futuro

Sábado, 13 de octubre de 2007

OPINION: LOS MEDIOS, LA ANTROPOLOGIA Y LA INVISIBILIDAD DE LOS INDIGENAS CHAQUEÑOS

Narrar el hambre

 Por Grupo de antropologos de la Facultad de Filosofia y Letras (UBA)

Ni los engorrosos escrutinios de las recientes elecciones chaqueñas parecen cerrar un ciclo más de visibilidad e invisibilidad nacional de los indígenas chaqueños que, como siempre, se centró en sus condiciones de vida y, particularmente, en sus “llantos de hambre”, su “degradación humana” y su “desastre humanitario”.

Una vez más, las imágenes y las palabras de “tragedias”, “presagios cumplidos” y “estadísticas que conmueven” irán haciendo su aporte a la realidad que los medios de comunicación han ido transmitiendo desde hace más de un siglo en la sociedad nacional, alimentando sentimientos hacia los indígenas chaqueños tan compasivos como distantes.

Cuando en la mayoría de los medios se remite a “la tuberculosis” y al “frío” como los agentes que desembocan en esta “tragedia”, parece buscarse, como en la mayoría de las notas periodísticas de estos acontecimientos y como bien lo dicta la definición de ese término en el diccionario de la Real Academia Española, motivar “la compasión y el espanto” frente a un “inevitable final funesto”. Puesto que el dramatismo de la pobreza puede ser muy efectivo en la sensibilización, pero altamente neutralizador en el plano de la acción, sería fundamental ver si las intervenciones del defensor del Pueblo o de la Corte Suprema producen, además de las acciones de emergencia, políticas públicas integrales y de largo plazo.

Narrar el hambre es tan difícil como erradicarlo de un sistema político en el que la discriminación parece ser uno de sus elementos constituyentes. Pero si los medios no sólo transmiten sino también median, narrar y mostrar con precisión es fundamental para identificar el escenario en el que se encuentran los lamentos por el hambre del otro, el entusiasmo sojero y el boom de los amenities inmobiliarios. Los indígenas chaqueños se debaten en la telaraña argentina contemporánea de la desigualdad en la que conviven los porcentajes de crecimiento macroeconómico sin precedentes y los índices africanos de desarrollo humano del Chaco.

Los tobas, que hoy en día ascienden a más de 69.452 personas, no sólo habitan en el Impenetrable sino también en el Gran Resistencia, Formosa, Santa Fe y en los barrios más empobrecidos de Rosario, La Plata y Buenos Aires. Estos grupos fueron los últimos en ser “incorporados” durante la Campaña del Desierto, a fines del siglo XIX. Fue a partir de la incorporación violenta de estas poblaciones al Estado que las mismas conocieron problemas que les eran desconocidos: la mortalidad debido a la explotación en el trabajo, la pérdida del acceso a los campos de caza y pesca, el contagio de epidemias y enfermedades infecciosas. Sin embargo, en el proceso de incorporación al Estado, los indígenas estuvieron lejos de aceptar pasivamente estas situaciones de deterioro.

Hace ya unos meses, el ministro de Salud de la provincia del Chaco, Ricardo Mayol, intentó responsabilizar del problema de la desnutrición de los tobas del Impenetrable a los “hábitos culturales indígenas”, negando un supuesto abandono institucional. Refiriéndose a los indígenas, declaró: “Ellos tienen su manera de comer, su manera de alimentarse, y a veces no aceptan la nuestra”. Mayol habla de la “cultura”, aunque off the record muchos funcionarios se nieguen a la posibilidad de discutir políticas públicas de salud específicas para los indígenas. No obstante, en la esfera de la salud, los indígenas son ampliamente interculturales. Los aborígenes chaqueños no rechazan la medicina que el Estado les ofrece, concurren a salas de primeros auxilios y hospitales y, a pesar de la inexistencia de un servicio de salud que integre las ideas y prácticas de estos grupos sobre la salud y la enfermedad, hace mucho tiempo que reclaman por más y mejor atención. Incluso una gran proporción de la dieta actual de los indígenas consiste en alimentos elaborados industrialmente como la harina y el azúcar, una dieta de baja calidad y altamente calórica que los planes de asistencia y los comedores escolares parecen no remediar. La escasa infraestructura sanitaria en las comunidades y la baja cobertura del sistema de salud hacen que los esfuerzos se orienten a intentar cubrir, sin éxito, la atención primaria, siendo éste un problema extensible a toda la región del Gran Chaco.

¿Por qué todos los programas de salud implementados por el Estado nacional y los gobiernos provinciales no parecen dar resultados? Por programas nos referimos a una larga lista: el PNSA (Plan Nacional de Seguridad Alimentaria), el Profe (Plan Federal de Salud), el Feaps (Fortalecimiento de la Estrategia de Atención Primaria de la Salud), el Programa Federal de Chagas, el Programa de Médicos Comunitarios, el Subprograma de Equipos Comunitarios para Pueblos Originarios (rechazado por el gobierno de Gildo Insfrán en Formosa), el Anahi (Programa de Apoyo Nacional de Acciones Humanitarias para las Poblaciones Indígenas). En la provincia del Chaco desde hace algunos años se implementan el Programa Materno-Infantil, el Programa de Participación Comunitaria (financiado por Unicef) y el Plan AIPO orientado al apoyo alimentario de niños menores de cinco años y a sus madres.

Los derechos de los pueblos indígenas son sistemáticamente violados, a pesar de una amplia legislación nacional e internacional a su favor. No obstante, diversas experiencias y programas de salud intercultural implementados en otros lugares de Latinoamérica, y con alcance nacional como en Brasil y Chile, por ejemplo, demuestran que es posible promover la salud y el desarrollo integral de grupos étnicos tradicionalmente excluidos.

Otro aspecto que llama la atención es que en el registro de la crisis alimentaria hecho por los medios de comunicación es notable la aparente inexistencia de las organizaciones indígenas. A partir de las noticias, especialmente las transmitidas por medios nacionales, todo parecería indicar que los indígenas son víctimas pasivas y desintegradas de la desnutrición, las inundaciones y las sequías. Sin embargo, existen en Chaco y Formosa institutos provinciales indígenas, asociaciones civiles en cada comunidad e incluso redes y federaciones. La combinación de largas tradiciones de paternalismo e indigenismo integracionista se ha ocupado de convertir y mantener a la mayoría de las asociaciones como piezas clave del entramado clientelista. Las numerosas experiencias de participación en el diseño y ejecución de planes y proyectos con incidencia directa sobre las condiciones de vida con que cuentan diversas organizaciones indígenas deberían ser suficientes para reconocer a estas últimas como parte de la solución.

La reciente muerte de algunos tobas no es un problema de hospitales o de bolsones de mercadería. El hambre es el resultado de un problema integral cuya solución exige que las organizaciones y los mismos indígenas sean reconocidos como protagonistas.

Si las visitas periodísticas al Impenetrable se limitan a describir sus periplos por “los caminos del hambre”, es muy probable que los gobiernos respondan, como ya ha sucedido, enviando al Ejército nacional a repartir cajas de alimentos y no incorporando una visión estructural y de largo plazo respecto del problema. Años de experiencia deberían tenerse en cuenta para entender que con políticas paternalistas, sin una participación amplia e informada de las organizaciones y los líderes indígenas, los programas están destinados al fracaso.

Firman esta nota de opinión: Grupo de antropólogos e investigadores de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y Conicet, que trabajan en comunidades indígenas de Chaco y Formosa (Mariana Gómez, Ana Carolina Hecht, Alejandro López, Carlos Salamanca, Florencia Tola, Soledad Torres Agüero, Patricia Torres Fernández, Ana Vivaldi).

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Imagen: Bernardino Avila
 
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