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Martes, 18 de enero de 2011

CULTURA › REUNIONES DE DISEñADORES

Las “Jam Sessions”

La casa donde vive y trabaja Agustín Pérez Fernández está repleta de arte. Casi todas las paredes de los cuatro pisos de distribución laberíntica lucen cuadros de diferentes autores, entre los que se destacan los de su propio abuelo, Pérez Celis –casi un símbolo de La Boca–. Allí, entre vitraux de colores y esculturas que descansan en el piso o vuelan colgadas de los techos, los precursores del videojuego como arte en Argentina se reúnen una vez por mes para intercambiar ideas, pensar nuevas obras y delinear el futuro de una disciplina que tiene todo por definir.

Los encuentros se denominan “Jam Sessions”, un término prestado del jazz, y siempre tienen la improvisación como elemento común. Aunque en general los ocho participantes trabajan sobre un tema definido de antemano, el resultado siempre es inesperado. La sesión comienza un sábado por la mañana, y termina el domingo siguiente a la noche. Durante todo ese tiempo los desarrolladores se dedican a realizar, solos o en grupos, varios juegos basados en las ideas, sugerencias e intercambios que surjan en el ambiente de creación conjunta que se establece.

Una de las discusiones en torno de esta nueva disciplina es la importancia que se le debe dar al entretenimiento. Pérez Fernández considera que se lo debe directamente evitar, pero Martín González, autor de “Lumière and Nycteris” (http://www.bymarting.com/), y uno de los pocos que expusieron en una galería en Nueva York, considera que dejar de lado ese aspecto es perder la identidad de las obras en tanto videojuegos.

Provenientes del mundo de los sistemas, y recién arribados al del arte, muchos diseñadores de videojuegos son reconocidos por sus seudónimos. El de Alejandro Iglesias es Tyranus, mientras que Pérez Fernández firma sus obras como Tembac. La mayor parte siguió alguna rama de la informática en su paso por la facultad: Iglesias, que, con 22 años, es el más joven del grupo, está terminando la licenciatura en sistemas, mientras que Daniel Benmergui, uno de los más importantes referentes del género, estudió Ciencias de la Computación en la UBA.

Si para la mayor parte de los artistas de cualquier disciplina vivir de sus creaciones resulta casi utópico, el caso de los diseñadores de videojuegos es aún más complicado. Casi todos subsisten gracias a su trabajo en la industria, algunos con puestos en empresas del sector y otros como desarrolladores freelance. Aunque González, por ejemplo, se dedica a dictar capacitaciones en informática para empresas.

La excepción del grupo es Benmergui. En el sitio web de su juego “Today I die” (http://www.ludomancy.com/) puede leerse, en inglés: “Este juego está libre de propaganda gracias a un individuo inusual”. El individuo citado es una de las dos personas que colaboran económicamente a la causa de que el juego se mantenga puro de molestos anunciantes, y su autor puede seguir creando sin transitar penurias financieras. Al otro lo define como su “mecenas”, sin dar más datos que se trata de un filántropo que hizo su fortuna desarrollando herramientas para la industria de los videojuegos y apoya diseñadores originales alrededor del mundo.

Benmergui trabajó en una empresa de seguridad informática, fundó una compañía de videojuegos, y dirigió equipos de desarrolladores en Gameloft, pero dejó todo hace dos años para dedicarse al diseño independiente. Pérez Fernández, el anfitrión de las jam sessions, es el único que proviene del mundo artístico convencional. Heredero de una familia de artistas plásticos, el creador de El beso y Avantgard (http://tembac.com), entre otros, es cineasta, pero decidió que para poder expresarse mejor necesitaba agregarle interacción a su trabajo. Ahora su experimentación para por formas alternativas de interactividad, y está trabajando en un juego que transmita una sensación de estar recitando un mantra hindú.

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