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Martes, 22 de abril de 2014

CULTURA › OPINION

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 Por Paola Bianco *

Latinoamérica ha perdido a dos máximos exponentes de su cultura: Gabriel García Márquez y Ernesto Laclau. Ambos, con sus exquisitas y prolíficas obras, el escritor colombiano desde su producción literaria y periodística y el académico argentino a través de una sólida construcción teóricopolítica, contribuyeron con sus diferentes lenguajes a la identidad cultural y al pensamiento latinoamericano. La literatura de García Márquez promovió, sin duda, la formación de una conciencia latinoamericana, porque cada una de las historias de sus libros, cuya fuente fueron sus experiencias de vida, sobre todo las de su infancia en el ya célebre poblado de Aracataca, expresan una cultura popular repleta de mitos, que emerge sobre el trasfondo del contexto sociopolítico de la región. La historia de Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera (1985) se desarrolla así, en una Colombia atravesada por la lógica del progreso que caracterizó al siglo XX, pero evidencia, a la par, en su riquísima narrativa, la contracara de lo que éste significó y, en este giro, el novelista revela inmediatamente esa otra realidad de injusticia que permanecía oculta. Estos dos mundos que caracterizan la modernidad que llega a América latina, el mundo del progreso pero también el de la injusticia social, la opresión y la falta de oportunidades pueden hallarse en la historia de la estirpe de los Buendía en Cien años de soledad (1967). Del mismo modo, con su riquísimo lenguaje, el colombiano nos relató la realidad de las dictaduras de América latina en El coronel no tiene quien le escriba (1961) y luego en El otoño del patriarca (1975). El realismo mágico que expresa la obra de García Márquez se configura entonces sobre un mundo tan denso que pareciera ficcional, pero dentro de la cual se expresa también el potencial de una cultura popular que tiene mucho de mítica, quizá porque se origina en la tragedia de esa realidad, que la narración de este escritor incomparable denuncia por injusta en la argumentación de sus relatos.

Laclau también se convirtió en referente insoslayable de la cultura latinoamericana, desde que su sofisticada construcción teórica pone en evidencia la ignorancia de la visión que atribuye al populismo raíces antidemocráticas y desde allí le imputa su carácter aberrante. Pero el autor de Hegemonía y estrategia socialista (junto a Chantal Mouffe, 1985), de Emancipación y diferencia (1996), entre otras obras magníficas, ya puede advertir que la amenaza institucional a la estabilidad adjudicada al populismo por los teóricos de la democracia liberal, puramente procedimental, es en realidad una defensa del orden establecido. Por eso, en su obra culmine, La razón populista (2005), el académico plantea que la práctica populista es, en todo caso, una forma de constituir la unidad grupal, de articular una pluralidad de demandas que se encuentran excluidas, sobre la base del principio de igualdad. Esa “articulación equivalencial de la pluralidad de demandas” (Laclau, 2005) que constituye una subjetividad social más amplia conforma las demandas populares. A partir de Laclau, el populismo por sí mismo no significa nada, es según él, un “significante vacío”, y puede, por lo tanto, convertirse en un movimiento de derecha, pero también en un movimiento de izquierda, un fenómeno capaz de radicalizar la democracia. Es este último sentido que puede adquirir el término “populismo” el que lleva al teórico a conferir legitimidad a una tradición política que en América latina, a diferencia de Europa, ha producido grandes transformaciones de aquella realidad injusta que García Márquez mostró en sus libros, verdaderas revoluciones entre las cuales el teórico incluyó al Estado novo en Brasil, al primer peronismo en Argentina, al Movimiento Nacionalista Revolucionario liderado por Víctor Paz Estenssoro en Bolivia y que, por ello, adquiere un sentido de liberación, al que Laclau, indudablemente, contribuye con su obra.

Tanto el escritor colombiano como el académico argentino, desde sus ideas socialistas, el primero, y, el segundo, desde sus reflexiones posmarxistas (en Hegemonía y estrategia socialista, 1985) y populistas, sintetizadas en parte por la corriente de izquierda nacional, expresan dos fuertes tradiciones políticas que dan forma al pensamiento latinoamericano. Ellos representan, además, al intelectual comprometido no sólo con su obra, sino también en una práctica coherente con el discurso. El apoyo de Gabriel García Márquez a la Revolución Cubana, la denuncia que realizó de la injusticia, las dictaduras y los desaparecidos cuando recibió el Nobel de Literatura (1982), y el apoyo de Ernesto Laclau a los proyectos progresistas en curso, entre éstos al de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Argentina, dan cuenta de las características de este tipo de intelectual comprometido con su realidad, quizá muy latinoamericano.

Lamenta Latinoamérica la muerte de los propulsores del realismo mágico y del populismo, de quien contó los cien años de soledad de muchas estirpes del continente y de quienes también buscaron su emancipación, porque ellos son, por su pensamiento y acción, parte de su cultura.

* Analista política.

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