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Lunes, 10 de enero de 2011

TELEVISION

Atravesar el cristal de la tele

La presentación arrancó cerca de las 21. Una fina llovizna caía sobre la alfombra roja que se instaló en el Boulevard Marítimo. Los autos de lujo se detenían y salían los famosos. Cuando las celebrities se acercaban caminando por la tela, un par de jovencitas que apoyaban los pechos en las vallas de contención extremaban su gesto, casi como quien busca irse de boca. No eran las únicas enfervorizadas: papás, mamás, tíos y abuelos mantenían idéntica expectativa, aunque mostrando, gracias a Dios, menos piel. Entre el vaho del olor a bronceador –que es un poco el aroma de Mardel en época estival– la pregunta era obvia. ¿Qué hechizo colectivo hace que las mismas choluladas se repitan con tanta insistencia? El desaparecido cronista Enrique Raab intuía una respuesta allá por 1975. Y aunque se refería al teatro, sus palabras no han perdido filo: “A Mar del Plata el público no va a recibir. Va a conformar cómodas imágenes prejuiciosas de sus ídolos, elaboradas y digeridas de antemano en sus casas, a las que el teatro les otorga una penosa pero palpable realidad”.

No era teatro lo del sábado, pero da lo mismo. El anhelo de atravesar el cristal de la tele y ver en directo a esos cuerpos deseados se macera a lo largo del otoño, el invierno y la primavera. El verano y Mardel ofrecen la ilusión de quebrar el límite. Desde el interior de la sala donde se desarrollaba la presentación –muy cerca del Hotel Provincial– se veía cómo los admiradores se amontonaban en la vereda, golpeando el vidrio de las ventanas cual zombis en una película de George Romero. Otros, resignados, preferían seguir las instancias desde la vereda, observando una pantalla gigante que transmitía el evento en vivo.

Y no es que adentro, entre los periodistas, reinara la razón. Era entretenido ver la paciencia con que los actores respondían las boberías que pregunta cierta prensa. “¿Sos de cambiar pañales?”, “¿Mandás a tu hijo al jardín?”, se escuchaba. A veces, dan ganas de que los consultados pierdan un tornillo y respondan no, que cambian los pañales sólo cuando se acuerdan, y que descuidan a sus nenes para que crezcan en un salvajismo à la Kaspar Hauser.

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