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Viernes, 21 de diciembre de 2007

VIDEO › FIDEL SEGUN OLIVER STONE

Un comandante que devuelve la pelota

El director de JFK se enfrenta en un mano a mano con Castro, y termina perdiendo.

 Por Horacio Bernades

En 2002, los ejecutivos de HBO encomendaron a Oliver Stone un documental sobre Fidel Castro, que debía llevar el nombre de Comandante. Con resultados menos cuestionadores hacia el barbado líder de lo que la cadena pretendía, el programa nunca salió al aire. A comienzos del año siguiente, las autoridades del canal reenviaron al realizador de JFK a filmar otra vez a FC, esperando que esta vez sí se desprendiera del nuevo documental una visión algo más crítica. Una circunstancia les permitía suponerlo: Fidel acababa de mandar a fusilar a tres secuestradores de un avión de línea, con lo cual la imagen de tirano sangriento que a los Estados Unidos les interesa difundir quedaba más subrayada que nunca. Error de cálculo: un Fidel tan histriónico como siempre volvió a seducir, gambetear y embriagar al curtido Stone, y seguramente también a la audiencia de Looking for Fidel. Tal el nombre de este segundo encuentro entre el cineasta y el mandatario, que contó con dos argentinos en los créditos: el productor Fernando Sulichin y el cameraman Carlos Marcovich. El sello Transeuropa la lanza ahora en DVD, con el título Un hombre llamado Fidel Castro.

“Entre marzo y abril de 2003 el gobierno cubano ejecutó a tres secuestradores y arrestó a más de 75 disidentes. Estas entrevistas fueron realizadas en mayo de 2003.” Así comienza Looking for Fidel, cuyo estreno estadounidense tuvo lugar en abril de 2004, presentándose unos meses más tarde en el Festival de San Sebastián. Las ejecuciones fueron ordenadas por el jefe de Estado ante una sucesión de secuestros de aviones y embarcaciones, todas ellas a punta de pistola. Dadas las circunstancias, es lógico que el diálogo entre el realizador y el hombre de barba casi blanca, de una hora de duración, se concentre en el tema de los derechos humanos. Más que un pingpong parecería una sesión de pelota al frontón, con el atleta norteamericano tirando lo más fuerte que puede (o se anima) y el campeón caribeño convertido en pared, devolviendo cada lanzamiento a máxima velocidad y con efecto envenenado.

“No creo en Amnesty”, rebota la pared cuando el pelotari acude a estadísticas sobre derechos humanos en Latinoamérica, que enumeran la cantidad de presos políticos y de conciencia alojados en cárceles cubanas. “¿Por qué no aparecen los Estados Unidos en esa lista?”, contraataca el hombre de verde. Según uno de los disidentes entrevistados por Stone, la cota cubana –trescientos presos políticos y cien prisioneros de conciencia– es una de las más altas del mundo. “Suman un 0,2 por ciento del total de la población, y parece que fueran uno de los movimientos más numerosos de la historia de la humanidad”, ironiza Fidel sobre la disidencia de su país, alzando las cejas y poniendo la boca en punta. Se entiende que el lobo suelto Stone, que en su cine de ficción supo lidiar de igual a igual con altos dignatarios de su país y hasta antiguos héroes macedonios, luzca aquí como cordero atado. No cualquiera le juega de igual a igual a este mito viviente de casi dos metros de altura, practicante de toda clase de deportes y sobreviviente, según contabiliza, a más de 700 atentados.

“Estoy perfectamente sano”, dictamina Fidel desde una camilla de hospital, mientras se saca de encima el montón de terminales de electrocardiografía y se incorpora de un salto. Mira fijo al entrevistador, lo apunta con un largo dedo de Zeus tronante, lo corrige, lo desafía a pulseadas retóricas, agita las manos en el aire como cantaor de flamenco. El momento más asombroso de Un hombre llamado Fidel Castro (o la más perfecta operación de marketing del anfitrión) es sin duda el diálogo a varias puntas, en un juzgado, entre Stone, Castro, abogados defensores, fiscales y la media docena de civiles que acababan de ser apresados, tras un nuevo intento de secuestro aéreo. “¿Por qué no intentaron emigrar legalmente?”, quiere saber el realizador y uno de ellos responde que hubiera sido inútil. “Sólo el 1 por ciento de quienes lo solicitan puede hacerlo.” Fidel calla.

“La cadena perpetua me parece un exceso”, se defiende otro. “Treinta años de cárcel sería justo”, oferta, aunque Stone sugiere que podría haber pedido menos. Sensibilizado tal vez por el gesto del acusado, Fidel pide a los jueces que a la hora del dictamen muestren indulgencia. “Tres de ellos fueron condenados a cuarenta años de prisión y los otros cuatro, a cadena perpetua”, se informa en off casi enseguida. Tal vez se trate de una variante caribeña del humor negro.

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Stone y Castro en La Habana, en mayo de 2003, un mes después de los fusilamientos.
 
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