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Jueves, 6 de julio de 2006

TELEVISION › STELLA CROS, SU PROGRAMA DESDE LA CALLE Y LOS DIVERSOS MODOS DE ABORDAR LA LOCURA

“Estar en La Colifata es mi misión”

No es un simple personaje pintoresco ni una representante del lugar común del “loco lindo”. Para el psicólogo Alfredo Moffat, “El living de Stellita” pone en pantalla una combinación de experiencia mediática y acción terapéutica.

 Por Julián Gorodischer

No dará detalles sobre cómo terminó viviendo en la calle. Pero lo restante (su vida) se cuenta en forma minuciosa, con una memoria a prueba de los 71 años que declara. Vuelve la cena familiar de la etapa preescolar, mucho antes de ser una sorprendente conductora de TV en “El living de Stellita”, el programa que produjo el colectivo La Colifata, y que ayuda en el tratamiento de los enfermos mentales a través de su participación mediática. Stella Cros juega con la simbología de la diva: recibe en su living a celebridades que abarcan al futbolista René Houseman y otros deportistas, con cierta preminencia futbolera que ella, económica, justifica como vicio de fana: “Soy adicta”.

En “El living de Stellita” (que se emite una vez por mes en el canal Ciudad Abierta, con próxima emisión el sábado 15 de julio a las 22), la conductora pregunta con el bloc en el regazo, como lo haría Susana; dedica halagos y no se calla nada, fiel al leitmotiv de Mirtha, aunque para el psicólogo Alfredo Moffat, que la sigue con interés profesional y afectivo, ella representa su más clara oposición: “Una conductora indigente de vía pública”, contrapone a la señora fina. Sorprende, Stellita, con esa facilidad para reponer imágenes de la casa de la primera infancia, cuando eran una familia feliz de San Martín, provincia de Buenos Aires, como si ella misma fuera la metáfora condensada de cada momento histórico de la Argentina: esplendor, derrota y esperanza... Su mejor momento fue a los cinco, cuando no mendigaba ni buscaba una tela gruesa para pasar la noche abrigada, ni se acercaba al Hospital Borda a visitar a su hijo internado y se quedaba para participar de la radio La Colifata. Esa alegría queda allá lejos, en una pensión alemana. “Recuerdo la pensión como si fuera hoy; lo veo al alemán, como si fuera hoy: tan fornido, grandote. Kaiser venía a la mesa y me decía: ‘NN (digámoslo así, porque mi sobrenombre de niña está muerto), ¿querés más?’. Después me traía un plato de comida.”

Stellita, de cierta notoriedad televisiva, pregunta con firmeza pero “generando calor de hogar –define el psicólogo Alfredo Olivera, fundador de La Colifata–, tan extraño para una mujer que vive en la calle. ¡Qué paradoja!”. El lunes pasado, en la Legislatura porteña, Stellita le entregó a Olivera un diploma de Personalidad destacada de la cultura, que le concedieron por ley en esa Cámara. Lo miró a los ojos, prolongó estratégicamente el silencio previo a la dicción, preparó la ovación que vendría, se enderezó con dificultad sobre el escenario y dedicó al hombre que intenta sacarla de la calle (entregándole un sueldo, buscándole mediante placa televisiva alguien que le alquile una casa/ una pieza sin depósito ni garantía): “Alfredo, este diploma es lo menos que vos te merecés (engolada, melancólica) por todo lo que has hecho y lo que hacés... estar en La Colifata es la misión de Dios que yo tengo. Por eso, Alfredito, muchas gracias”.

Locura, ¿qué locura? Stellita se presenta en la pantalla y en la vida con todos los manierismos que se asocian al loco lindo: brutalmente honesta, exageradamente frontal, directísima, sin conciencia de filtro. A la saludera interminable que interrumpe la entrevista, ella entrega similar fórmula fija que repite: Mirá que si no venís te corro..., te doy un coscorrón, como una madrecita querible pero reprochona de ausencias varias. Pero, además de ser la viejita cariñosa que ofrece al mundo, es una mujer incorrecta, que puede encarnar prejuicios que –para Olivera– ayudan a no imponer una imagen “de colifato” como angelito bueno que marca el camino, o repetidor incansable de discurso predigerido. Stellita, en su living, le preguntó al loco René Houseman si “todos los paraguayos son cuchilleros y peleadores...”, o ahora mismo lo destaca por ser un “villero” con educación. El se violenta porque su esposa es paraguaya. Ella replica que se lo contaban las chicas de servicio doméstico que trabajaban en la casa de su infancia. Ciertas ideas sobre la dictadura, la inseguridad y la pobreza de Stellita podrían escandalizar a las buenas conciencias progresistas. Para Olivera y el mismo Alfredo Moffat allí hay un valor. “Los problemas que se discuten en el living de Stellita son tan complejos –explica el psicólogo– que a mí me parece interesante que surjan las contradicciones que ellos mismos tienen. Los colifatos reproducen de un modo visible, y/o grotesco, matrices eficaces en nuestra cultura, que funcionan y determinan nuestras relaciones sociales. Lo importante es asumirnos en nuestras limitaciones”. Stellita lo escucha, en una pausa de sus distracciones... Y vuelve a lo que más le gusta: el pasado.

–Estoy en cuarto grado y no quiero estudiar. Y la monja Lucía me dice: “Cros, ¿hoy no va a hablar?”. Yo no anduve con remilgos, ni ahora tampoco. “No, hermana Lucía, no estudié...”. Y Lucía me responde: “Si de tu lección éste es el fruto, juá, juá, qué bruto...”.

Esa vida quedó lejos para Stellita, que antes de lograr la fama repentina estudió labores. “Pero no pude recibirme por falta de vista”, dice. Le tocaban trabajos muy pequeños en telas finísimas; ella no respondía a la demanda. Se dedicó a estar en casa. “En el ’56 entré como aspirante a Hija de María”, sigue. “Tienen devoción y se reúnen en una misa los dos primeros domingos de cada mes”. Pasó el tiempo, y hace 18 años, un día tan invernal como éste, empezó a vivir en la calle. “Disculpame que no dé más datos”, murmura Stellita, tan amable como con las mujeres a las que recibe en su living. “Sólo sé que sobrevive el que tiene buena base de familia, el que no es pesimista, y al que se le vuelan un poco los pájaros, como a mí, pero en el buen sentido”. Se instaló con Ernesto, el hijo, en el Bajo Retiro, y tuvo “las siete plagas de Egipto”. Mugre, piojos..., enumera y deja la intriga sobre las restantes cinco. Se mudó a Belgrano; le costó adaptarse, se instaló donde ahora vive, en la puerta de una tienda de varios pisos, sobre Cabildo. “Entre Juramento y Mendoza”, agrega precisiones.

“Stellita no está mendigando”, aclara Alfredo Olivera. “Cobra un sueldo y está dispuesta a garpar alquiler. Pero no en las mismas condiciones que cualquier otro; no se le puede exigir. ¿Pero Stellita quiere salir de la calle? ¿Qué sería entonces de una de sus principales actividades sociales, la de pedir a la salida de la iglesia? En el living Stellita deja de pedir y recibe, contiene, da a sus invitados...”.

Ese living de Stellita, en medio del espacio público (una plaza) cultiva la estética del croto, que contrasta con los modos elegantes de conductora e invitados. Por momentos el nonsense, los coros disonantes, los cuerpos y el vestuario desprolijo recuerdan al Todo X 2$ del Canal 7, sólo que allí –se supone– había un trabajo de composición de personajes que reaccionaban contra la estampa del famoso. Esta es la invasión de otras voces: ¿más revulsivo? La ligazón con el programa de Capusotto/ Alberti se refuerza cuando alguien dice que Pedro Saborido, guionista de aquél, produjo El living.... Olivera, de La Colifata, quedaría satisfecho si las imágenes fueran más allá del morbo que asociaría a Stellita a un retrato triste como los de la fotógrafa Diane Arbus, al consumo de la imagen por la imagen misma. “Afectivizar a Stellita como persona, dejar de mirar desde el primer shock”, se propone.

En el living se exhiben muebles en medio del parquizado que, si no fueran televisados, se interpetarían como material de descarte. Como todas las emisiones radiales y televisivas de La Colifata, se graba al aire libre, expuestos al frío de julio, enfatizando el acto de resistencia que todo eso implica. En los bordes de una programación marginal, hallables para unos pocos, El living... habla de una locura resignificada, a puertas abiertas, pero también comenta la TV actual. “Mi living y el de Susana –analiza Stellita– son dos casos distintos. Las divas buscan la figuración.” El psicólogo Moffat ejerce una lectura personal del asunto: “Es una aparición muy interesante: tiene una espontaneidad que no tienen otros programas. Es progresista: siempre se defiende de la injusticia, de la pobreza. Es una oposición al almuerzo de Mirtha Legrand. Pero Tom Lupo decía: ésta es más joven que Mirtha. Si uno la vistiera mejor, parecería Amalita Fortabat”. Y sobre su recuerdo como invitado en el atípico piso: “Nos dieron un sanguchito, no había mesa tendida; ella no hizo la vueltita porque se caería, tan viejita”. Entre tantas diferencias y contrastes, la conductora imita un cierto tono de Mirtha, en el modo de hacer las preguntas.

Stellita (dirigiéndose a René Houseman): –¿Es verdad que los paraguayos son cuchilleros y peleadores?

Houseman: –No estoy de acuerdo; mi esposa es paraguaya...

Olivera: –Stella es incorrecta, y lo actúa en palabras y gestos.

Stellita: –Yo no lo estaba provocando; además Houseman no es paraguayo.

Alfredo: –La Colifata es políticamente incorrecta.

Stellita: –Hay veces que paro, busco que mis entrevistados se sientan cómodos y se suelten a hablar con mis preguntas. Que no estén maniatados como con una soga a un sillón. Les digo: si les molesta algo, por favor, me lo recriminan...

–¿Alguien lo hizo?

–Nunca.

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“Sobrevive el que no es pesimista y al que se le vuelan un poco los pájaros en el buen sentido.”
 
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