, incluso, por los viejos experimentos de Fresedo, sino que se agrega como una o varias voces significativas, con su propia personalidad y esencia musical. Que en Estuario los percusionistas sean nada menos que Facundo Guevara y Pablo La Porta agrega un dato acerca de esa peculiaridad. En todo caso, nada está agregado aquí por una mera cuestión de número –o de volumen–. Como en el río de ese estuario al borde de donde surge esta música, la orquesta se puebla de reflejos. Los sonidos son, al fin, como los miles de ojos en la noche de la ciudad.

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