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Miércoles, 17 de mayo de 2006

TELEVISION › MURIO EL ACTOR COMICO JORGE PORCEL

El Gordo que mostraba un país de gatitas y porteños piolas

Murió a los 69 años en Miami, por una complicación tras una operación de vesícula. Fue un referente del humor argentino y símbolo del pasatismo en la televisión y el cine. Su producción más recordada la protagonizó con Alberto Olmedo.

 Por Eduardo Fabregat

¿Cuál es el Gordo Porcel que queda más fijado en la memoria? ¿El que morcilleaba sin freno con Jorge Luz, el sidekick de Alberto Olmedo –el Flaco– en películas tan poco serias (en más de un sentido) como A los cirujanos se les va la mano, Te rompo el rating o Expertos en pinchazos o el amargo pastor protestante que se entreveía desde una Buenos Aires cada vez más lejana de Miami? ¿El Porcel que copaba las salas cinematográficas durante la última dictadura militar –junto a Los Parchís o Raffaella Carrá– o el que aún hoy cosecha buen rating en alguna repetición dominguera? ¿El que podía tirar en la pantalla grande líneas de diálogo tan absurdas como “¿A punto de morir? ¡Estuve a punto de no nacer!”, refinar su personaje de gordo excesivo y bonachón en una ciudad que ya no existe en el Operación Ja Ja de los hermanos Sofovich, contribuir a la estética de capocómico-y-gato-mal-maquillado en la pantalla chica con Las gatitas y ratones de Porcel, o el sombrío Saso que imaginó Brian de Palma, nada menos, para que se cruzara con Al Pacino en Carlito’s Way? ¿O el que cantaba tangos y le enchufaba una brocha de afeitar en la trompa a Rolo Puente?

De manera adecuada para alguien que hizo de su anatomía una herramienta de trabajo, con Jorge Porcel es difícil encontrar un balance. Nacido el 7 de septiembre de 1936 como Jorge Raúl Porcel de Peralta, el cómico que murió ayer a las 19 en el Mercy Hospital de Miami atravesó casi treinta años del espectáculo popular argentino y se las arregló para sintonizar con algo de la esencia del porteño. No le faltaron risas y aplausos en esa Operación Ja Ja donde empezó a brillar con Olmedo, ni en los cines que festejaban las andanzas del Gordo y el Flaco rioplatenses, siempre fingiendo algo que no eran –doctores, colimbas, actores, contrabandistas de whisky y cigarrillos, lo que fuera, lo que hubiera que modificar con respecto al guión anterior– y persiguiendo a lomazos argentos en baby doll. El Gordo con el smoking rosa en el teatro de revistas junto a una torre emplumada, el Gordo que les hacía avances a Su Giménez y Moria Casán en su esplendor como dúo fatal de la fantasía masculina de la época, el mismo que se cruzó con otro icono, la Coca Sarli, en Desnuda en la arena. Ahí Porcel, justo Porcel, hacía de diplomático.

El último Porcel, el que apareció en los cables de último momento al filo del cierre de esta edición, era ya un hombre seriamente enfermo, a años luz de esa imagen congelada en los ciclos del canal Volver. Radicado en Estados Unidos desde hacía quince años, Porcel se acomodó primero a un nuevo status de dueño de restaurante en Miami Beach, lugar de reunión de argentinos enfermos de fútbol en épocas en que la globalización aún no permitía ver instantáneamente cualquier partido del mundo. Allí se podía ver un River-Boca o un Racing-Platense (porque Porcel, casi no podía ser de otra manera, era de Racing), pero en rigor el Gordo empezaba a estar más preocupado por la próxima reunión religiosa que por el autógrafo que le pudiera pedir algún nostálgico de Los reyes del sablazo. En 1999 dio un sermón en la cancha de Huracán en el que repitió que sólo Dios lo mantenía vivo: en silla de ruedas y con graves problemas de columna, de infecciones y diabetes, fue seguido por las cámaras de los programas de chimentos para señalar “el drama de Jorge Porcel”, en lo que al cabo fue su última visita a la Argentina.

De todas esas posibilidades se compone el hombre voluminoso que ocupará ediciones de hoy y mañana, que desde una óptica puede considerarse genuino exponente de un humor típicamente porteño, y desde otra se convierte en un obeso absurdo, repetidor de fórmulas de trazo grueso. Como sea, Jorge Porcel, más de cincuenta películas exitosas, un paquete de programas televisivos que rompían el rating, compañero del Negro Olmedo, fue figura en una era del espectáculo que hoy –aunque se vea el verde de las batas de los cirujanos a los que se les va la mano– parece siempre en blanco y negro, y en la que su voz y su figura, esa figura, son parte inseparable del contexto histórico.

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Jorge Porcel se había convertido al evangelismo.
 
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