futuro

Sábado, 29 de octubre de 2005

NOTA DE TAPA

Criaturas...

 Por Pablo Gianera

Por Enrique Garabetyan

Para infinidad de personas hay pocas cosas tan dulces, fieles y compañeras como las mascotas. Con perros, gatos, pájaros, tortugas, conejos, hamsters –y a veces hasta peces– muchas personas suelen entablar relaciones profundamente afectivas y hasta permitirse ciertas conductas que no concebirían compartir ni siquiera con amigos. Pero ocurre que todos los bichos –sean domésticos o salvajes– tienen su flanco oscuro para ofrecer, y ese costado suele tomar el nombre de zoonosis.

El término “zoonosis” fue inventado por uno de los campeones de la patología del siglo XIX, el alemán Rudolf Virchow, quien –sumando dos palabras griegas (zoon: animal y nosos: enfermedad) englobó en un concepto las enfermedades que sufre el ser humano debido al contacto con animales.

En 1959, una convención sobre esta temática, preparada por la Organización Mundial de la Salud, propuso una definición más académica: “Son las enfermedades e infecciones que se transmiten naturalmente de los animales vertebrados al hombre y viceversa”. Sin embargo, su enunciado parece haberse quedado corto: no hay que ir muy lejos para ver que el estudio de las zoonosis incluye poner bajo el microscopio agentes infecciosos tales como los parásitos.

Si se hace una recorrida a vuelo de pájaro sobre la literatura científica básica se descubre que las zoonosis más graves suelen ser de origen viral. Y le siguen una amplia colección de bacterias, hongos y microorganismos varios que no tienen problemas en saltar como canguros la barrera de las especies, y aunque con frecuencia estas afecciones no requieren mayores cuidados y hasta pasan desapercibidas, en otras tantas oportunidades pueden ser letales, como bien lo prueban epidemias tales como la Peste Negra –cuyos ecos resuenan desde la Edad Media– hasta la actual reina mediática: la gripe aviaria.

Por otra parte, suelen constituir un problema de bajo perfil público, pero que puede alcanzar cifras asombrosos. Basta si no repasar un par de estadísticas recopiladas por la American Veterinary Medical Association, de EE.UU., país extremadamente afecto a los inventarios: se calcula que con estadounidenses conviven unos 55 millones de perros, que muerden a entre 3 y 5 millones de personas cada año. A continuación, un rápido repaso por un puñado de zoonosis:

- BRUCELOSIS: Científicamente conocida como Melitoccocia y popularmente llamada “Fiebre del Mediterráneo”, la brucelosis es una enfermedad causada por una bacteria (Brucella) de la que existen varios subtipos entre los que sobresale la Brucella Canis que –como es de esperar– suele ensañarse con los perros.

La enfermedad se transmite a las personas por contacto con carne, placenta de animales o ingestión de leche o queso no pasteurizados e infectados. Su epidemiología muestra que la zona de influencia abarca al planeta entero. Y según datos de la Organización Mundial de la Salud, cada año se producen unos 500.000 casos de brucelosis humana. En América latina, los tres países que ostentan la mayor incidencia son Argentina, México y Perú.

A diferencia de los perros –en los que el principal síntoma es el aborto o nacimiento prematuro de la camada y dermatitis en diversas partes del cuerpo–, en el hombre se expresa con otra sintomatología. Luego de un período de incubación que puede durar entre 1 y 3 semanas, se manifiestan altas fiebres intermitentes, escalofríos, fatiga, cefaleas, insomnio, depresión e impotencia sexual. Su duración puede extenderse desde meses a varios años y sus complicaciones no son moco de pavo, porque pueden derivar en meningitis y encefalitis.

- LEPTOSPIROSIS: Infección bacteriana rara, grave y contagiosa, causada por varias especies del género Leptospira, un microorganismo con forma de espiral. También llamada “Enfermedad de Weil” (“Fiebre de los Cañaverales” es su apodo popular) se transmite a través de la Leptospira interrogans. Se distribuye en todo el mundo, aunque cada región ostenta un tipo diferente. Cuando el hombre se contagia –generalmente a través de la exposición a aguas contaminadas por la orina de un perro, y con menor frecuencia, de un gato infectados– su período de incubación es de 7 a 14 días.

La sintomatología clínica varía con la severidad de la infección y se manifiesta repentinamente con fiebres, vómitos, diarreas, mialgias, conjuntivitis y constipación. Muchas veces pueden presentarse complicaciones en el hígado, meningitis y hemorragias internas. La convalescencia abarca entre uno y dos meses. Claro que si la sintomatología es leve se asemeja a una simple gripe y para identificarla con la precisión de un lince es necesario recurrir a pruebas de laboratorio.

- PSITACOSIS: Médicamente conocida como “Clamidiosis Aviar”, esta dolencia se distribuye por todo el planeta, aunque está en franca declinación. El microorganismo responsable de la psitacosis se ha identificado en 130 especies de aves diferentes, tanto domésticas como silvestres. Sin embargo, la mitad de éstas pertenecen a la familia Psittacidae, por lo que repetidamente se la asocia con los loros.

Entre humanos se contagia principalmente por vía respiratoria, a través de aerosoles (pequeñas partículas disueltas en el aire) originados en las heces de aves infectadas. Luego de una incubación de entre una y dos semanas, la afección puede optar por dos caminos. Si es leve, transcurre asintomáticamente y hasta pasa inadvertida. Pero si es fuerte aparecen fiebre, tos y escalofríos, seguidos por mialgias, anorexia y cefalgia. Eventualmente puede degenerar en una bronconeumonía. En los casos en que el paciente supere los 50 años de edad y no sea tratada en forma efectiva con antibióticos, pueden aparecer complicaciones severas. De todos modos, diagnosticada y bien tratada, su letalidad no supera el 1 por ciento de los infectados.

- RABIA: Una de las enfermedades más conocidas que los animales pueden contagiar al hombre es la hidrofobia. Engendrada por un virus que puede ser portado tanto por perros como por gatos, conejos y murciélagos –entre otras especies–, su presencia abarca todos los continentes, aunque es una zoonosis en declive y no se superan los 15.000 casos denunciados año tras año. Normalmente la incubación dura entre 2 y 8 semanas, y se traduce con unas líneas de fiebre, malestar y alteraciones sensoriales imprecisas. Luego sigue una fase de hipersensibilidad a la luz y al sonido, intenso dolor en la zona mordida, dilatación de pupilas y aumento de la salivación. Su nombre se debe a que en una tercera etapa aparecen frecuentes espasmos en los músculos de la deglución y la bebida es rechazada por violentas contracciones musculares. Si no es tratada en un período de 2 a 6 días, termina casi invariablemente con la muerte del infectado. Cosa que, previo al desarrollo de la vacuna que en 1885 hizo famoso a Louis Pasteur, ocurría casi siempre.

- TOXOPLASMOSIS: Causada por el Toxoplasma gondii, un protozoario que parasita los intestinos de los félidos, la toxoplasmosis es una infección que ataca al hombre –y a la mujer– con alta frecuencia. Sin embargo, la enfermedad clínica es poco frecuente. Su difusión es tan grande que los epidemiólogos estiman que un tercio de la población mundial posee anticuerpos contra este parásito. En realidad, su gravedad es grande cuando se verifica de manera intrauterina. Esto es, cuando es transmitida por una madre portadora al futuro bebé. Sólo en los Estados Unidos se estima que, anualmente, nacen 3000 niños con toxoplasmosis congénita.

Si el contagio ocurre en el primer trimestre de embarazo, hay una alta probabilidad de aborto o de que el bebé nazca con alguna enfermedad grave de la siguiente panoplia: distintos grados de afecciones visuales, sorderas, epilepsias, convulsiones, calcificaciones cerebrales e hidrocefalia. La principal fuente de contagio es la manipulación de carne cruda (o mal cocida) y de heces de gato, lugares donde se concentra el parásito.

Ahi viene la plaga

Posiblemente la pandemia más famosa de la historia fue la Peste Negra. Se ocupó de devastar Europa sistemáticamente entre los años 1347 y 1351. Esta zoonosis se debió a un brote de peste bubónica que –se calcula– acabó con la vida de 25 millones de personas, lo que representaba entre un tercio y un cuarto de la población que habitaba el continente por ese entonces. Fueron tales las cifras de mortalidad, que los números de habitantes volverían a alcanzar los datos previos a 1347 ¡recién a comienzos del siglo XVI!

El responsable de la infección fue el bacilo conocido como Yersinia pestis, parásito de una pulga que encuentra su hábitat usual en el pelaje de las ratas. La epidemiología histórica calcula que la peste llegó desde Oriente, siguiendo la ruta de la seda, a lomo de rata. Cuando –por circunstancias desconocidas– la población ratonil que fungía de huésped principal disminuyó, las pulgas buscaron nuevo cobijo en otros animales de sangre caliente. Y teniendo en cuenta que las casas, depósitos y barcos de fines de las Edad Media estaban infestados de ratas hasta los tirantes, es fácil entender que la epidemia se ensañara en el hombre de manera fulminante. Además, el método profiláctico preferido de la época –la cuarentena– no hacía más que beneficiar la propagación de las pulgas y su bacilo.

Más ratas para este boletín

También a caballo de ratas y ratones se mueven otras dos zoonosis ampliamente conocidas, si no por su alta incidencia, al menos por su repercusión mediática local: el Hantavirus y el Mal de los Rastrojos.

El apodado “Hanta” recibe su alias por haberse identificado una amplia cantidad de casos a orillas del río Hantang, durante la guerra de Corea, en 1951. Se encuentra desperdigado por todo el mundo, y se especula que la prevalencia real de la infección supera en mucho a los casos notificados. Se comunican, anualmente, un número de entre 150.000 a 200.000 infecciones y la mortalidad ronda el 5%. El reservorio natural son –otra vez– los roedores. La infección en humanos, en general, se produce por aspiración de aerosoles contaminados a partir de saliva, orina y materias fecales de ratones y familiares, aunque –en Argentina– se ha demostrado un poco frecuente contagio directo entre personas.

Otro mal –esta vez con sello exclusivamente nacional– es la Fiebre Hemorrágica Argentina (o “Mal de los Rastrojos”). La población expuesta a sufrirlo es de unos 5 millones y su base patológica recibe el nombre de “virus de Junín” que –de no ser cabalmente tratado– puede llegar al 30% de mortalidad. Si bien los primeros casos descriptos datan de fines de la década del ‘50, el Programa Nacional de Lucha contra la FHA –que comenzó allá por 1978– registró hasta el 2004 unos 8 mil diagnósticos, de los cuales murieron 400 personas. Y desde hace dos décadas se viene debatiendoe intentando, con éxito parcial, la fabricación de una vacuna en forma local.

Animales de granja

Vacas, caballos, cabras, gallinas y ovejas son –por supuesto– otros comunes transmisores de enfermedades. Entre ellas se contabilizan la sarna, la fiebre de las garrapatas, la hidatidosis y la aftosa. Y no es posible dejar de lado en este breve catálogo de zoopatologías a la que posiblemente tenga la mayor incidencia en la población latinoamericana: el Trypanosoma cruzi, parásito propio de la vinchuca, que afecta a millones de personas ecuánimemente distribuidas en la vasta pobreza de América del Sur.

Tantas zoonosis juntas –y las mencionadas no son más que un puñado, ya que el conteo actual supera las 300– podrían hacer pensar al menos hipocondríaco que los animales sólo son una peligrosa fuente de infecciones. Sin embargo, la mayor parte de sus enfermedades y riesgos de contagio son fácilmente controlables mediante vacunas, controles veterinarios e higiene. Tres medidas que permiten al hombre disfrutar con tranquilidad la compañía de todo tipo de bichos.

Zoonosis del siglo XXI

Apenas asomado el siglo XXI, ya hay dos zoonosis que pelean la pole position de gravedad y complejidad. Una ya es una vieja conocida de la medicina: la gripe, en este caso en su variante “aviaria”. La otra es una nueva y todavía poco conocida familia de enfermedades causadas por un impreciso agente infeccioso: los priones. La más mediática de esta familia de afecciones –por ahora muy poco comunes– son las variedades humanas del “Mal de la Vaca Loca” (técnicamente denominada “Encefalitis Espongiforme Bovina” o “BSE”). Se la conoce como “Mal de Creutzfeldt-Jakob” y tiene algunas raras diversificaciones.

La gripe aviaria, por su parte, es una infecciosa que hace estragos entre las aves. Su razón etiológica es una cepa de la gripe y –aunque no se lo recuerde demasiado– fue identificada por vez primera en Italia, hace más de cien años. En su versión actual (H5N1), está haciendo saltar una tras otra todas las alarmas de salud pública, pues no sólo tiene una encumbrada tasa de mortalidad entre aves sino que también parece tenerla entre humanos. Si se afinca entre personas –y no hace falta mucho más que una simple mutación natural o un canje de genes con un virus de gripe humana– podría superar el 50% de mortalidad. Pero lo más penoso es que no hay por ahora demasiadas alternativas farmacológicas que puedan darle pelea.

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