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Martes, 4 de marzo de 2014

PLASTICA › ANéCDOTAS Y RECUERDOS

El amigo Cortázar

 Por Luis Tomasello *

Lo conocí a Julio cuando llegué a París en los años ’50. Yo pintaba casas para poder vivir y una arquitecta argentina amiga me contactó con él para que pinte su departamento. Yo no soy un intelectual, pero pasábamos mucho tiempo juntos, hablando. A Julio le gustaba hablar de todo y lo hacía de la misma manera con intelectuales, que con un portero o un obrero. Lo mejor que yo podía hacer era escucharlo hablar, me resultaba fascinante. Las historias que contaba, cómo las contaba. Tenía mucho humor siempre, le gustaba jugar con las palabras. (...)

La anécdota que siempre recuerdo es la de un día en que llegué a su casa y tenía una biblioteca repleta de libros y de discos (le encantaba la música) que se estaba por caer. Le propuse armar otra y le encantó la idea. Julio no era una persona que se diera maña para esas cosas, pero yo le indicaba qué hacer y él lo hacía.

Preparé la madera y trabajamos juntos tres días seguidos en su biblioteca. Julio estaba muy contento. Nos pasábamos el día trabajando la madera y hablando y cada tarde me decía “Luis, es la hora de una pausa húmeda”, y nos tomábamos un whisky. A él le encantaba el buen whisky, y poníamos música y hablábamos y volvíamos a trabajar. Fueron tres días de fiesta para ambos. Fuimos muy amigos hasta el último momento. Yo los enterré a los tres: primero a su gato, Coronel, que se enfermó en la casa que ellos tenían al sur de Francia y me lo tuve que traer en tren a París. Luego a Carol y después a Julio. Cuando él murió, yo perdí a mi mejor amigo. (...)

Julio murió un año y medio después que ella. Ya casi no salía de la casa que compartían en el Canal Saint Martin. (...) Yo lo acompañaba al hospital cada vez que iba a internarse. Lo iba a buscar a su casa, lo llevaba y lo traía de vuelta. Eso sucedió dos veces. Entonces, él me dijo “si entro una tercera vez, ya no salgo”. Y así fue. Desgraciadamente tuve que llevarlo una vez más. Recuerdo perfectamente la tercera y última, nunca me voy a olvidar ese momento: fui a buscarlo y estaba sentado en el sillón de su casa, vestido, solo y esperándome. Cuando llegué, se levantó del sillón, fue hasta la puerta y se puso su gorra. Dio vuelta la cabeza y miró todos sus libros y su casa como si fuera la última vez. Antes de salir me dijo “Si esta pelea fuera a siete rounds, la gano, Luis. Pero a doce no creo”. (Foto: Obra de 1956 de Tomasello. Colección del MNBA).

* Fragmentos del testimonio recogido por la Casa Argentina en París.

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