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Miércoles, 16 de enero de 2008

La contracara del boliche

La antítesis de la movida erótica es la escena del Bingo, en plena peatonal, allí donde se dan cita los de más de 50, maridos y esposas que toleran largas permanencias, y que llegan como un ritual fijo después de cenar y no se mueven hasta pasadas las dos o las tres, cuando la pérdida del día siempre es mayor a lo que se tenía cuando se ingresó. Es el perfecto complementario de la noche hot por el estatismo de los cuerpos ubicados en las mesas, las panzas salientes que revientan el botoncito de la manga corta del tipo y las ojotas que afean cualquier pie en la mayoría de los que se ven debajo de las mesas. Ni pieles lubricadas, ni abdominales raviol. El show erótico es pura musicalidad exacerbada, a todo volumen, de la cumbia o el reggaetón que alientan a piropear desaforadamente, en una movilidad continua que hace que esté mal visto permanecer de pie o sentado en un solo lugar, a riesgo de que alguien empiece a gritar que “el que no salta es...” o que se pregunte si “te pasa algo”, dictadura de la diversión vacía y unidimensional en la que la regla es la máscara de felicidad, al menos para que el otro no vea arruinada su fiesta: pura solidaridad anímica. En cambio, el Bingo reproduce los rituales del tiempo ocupado de la oficina: cara larga, gesto adusto y preocupado cada vez que uno “no le pegó” a la cifra cantada, otro café para no perder la concentración, todo muy iluminado, quieto y mixto, donde los seres, lejos de atraerse, se disputan el cartón, o al menos una línea.

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