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Lunes, 7 de octubre de 2013

TELEVISION › HBO ESTRENA ESTA NOCHE PUSSY RIOT: A PUNK PRAYER

Una especie de hoguera moderna

El caso tuvo resonancia internacional y las chicas aún están en prisión: estrenado este año en Sundance, el documental es un excelente retrato del estado de las cosas en el país gobernado con mano de hierro por Vladimir Putin.

 Por Horacio Bernades

“En el siglo XVI las hubieran quemado”, dice el hombre cuya larga barba blanca hace pensar en un miembro de los ZZ Top. Pero no, nada más lejos de un veterano músico de rock and roll que este señor, portador de una remera negra en la que se lee “Ortodoxia o muerte”. La ortodoxia a la que refiere es la de la Iglesia católica rusa a la que el señor de barba, y otros señores de barbas parecidas, ve amenazada en sus mismísimos cimientos por tres chicas. Parte del colectivo feminista Pussy Riot, en el momento en que el señor ortodoxo hace sus declaraciones, las chicas están siendo juzgadas en los tribunales de Moscú por incitación a la violencia y vandalismo. Meses antes, las chicas se pusieron a aullar canciones punk contra el patriarca de la Iglesia rusa y jefe de gobierno, Vladimir Putin, en el altar de la Catedral de Moscú. Para el señor de barba y los otros señores de barba las chicas son lisa y llanamente brujas o “demonios con cerebro”, como dice otro. De allí, la nostalgia por aquellos gloriosos siglos pasados en los que a las brujas se las quemaba, y listo el pollo.

Los sucesos protagonizados por las Pussy Riot tuvieron lugar, como se sabe, en febrero y marzo del año pasado. En febrero fue la intervención en la Catedral. En marzo, una trepada al monumento central de la Plaza Roja, cantando consignas antimachistas y, lo que en Rusia es casi lo mismo, antigubernamentales. El juicio se celebró en julio. El caso es objeto de estudio en Pussy Riot: A Punk Prayer, documental que inaugura hoy un nuevo ciclo que el canal HBO dedica a muestras recientes del género, a razón de un estreno por mes. Producido para la televisión, Pussy Riot: A Punk Prayer se preestrenó en enero de este año en el Festival de Sundance, cinco meses más tarde en la televisión estadounidense y dio vueltas por festivales hasta hace poco días. Codirigida por el estadounidense Mike Lerner y el ruso Maxim Pozdorovkin, debe señalarse que existe otro documental sobre el mismo tema, contemporáneo a éste llamado Free Pussy Riot, The Movie, que conoció una circulación menos destacada.

“En inglés, pussy quiere decir gatito, pero también otra cosa referida al útero”, dice uno de los barbudos para quien el equivalente ruso de la palabra “concha” debe representar, por lo visto, una herejía impronunciable. El honorable presidente de la Federación rusa coincide con el barbudo. “¿Usted se anima a pronunciar el nombre del grupo?”, encara Putin a un conductor televisivo, y el conductor no se anima. “Un grupo cuyo nombre sólo produce vergüenza no puede ser algo bueno”, concluye Putin, que no es un simple testigo no involucrado. El hombre que a la manera de un nuevo zar ejerce la presidencia de su país desde hace trece años es uno de los blancos principales de Maria Aliojina (24 años en el momento del juicio), Yekaterina Samutsevich (30) y sobre todo Nadezhda Tolokonnikova (22), que es la que la tiene más clara. Los otros blancos sobre los que disparan las Pussy Riot –que se manifiestan a favor de la acción radical revolucionaria– son el nacionalismo, el autoritarismo, la misoginia y Cirilo I, patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa.

No es mero anticlericalismo el que lleva a las Pussy Riot a denunciar a este otro barbudo, sino un hecho bien político: en febrero de 2012, Cirilo apoyó desde el altar la candidatura de Putin para su cuarto mandato al hilo. Mandato que actualmente ejerce. Por eso, las chicas de pasamontañas coloridos (son como la versión flúo del Subcomandante Marcos) tomaron días más tarde ese altar, atronando con sus guitarras y pidiendo a Theotokos (la Virgen María, para el culto ortodoxo) que echara a Putin. “Es la mierda de Dios”, dice la letra de la canción que cantaron. El padre de Nadezhda (Nadia, para decirlo corto) reconoce que fue él el que aportó ese verso. “Intenté convencerla de que no profanaran la Catedral”, admite el hombre, intelectual progre. “Cuando comprendí que no iba a ser posible, le sugerí ese verso. Pero no es un verso antirreligioso: la mierda es el patriarca que apoyó a Putin.”

No todos los padres de las chicas están tan de acuerdo con la acción directa. “Cuando vi que se ponían en contra de la policía me di cuenta de que sus extrañas convicciones no la estaban llevando por buen camino”, dice otro, compungido. “Nada bueno, nada bueno”, mueve la cabeza la mamá. Las Pussy Riot son en verdad un colectivo de por lo menos quince miembros anónimos, que no sólo se expresan por vía musical, sino mediante toda clase de acciones callejeras. Memorable la campaña “Bese a un cana”, de hace unos años. La sucesión de chupones que las chicas aplican sobre toda clase de uniformados, y las reacciones de éstos (éstas, en más de un caso) oscilan entre la parálisis estuporosa, el empujón y el palazo. Fragmentos que parecen una suerte de Jackass ruso y femenino.

“En el altar de la Catedral debería haber una mujer”, desafía Nadia, a quien, como los propios barbetas reconocen, no hay forma de hacer callar. “La Iglesia ortodoxa es misógina”, amplía la chica. Esposada y llevada por policías, Nadia avisa en voz alta, en medio del juicio, que no van a salir en libertad, porque en Rusia la libertad depende de la decisión de Putin y Putin no va a permitir que las liberen. El hombre que aplastó con mano de hierro la rebelión chechena no va a desaprovechar tan fácil la oportunidad de vengarse de una de las performances de las Pussy llamada “Putin se meó encima”. Nadia sabe lo que dice: por más que se haya generado un movimiento internacional pidiendo por la liberación de las tres, ella y sus compañeras cumplen actualmente condena de siete años.

“La palabra es riot y quiere decir levantamiento, rebelión”, frasea Nadia ante uno de sus interrogadores (curiosamente, el documental incluye una buena cantidad de interrogatorios, por lo visto no tan secretos). “¿Por qué no se anima a decirla? No le tema a la palabra, como le pasa a la gente del gobierno”, se la sigue Nadia al tipo que está fuera de cuadro. Colectivo de artistas, músicas y filósofas (ésa es la licenciatura de Nadia), las Pussy Riot tomaron su nombre de Riot Grrrl, movimiento musical y político feminista-punk de los ’90. “Si no les gustan los hombres que se vayan a una isla”, aconseja uno de los barbetas, seguramente sin saber que a decenas de miles de kilómetros de distancia, también en épocas prehistóricas, alguna vez un sacerdote sugirió la misma solución para esa enfermedad llamada homosexualidad. No sabrá el hombre, tampoco, que dos de las chicas acusadas están felizmente casadas y con hijos (la tercera, Ekaterina, es militante LGBT). Como parece ignorar que las reclusiones en Siberia terminaron hace rato. Si es que terminaron.

* Pussy Riot: A Punk Prayer se exhibe por HBO, hoy a las 22, mañana a las 17.30, el sábado a las 0.15, el miércoles 16 a las 16.20 y el jueves 24 a las 19.25.

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Los integrantes de la Iglesia ortodoxa rusa aseguran que las Pussy Riot están poseídas por el demonio.
 
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