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Lunes, 10 de abril de 2006

TEATRO › OPINION

Una epopeya única

 Por Roberto Perinelli

Nosotros no queríamos ser románticos. Nuestra posición era clara: queríamos contribuir a modificar la realidad
(Pedro Asquini).

Es indudable que el Teatro Independiente Argentino cuenta con antecedentes foráneos que le dieron inspiración, pero también es cierto que a poco de andar, desde aquel punto de partida que debemos situar en febrero de 1931, cuando Leónidas Barletta descorrió por primera vez el telón del Teatro del Pueblo, el movimiento fue adquiriendo características que lo ubican como la aventura escénica más rica que conoció nuestro país. Compite con otro fenómeno luminoso, Teatro Abierto, pero se diferencia uno de otro como el estallido de un incendio. Teatro Abierto fue un momento, el Teatro Independiente Argentino transitó algo más de 30 años.

La presencia del Teatro Independiente Argentino se hizo visible no sólo en el escenario, sino también a través del debate ideológico y artístico que, por supuesto, se inaugura con el Teatro del Pueblo y con un Leónidas Barletta autor de rígidas normas de participación, donde pone el voluntarismo por encima de cualquier otro atributo para ser merecedor de integrar el conjunto. Para decirlo en otras palabras, valoró más al militante que al artista, actitud que hoy puede resultar desatinada pero que se justifica como fenómeno de época, necesario en ese contexto.

La fórmula cerrada que instala Barletta va siendo desoída por los inmediatos y mediatos herederos del Teatro del Pueblo, otros elencos que, si bien arrancan muy asidos al espíritu del movimiento, no se forman a imagen y semejanza. Entonces el debate se hace áspero pero, acaso por eso, cada vez más rico. Ingresa con fuerza la necesidad de generar las condiciones para la formación artística de los integrantes, se mejoran las ideas acerca de la gestión del director de escena, que Barletta lo había imaginado al borde de lo tiránico, se vuelve la mirada hacia atrás y se busca tesoros entre el magma informe de la dramaturgia vernácula hasta el ’30, que Barletta había despreciado por tratarse de obras de “escribas” y, sobre todo, se abre la discusión acerca de la profesionalización, quizás el único concepto que el Teatro Independiente Argentino no supo absorber y manejar y terminó siendo el virus de su destrucción.

Hasta ahí, hasta los ’60, el movimiento en su conjunto, y más allá de las diferencias apuntadas, quiso cambiar el mundo, como alguna vez declaró con el énfasis que le conocimos en vida el batallador Pedro Asquini. Sin duda no lo consiguió, pero sí transformó al teatro argentino. Lo mejoró. Mucha de la mística que aún circula en nuestros escenarios proviene de esa fuente, bastante de la jerarquía que se le reconoce a nuestro teatro responde a ese antecedente, y que haya dejado esa huella palpable, evidente y reconocible, es el gran mérito de esa epopeya única que, por fortuna, no quedó encerrada sólo en los libros.

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