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Viernes, 13 de febrero de 2015

HISTORIETA  › OPINIóN

Contraindicaciones, o la letra chiquita

 Por Juan Sasturain

Durante estos años de Fierro, me ha tocado y de algún modo he elegido tener la voz cantante y contante (solista y desafinada) cada vez que la revista sale. Lautaro Ortiz –un fierro él mismo– trajina con los autores, y mi tarea es la del presentador. Consiste en no mucho más que comentar el menú, avisarle al lector sobre virtudes y limitaciones de lo que viene, tratar de compartir sensaciones y maravillas, advertir aparatosamente sobre riesgos de hastío, tropiezos de sentido, desencuentros estéticos e ideológicos. En realidad, sólo se trata de joder/reflexionar un poco, ironizar para no engrupirse –como hemos aprendido de los grandes en serio–, distender aún más lo que debe ser la lectura placentera. ¿Para qué se hacen las cosas, si no? Tratemos de pasarla bien.

En los oscuros medicamentos, las ominosas Contraindicaciones son, más que un servicio al pobre paciente, una obligación reglamentaria no deseada por los indeseables –como sería mantener afilada el hacha del verdugo– y un paraguas legal para los ladrones. La letra chiquita suele esconder enormidades con cuerpo cuatro. En Fierro, las Contraindicaciones parodian esos gestos, asumen una defensa del lector/consumidor precisamente porque no la necesita: no hay nada más sanito, barato y saludable que la gloriosa historieta nacional.

Con todo esto quiero decir una obviedad: que genuinamente, como debe ser, a Fierro la hacen los autores y los lectores –los que crean y los que creen– y que lo demás es chamuyo. Son los dibujantes y guionistas, ellos y sus invenciones sobrias o desaforadas de amplio espectro, los que cada mes reproducen el milagro de la continuidad, la vida de la revista de la que nos sentimos tan orgullosos de participar, a la misma distancia que los miles de lectores. Y está Página/12, claro, que sostiene “el producto” cuando acaso otros ya le hubieran soltado la mano.

En síntesis, me gustaría pensarme con un destino similar al del anunciador de La Voz del Estadio cuando cada domingo, pausadamente, recitaba con alevosas pausas la formación de los equipos, los protagonistas que iban a salir en contados minutos a exponerse en la verde gramilla. Esos muchachos que despertaban pasiones. Qué mejor papel que estar ahí cada vez que el milagro o el estallido de la esperanza renovada se produce. Y si apagamos el altoparlante podrán ver la/mi letra chiquita.

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