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Miércoles, 5 de noviembre de 2014

LITERATURA

Textual

Allí, en las cajas, latían los documentos: las fotografías y las fotocopias, los apuntes y los recortes de prensa, el andamiaje de todos los libros que había escrito y también las huellas de lo que había leído. Algunas no habían sido visitadas en años. Quizá porque enmascaraban, con su neutralidad de oficina, un territorio minado en el que cualquier contacto azaroso, cualquier pisada en falso, podría pulverizar las capas protectoras que el tiempo había ido depositando sobre ellas, recubriéndolas de una cáscara lisa y dura de estalagmita. Entonces, otra vez, desnuda como una larva, y tan indefensa, quedaría en carne viva, frente a la luz sin filtrar de la mañana, la joven Frik: el vampiro albino, con sus transparentes e inútiles alas de mariposa, la marciana que no había aprendido todavía ninguna de las lenguas terrestres.

“Dejar de huir”, se ordenó la vieja Frik. Y abrió la caja semioculta en la última biblioteca.

* Fragmento de Todos éramos hijos (Sudamericana), página 142.

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