futuro

Sábado, 1 de octubre de 2005

EPONIMIA O LA CIENCIA DE LOS NOMBRES

La fórmula de la inmortalidad

Detrás de todo gran hombre no sólo hay una gran mujer sino también una frase certera, una teoría, una ley, un principio que, como una etiqueta atemporal sin fecha de vencimiento, conserva a fuego en la memoria colectiva el nombre de su autor: la ley de Boyle-Mariotte, el cometa de Halley, la constante de Planck, el test de Rorschach, la conjetura de Goldbach, el efecto Edison o frases como “apoyado en hombros de gigantes”, ejemplos claros de la fórmula no tan secreta hallada por hombres y mujeres de ciencia para perdurar en el tiempo más allá de su exigua y mundana mortalidad.

 Por Pablo Capanna

Según una venerable costumbre, las teorías, los principios, las leyes y hasta algunas fórmulas menores suelen designarse con el nombre de aquellos científicos que los han enunciado o simplemente de aquellos que es habitual creer que lo han hecho. Aunque usted no lo crea, existe una disciplina llamada “Eponimia” que se ocupa de estudiar esa clase de denominaciones, para discernir sus orígenes y mutaciones.

Es habitual que hablemos de la Ley de Boyle-Mariotte, del cometa Halley, de la transformada de Fourier, de la constante de Planck, del test de Rorschach. Hasta hay quienes están familiarizados con la conjetura de Goldbach o el efecto Edison. Sin embargo, nunca faltará algún experto en eponimia que está en condiciones de discutir cualquiera de estas atribuciones. Por cierto, con la tecnología ocurre lo mismo, pero en ese campo las disputas no son inocuas: nacen en la oficina de patentes y terminan en los tribunales.

En tiempos más optimistas, cuando cualquier hombre de ciencia aspiraba a descubrir una ley que le asegurara la inmortalidad, se llegó a enunciar la Ley de Stigler de la eponimia, según la cual “ningún descubrimiento científico recibe el nombre de quien lo hizo”. Está claro que si ésta fuera una ley universal, podría aplicarse perfectamente al propio Stigler. Si nos pusiéramos a buscar quién enunció primero la supuesta ley, es probable que encontraríamos no uno sino varios.

Entre otras cosas, Stigler se tomó el trabajo de rastrear el origen de algunos principios como la famosa curva de Gauss, sólo para encontrar que la distribución gaussiana (la famosa curva acampanada) aparecía en más de ochenta textos de estadística publicados a partir de 1816, y su atribución exclusiva a Gauss puede ser algo convencional.

Con los aforismos y las frases célebres las cosas suelen ser mucho más complejas. La famosa respuesta que habría dado Faraday cuando le preguntaron por las aplicaciones de la electricidad (“¿para qué sirve un niño recién nacido?”) ya la había usado Pasteur al dar en 1854 su primera conferencia de química. Pero, según parece, el primero que la pronunció fue Franklin, cuando vio ascender al cielo uno de los primeros globos aerostáticos.

Hay otras atribuciones más comunes que parecen cumplir con la ley de Stigler, y es difícil en qué momento fueron puestas en circulación: “Volveré y seré millones” no lo dijo Evita sino Espartaco, en la novela de Howard Fast. “La única verdad es la realidad” lo escribió (palabras más o menos) Hegel, y probablemente le llegó a Perón vía Carlos Astrada. La frase “Ladran Sancho, señal que cabalgamos” no está en el Quijote, así como no está “Tócala de nuevo, Sam” en Casablanca, ni “Elemental, Watson” en las aventuras de Sherlock Holmes. Hay una frase (“vinieron a buscar a los judíos, pero no me importó, porque no era judío, etc.”), que nadie vacila en atribuir a Bertolt Brecht. Lamentablemente, pertenece al pastor luterano Friedrich Niemoller, líder de la resistencia antinazi.

Es muy posible que si siguiéramos la pista de todas esas frases a las cuales los almanaques de mesa no dudan en ponerle una firma, llegaríamos a poner seriamente en duda la propiedad intelectual.

Pirámides humanas

Stephen Hawking escribió un libro dedicado a recordar los grandes momentos de la física y de la astronomía, al cual le puso por título A hombros de gigantes. Se sobreentiende que con esas palabras aludía a una famosa frase que se atribuye a Newton. En efecto, entre los gigantes de la ciencia sobre quienes Hawking admitía encaramarse estaba Newton, quien ocupó la misma cátedra unos siglos antes.

Es común afirmar que Newton habría dicho que si él alcanzaba a ver más lejos que sus contemporáneos no era porque tuviese méritos especiales. No hacía más que apoyarse en el trabajo de otros, “como un enano que se alza en hombros de un gigante”. Frases como éstas contribuían a darle la estatura de un sabio, entre cuyas virtudes se supone que debe estar la humildad. Pero conociendo algo de la personalidad de Newton se diría que no era precisamente una persona humilde, de manera que cabía sospechar que quizás no fuera el autor de la frase.

De hecho, antes de que se incorporara a la leyenda de Newton, la frase ya estaba en circulación y solía ser atribuida a San Buenaventura, el filósofo escolástico del siglo XIII. Pero Buenaventura tampoco era original, porque un siglo antes ya habían usado la frase Bernardo de Chartres y Pedro de Blois. Al parecer el primero en hacerlo había sido Lucano, el poeta latino que en el siglo I había escrito en su Bellum Civile que “los pigmeos que pueden erguirse sobre la espalda de los gigantes, alcanzan a ver más lejos que ellos”. En tiempos de Newton, Lucano había sido traducido al inglés por Marlowe, de manera que quien se la adjudicó a Newton bien había podido tomarla directamente de su fuente latina.

Teniendo en cuenta que cada época hace una lectura peculiar de los mismos aforismos, y considerando que Newton tomó la frase de Buenaventura, y éste de Lucano, habría que investigar si antes no la habría pronunciado un griego, y quizás antes aún algún egipcio. Por ese camino, es difícil saber adónde iríamos a parar.

Lo más notable de todo era que a lo largo de mil seiscientos años, la frase había sufrido algunas notables mutaciones de sentido que hubieran deleitado a Borges. Como en el caso de aquel Pierre Menard que había reescrito Don Quijote, sin que se cambiara una sola letra del texto, y con sólo atribuirlo a Newton, el sentido de la frase cambiaba radicalmente.

En el contexto de la cultura romana, lo más verosímil es que Lucano recurriera a la metáfora de los enanos y los gigantes para ensalzar una tradición más arcaica. Imitando a los grandes modelos de sabiduría del pasado (probablemente los filósofos griegos), hasta los pigmeos del presente podían llegar a ponerse a su altura. En cambio, en boca del filósofo medieval, que era Doctor de la Iglesia, los “gigantes” serían sin duda los padres griegos y latinos de la teología cristiana, que todavía no habían nacido en tiempos de Lucano.

En cuanto a Newton, conociendo sus aficiones de alquimista y numerólogo, se diría que cuando citaba la frase probablemente estuviera aludiendo a “gigantes” como Pitágoras y el imaginario Trismegisto, más que a sus precursores inmediatos en la ciencia (Descartes, Galileo o Kepler) en quienes pensamos nosotros al leerlo.

Pero en cuanto la frase quedó asociada con el mito de Newton, gracias a Voltaire, pasó a ser leída como un elogio del método científico, quepermite a los pigmeos modernos superar hasta a los gigantes del pasado. Ya Leonardo había escrito que “triste discípulo es aquel que no supera a su maestro”. Sin cambiar una letra, el aforismo dejaba de ser un elogio de la tradición, para pasar a ser una apuesta al incremento acumulativo del saber científico y un voto de confianza en el progreso.

La última mutación, que al lector con olfato filosófico lo llevará a sospechar dónde nace y adónde va el posmodernismo, aparece en Nietzsche. En la tercera parte de Así hablaba Zarathustra hay un enano siniestro que se trepa a los hombros de Zarathustra y lo oprime con su peso. El enano, a quien Nietzsche caracteriza como el “espíritu de pesantez”, es quien le insinúa al profeta la doctrina del eterno retorno. El superhombre Zarathustra comienza a sospechar que él mismo ya ha vivido y predicado infinitas veces y encuentra en ese pensamiento una suerte de certeza de su inmortalidad. Pero aquí donde es la voluntad de poder la que ha desplazado a la modestia del trabajo colectivo e institucional.

¡Con dolcezza, Rice!

Más sorprendente resulta el origen de algunos nombres, sobre todo teniendo en cuenta la personalidad de quienes los llevan. Muchas personas insatisfechas con el nombre que les han puesto, o con la mala fama de sus antepasados, también suelen recurrir a la Justicia para pedir que se los cambien.

Muchos años de docencia me han servido para desarrollar una cierta sensibilidad para los nombres, una experiencia que es por lo menos tan instructiva como las palabras cruzadas. Tras recorrer a lo largo de los años largas listas de alumnos con apellidos difíciles o impronunciables, aprendí a discernir su origen y hasta desarrollé cierta habilidad para distinguir a ucranianos de lituanos, coreanos de japoneses, y catalanes de gallegos; era la prueba empírica del “crisol de razas” argentino.

Fue por esos motivos que hacía bastante tiempo que me venía intrigando el origen del nombre de Condoleezza Rice, la dama de hierro que se desempeña como cerebro periférico del inefable George W. Bush. Condoleezza fue niña prodigio y estudiante de excepción, concertista de piano y presidenta de la universidad de Stanford. Hasta tiene un barco carguero con su nombre, como recuerdo de su paso por el negocio petrolero.

¿De dónde le había llegado a Condoleezza ese extravagante nombre? Parecía italiano, de no ser por esa doble “e”, que resultaba bastante incongruente. Italianos de color, sólo podía haberlos entre los migrantes africanos o en las ex colonias de Mussolini, pero esa circunstancia no parecía ser la de alguien que aspira a ser tan norteamericana como la torta de manzana.

¿Quizás Condoleezza significara “princesa guerrera” (así la llamaban en el clan republicano) en swahili, yoruba, zulú o alguna otra lengua africana?

Por fin, leyendo Página/12 (un diario generalmente bien informado) se me hizo la luz. Allí se explicaba que la precoz pianista, que daba conciertos teniendo menos edad (y seguramente menos talento) que el niño Mozart, había sido condenada de por vida a portar ese nombre por sus propios padres, que eran melómanos convictos.

El nombre “Condoleezza” debía escribirse, en realidad, “con dolcezza”. Era uno de esos términos musicales italianos que se vienen usando por lo menos desde el Barroco para uso de músicos y directores. Deformado por algún funcionario del registro civil bastante inexperto en esas cuestiones, el nombre significa “con dulzura”.

Sin duda, era mucho más de lo que esperaba. La niña había dejado el piano para dedicarse por un tiempo a los negocios y por fin llegó a ser uno de los principales cuadros de la corte imperial. Pero teniendo en cuenta su carácter se diría que mejor la hubieran podido llamar “con durezza”.

Nada dice la historia, por otra parte, del destino que les cupo a sus familiares, que guardan un riguroso perfil bajo. Hay quien recuerda al hermano menor, Andante con Moto, que corre por las rutas californianas en busca de su destino. Se habla de Allegro Moderato, que es abstemio; de Largo, que trabajó en los Locos Addams; de los primos Vivace, Obertura y Berceuse, y sobre todo de la oveja negra de la familia, la tía Appassionata, que fue la cotizada stripper de un cabaret temático de Reno.

De Shakespeare a Mahoma

Los amantes del boxeo (no es mi caso) conocen la legendaria carrera de Muhammad Ali, inscripto en el registro civil como Cassius Clay, que fue campeón mundial de peso pesado durante largos años. Muy golpeado por las trompadas dadas y recibidas, decidió tomarse revancha por todo aquello que le habían hecho los esclavistas a sus antepasados, y adhirió al movimiento de los Musulmanes negros de Malcom X. Una opción poco feliz, si consideramos que los mercaderes árabes eran precisamente los que capturaban a los africanos o se los compraban a sus propios caciques para revendérselos a los traficantes de esclavos ingleses y portugueses.

Cuando Clay se convirtió a la Nación del Islam de Malcom X, cambió su nombre por el de Muhammad Ali, uniendo el nombre del Profeta con el de su yerno, con lo cual quedaba bien tanto con los sunnitas como con los chiítas.

Pero el nombre completo que le habían dado sus padres al nacer el peso pesado era Cassius Marcellus Clay. ¿Pero, qué hacía ese nombre que despertaba ecos de Cicerón, en manos de un descendiente de esclavos africanos?

Los esclavos habían sido privados de todo, hasta de sus nombres y de su lengua. Al emanciparse, solían tomar el apellido de sus antiguos amos, y sus descendientes tardarían un siglo en reivindicar sus nombres africanos, cuando lograban rastrearlos.

En el caso de Clay, los padres habían querido rendir homenaje a uno de los fundadores del partido Republicano (que en tiempos de Lincoln era más progresista) quien había hecho mucho por emanciparlos. Como legislador, Cassius Marcellus Clay había luchado contra la esclavitud (lo cual explicaba el homenaje) pero también era el responsable de uno de los mejores negocios de toda la historia de los Estados Unidos. Como embajador en Rusia, Clay había negociado, a las órdenes del secretario de Estado Seward, la compra de Alaska al Zar Alejandro II. Con esa operación la Unión había incrementado su territorio en un 20% por una bicoca: apenas siete millones de dólares.

Al parecer, los padres del Cassius Clay blanco, que para el caso eran esclavistas, habían sucumbido a la moda “republicana” de identificarse con los grandes personajes de la historia de Roma. Pero al parecer no apreciaban mucho a Julio César, a pesar de haber leído a Shakespeare, porque Casio era uno de miembros de la conspiración que lo asesinó, y Marcelo era un secuaz de su rival Pompeyo.

De este modo, un romano republicano se reencarnó en un terrateniente de Kentucky, y el descendiente de uno de sus esclavos se hizo fundamentalista islámico. De algún modo que sólo los lacanianos entenderán, los nombres nos condenan.

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a Newton, inmortalizado por Blake, tambien se lo recuerda por su frase "parado en hombros de gigantes“ aunque no se le ocurrio a el la frase sino que corresponde a San Buenaventura, filósofo del siglo XIII.
 
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