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Jueves, 15 de septiembre de 2005

CINE › “EL AURA”, DE F. BIELINSKY

La consagración de un punto de vista

 Por Horacio Bernades

¿Qué es lo que diferencia a una película magnífica de una extraordinaria? Hace cinco años, Nueve reinas movía a hacerse esta pregunta, y es posible que todo lo que se convirtió en rasgo distintivo –el ingenio, la sorpresa, la perfección de su mecanismo de relojería, el carácter de objeto lúdico y demasiado redondeado– fuera justamente lo que le impedía dar ese último paso que le faltaba para ser una gran película. En cambio, El aura multiplica temas y capas de sentido, conjeturas y sensaciones, llevando a pensar que esta vez sí Fabián Bielinsky ha consumado algo más. ¿Una obra maestra, tal vez?
Coproducida entre el consorcio local Patagonik y firmas de España y Francia, más que cinco años de preparación El aura le llevó veinte a Bielinsky, por segunda vez autor del guión. Había sido a mediados de los ’80 que el realizador tramó la historia de un personaje gris que sueña con cometer un gran robo y a quien finalmente se le presenta la oportunidad. Pero donde la primera versión llevaba al protagonista a una forma de redención, en su forma definitiva El aura es mucho más oscura y compleja, más grave y honda. Tras un breve prólogo que introduce de lleno al espectador en la extrañeza, las primeras imágenes muestran al protagonista (Ricardo Darín) trabajando en su taller de taxidermia. Ya se adivina a un artesano reconcentrado y más bien huraño, para quien la música de Vivaldi parecería representar una armonía arrancada a la desesperación. No es casual que la piel que el embalsamador trabaje sea la de un zorro, primer símil zoológico de los muchos que hace proliferar El aura.
Al meter al espectador en el mundo de este protagonista anónimo, al hacerlo mirar a través de sus ojos (la película se abre y se cierra con planos-detalle de órbitas oculares), El aura fija también el punto de vista que jamás abandonará: el de una primera persona absoluta. Hay una identificación más de fondo entre espectador y protagonista, que el film de Bielinsky irá desplegando con total conciencia: el personaje de Darín es el de un voyeur. Alguien que se relaciona con el mundo desde un lugar de testigo, de máquina pensante, y para quien la memoria visual y espacial parecerían serlo todo. Cuando quiera involucrarse, asumir un rol activo (en una palabra, cuando quiera meterse en la película) todo se descalabrará. Pero la vida del taxidermista epiléptico –que antes de cada ataque sufre esa extraña experiencia sensorial que los especialistas describen con el nombre de aura– empieza a descomponerse en verdad desde el comienzo, en el momento exacto en que su mujer lo abandona.
En una trama construida como un complejo y rigurosísimo sistema de ecos y simetrías, no debe extrañar que lo que a la larga termine de hundirlo sea un segundo y último abandono. A lo largo de sus dos horas y pico, la nueva película de Bielinsky vuelve a testimoniar una pasión por la trama que lo lleva a multiplicar acontecimientos, personajes y vueltas de tuerca con matemático furor. Hay un colega (Alejandro Awada) que lo invita a un viaje de caza a los bosques del sur. Hay un hospedaje atendido por dos hermanos, tanto o más huraños que el protagonista (Dolores Fonzi y Nahuel Pérez Biscayart) y un dueño del lugar sospechosamente ausente. Hay un crimen cometido por error. Un perro capaz de funcionar como testigo acusador y cómplice a la vez. Dos chorros que llegan (Pablo Cedrón y el uruguayo Walter Reyno), un ex ladrón metido a empleado de casino (Jorge D’Elía) y dos planes de robo, espejismos que parecen cumplir el sueño oculto del taxidermista.
En la que seguramente es la escena más extraña e hipnótica de El aura el protagonista presencia el primero de esos robos como espectador de su propia ensoñación. El segundo atraco tiene ya la forma de una pesadilla, a partir de un dato no registrado, único error que desarma todo el rompecabezas. Pero si algo diferencia a la segunda película de Bielinsky de Nueve reinas es la honda sintonía emocional que mantiene, no sólo con el personaje de Darín (más extraordinario que nunca), sino también con el de Dolores Fonzi, una chica que para huir de un padre atroz terminó dando con un marido mucho más atroz. No es Diana la única mujer golpeada de la película, ni tampoco el único personaje atrapado en un infierno del que quisiera escapar. Atrapados están todos en El aura, reproduciendo tal vez la situación del espectador en su butaca y dándole forma a un mundo de lobos y ovejas, seguramente la más significativa metáfora animal sobre la que el film trabaja, sin hacerla jamás explícita.
Un policial perfecto, que es también un drama desolador. Una de tiros que jamás deja de reflexionar sobre sí misma, sobre el cine y el acto de mirar. Una película en la que es imposible determinar qué es más brillante: el guión o la puesta en escena, las escenas de acción o las íntimas, el trabajo de cámara o el montaje, las actuaciones o el tratamiento de tiempos y espacios. Una obra maestra, sin duda.


10-EL AURA
Argentina/España/Francia, 2005.
Dirección y guión: Fabián Bielinsky.
Fotografía: Checo Varese.
Música: Lucio Godoy.
Intérpretes: Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Alejandro Awada, Pablo Cedrón, Jorge D’Elía, Walter Reyno y Nahuel Pérez Biscayart.

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