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Sábado, 7 de agosto de 2010

TEATRO

Textual

Yo siempre traté de hacer lo mejor... y ahora me dan este premio... Mi vida es la pintura. Juré no casarme. Juré vivir para pintar. Juré muchas cosas. Hasta que me enteré de que jurar es pecado. Y no juré más.

No me casé. No tuve hijos. Yo pintaba. No fui a bailar ni una vez. Nunca tuve una cita. Yo pinto... Pero no pinto lo que veo, pinto lo que siento cuando veo. A veces hay algo que se me atora adentro. Es como un gran vómito, me habla, me grita, empuja. Se me juntan los pensamientos, se me van enredando y si no los saco, siento que voy a explotar y no puedo dormir, ni comer, ni respirar. Hasta que no puedo vaciar la cabeza, hasta que no puedo pintar, no tengo paz. Es de público conocimiento que soy una minusválida reeducada. A los cuatro años, cuatro años y medio más o menos, podía pronunciar solamente las vocales, la ene y la eme... Me mandaron a un instituto para educandos diferentes, pero dejé la escolaridad en sexto grado... Sí, aprendí a leer y escribir, esto último con faltas de ortografía, todo sin hache, porque si no se pronuncia... No supe la hora hasta los veinte años. Los relojes me espantaban como el rodar de la silla ortopédica de mi hermana... No éramos comunes por no decir que normales no éramos. Pero yo trabajé, me esforcé. Mucho. Por ejemplo, creía que el diccionario me beneficiaba y entonces buscaba cada una de las palabras que no entendía en él y las guardaba en mente. Mi vocabulario día a día se enriquecía, aunque al ser expelida por mi boca la palabra hablada se imbecilizaba. Sí, soy una minusválida reeducada pero –créanme– el temor a la caída nunca me abandonó porque yo soy descendiente de una gens degenerada y maltrecha.

Yuna, dirigiéndose al público.

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