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Sábado, 23 de enero de 2010

VIDEO › EN LA LUNA, DIRIGIDA POR DUNCAN JONES

La melancolía sube al espacio

El film dirigido por el hijo de David Bowie es un notable ensayo sobre la identidad, la manipulación y la imposibilidad de conocer las cosas “tal como son”. Es, también, un modelo de economía cinematográfica: sólo necesita un actor y un robot-computadora en escena.

 Por Horacio Bernades

En muchas de las listas de las mejores de 2009, confeccionadas a fines del año pasado por críticos, sociedades de críticos y publicaciones especializadas, aparece una película de título escueto y realizador hasta ahora desconocido: Moon, de Duncan Jones. Nacido hace 39 años en Kent, Inglaterra, lo único que se sabía de este debutante es que había filmado, unos años atrás, un corto de ciencia ficción. Y que era hijo de un tal David Jones, nombre que tampoco suena mucho. Tal vez el nombre completo de Duncan pueda dar alguna pista. El muchacho se llama Duncan Zowie Heywood Jones, y hay quienes lo conocen como Zowie Bowie. Es que aquel señor David Jones, papá de Duncan, no es otro que David Bowie. Pues bien: si hubiera que mencionar a la mejor ópera prima de 2009, no hay duda de que Moon debería estar entre las más firmes candidatas. Después de que la compañía que tiene los derechos de explotación local le hiciera un gigantesco “ole” a su estreno en cines (¡prohibido estrenar películas buenas!), Sony Pictures lanza por estos días Moon en DVD, con el título En la Luna.

Si Moon no fuera una película magnífica, igual sería un modelo de economía cinematográfica, dicho esto tanto en sentido de producción como de síntesis dramática. Mr. Jones filmó una épica íntima de ciencia ficción con apenas dos o tres decorados de estudio, un único actor en escena (más allá de la voz de otro y cuatro más que aparecen en video), un robot–computadora, un par de jeeps y unos terrarios que simulan ser la Luna. Con eso solo logró hacer una de las películas más genuinamente conmovedoras en bastante tiempo. Además de un ensayo sobre la identidad, la manipulación, la imposibilidad de conocer las cosas “tal como son”, que da que pensar. El monoactor de En la Luna es Sam Rockwell, muchacho carismático y sumamente expresivo, que nunca antes estuvo tan sobrio, tan entregado a su papel (o sus papeles) como aquí.

Rockwell es Sam Bell, astronauta que está llegando al fin de su período de tres años en la Luna. En el futuro de Moon las fuentes de energía se agotaron y hubo que recurrir a la energía solar. Por una suerte de yin yang que la película (basada en una idea original de Duncan Jones y con guión de un señor Nathan Parker, que también debuta aquí) no se molesta en desarrollar, una megacorporación llamada Lunar procesa la energía solar en su opuesto, el satélite terrestre, donde tiene una estación y unas “cosechadoras” en permanente funcionamiento. Bell cuenta con un asistente llamado Gerty, computadora-robot con la voz siempre desconfiable de Kevin Spacey. Gran detalle, hecho (otra vez) con nada, Gerty suele expresar sus estados de ánimo mediante emoticones, que tanto pueden sonreír como, llegado el caso, derramar una lagrimita dibujada. Créase o no, la escena en que lo hace es de altísima emotividad. Ni qué hablar de cuando palmea con su brazo mecánico la espalda del pobre Sam.

Es que la cosa se va densificando en el curso de En la Luna, gracias a una intriga que Jones maneja con alto sentido de la dosificación. Primero hay una extraña interferencia durante una transmisión, que lleva a Bell a ver una grabación previa, que no debería haber estado ahí. Después, Sam sufre un choque a bordo de su jeep lunar, queda desmayado y es rescatado por... Sam. Conviene no decir más, porque de allí se desprende el nudo mismo del asunto. Salvo una cosa: después de ver En la Luna ya nadie estará tan seguro de ser la versión original de sí mismo. Expresión de un subgénero poco transitado pero inevitablemente poderoso (la ciencia ficción melancólica, previamente explorada en Solaris y Blade Runner), En la Luna es un delicado pero rotundo mazazo existencial. Sostenida y creciente, la música de Clint Mansell –compositor de cabecera de Darren Aronofsky, realizador de Pi y El luchador– cumple un rol tan vital como el intenso Sam Rockwell, los emoticones de Gerty o el tono sospechosamente sardónico con que Kevin Spacey frasea cada instrucción de la compañía.

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En la Luna fue, tal vez, la mejor ópera prima de 2009.
 
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