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Domingo, 18 de enero de 2009

TELEVISION › TRUE BLOOD, O EL AUGE DE LOS VAMPIROS GLAMOROSOS

La sensualidad del colmillo

La serie de HBO que se estrena esta noche, a las 22 por HBO, es un cóctel de misterio, erotismo y humor negro en el que los humanos conviven con las bestias, basado en la novela Southern vampire, de la escritora Charlaine Harris.

 Por Emanuel Respighi

La vida paralela a la terrenal del productor Alan Ball, aquella que desarrolla prolíficamente en los límites de la pantalla chica, parece estar destinada a tratar entre muertos. Luego de los cinco exitosos años como creador y productor de Six feet under, la serie de HBO que contaba la vida cotidiana de una familia dueña de una funeraria, su nueva criatura televisiva vuelve a incursionar en el mundo de aquellos que conocieron el más allá. O, mejor dicho, en un hipotético universo cotidiano contemporáneo en el que los seres humanos conviven con los siempre sensuales, misteriosos y seductores –según el ojo de Hollywood– vampiros. Un lugar ficcional en el que los vampiros salieron de sus ataúdes, pelean por sus derechos en tanto minoría y deambulan por las calles de un poblado sureño de Estados Unidos como buenos hijos de vecinos. Ese es el mundo en el que se desarrolla True Blood (Sangre verdadera), la serie de HBO que se estrena esta noche, a las 22.

Un cóctel de misterio, sensualidad y humor negro: ésa puede ser la definición más certera que le cabe a un típico producto de la insignia HBO en su faceta estética y que en su temática y relato conlleva toda las características de la factoría Ball. Versión televisiva de la novela Southern vampire, de la escritora Charlaine Harris, True blood se convirtió en uno de los programas más destacados de 2008 en la TV de Estados unidos. En paralelo a lo que sucede con la trama de la serie, que comienza tibiamente y a medida que avanzan los capítulos va incrementando su ritmo, la nueva serie sobre vampiros arrancó con críticas y no altas audiencias hasta que se despidió de su primera temporada alcanzando los 6,8 millones de espectadores. Una cifra nada despreciable para HBO, que llevó a que la cadena que supo albergar éxitos como Los Soprano y Sex and the city le haya dado el OK a Ball para una segunda temporada.

Buena parte de las razones que explican la lenta acogida de parte del público está relacionada con que True Blood no es la típica serie de vampiros sueltos por las calles a la caza de sangre joven y caliente que sacíe su sed. Alejada del registro del cine de terror más efectista y mucho más del gore revulsivo, la serie se destaca por la naturalidad de un relato que logra no volverla ni oscura ni fantástica. Transgresora, con esa extraña capacidad de incluir sexo explícito que tienen la mayoría de los productos HBO sin abusar del recurso ni forzar su inclusión, la nueva de vampiros se ubica dentro del género dramático, pero más cercana a la estructura de una telenovela que de un film de terror.

La convivencia –tensa, iniciática, reciente– de los humanos con los vampiros tiene, en True Blood, una explicación: la invención de sangre sintética por un científico japonés. Ese adelanto científico, en la trama, funciona como la novedad que les otorga libertad y derecho a los vampiros para caminar por las calles de Ben Temps, en Lousiana. Con el consecuente rechazo y discriminación de toda la población. Encima, cuando se descubre que la sangre de vampiros mejora la salud y la vida sexual de los humanos, el mercado negro comienza a hacer de las suyas.

En el conservador poblado sureño, sólo Sookie Stackhouse, una camarera de un típico bar & grill rutero estadounidense, tiene la mente suficientemente amplia como para relacionarse con Bill Compton, el primer vampiro que ingresa en el local. Pero la ingenua y bonita Sookie, además, cuenta con el ¿don? de poder leer la mente de cualquier humano, con las consecuencias que a ella le provoca conocer el lado oculto de aquellos con los que se cruza. De todos menos de Bill, claro, lo que a sus ojos lo vuelve único y especial. Pese a todos, la chica, que vive con su abuela y su hermano, comienza con el nuevo habitante de Ben Temps una relación que la puede llevar hacia el peligro. Mucho más cuando un asesino serial comienza a cometer atroces crímenes.

Protagonizada por Anna Paquin (la nena ganadora de un Oscar por El piano), que realiza una deliciosa interpretación de Sookie (por la que le valió un reciente Globo de Oro), True Blood no es una serie hecha para fanáticos de los chupasangres, que en los últimos tiempos parecen haber regresado al centro de la escena con Crepúsculo y otras producciones por venir. Alejada del registro de terror y mucho más del gore, el encanto de la serie reside en lo sugestivo de una trama que nunca pareciera terminar de cerrarse y en la constante tensión sexual que permanece a lo largo de la docena de episodios que conforman la primera temporada. True Blood logra, así, correrse del cliché sociológico en el que caen algunas producciones de querer explicar cómo sería la vida social en la convivencia entre humanos y vampiros, para conformar con verosimilitud un entretenido pasatiempo televisivo.

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True Blood se aleja del gore y de la ciencia ficción tradicional.
 
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