futuro

Sábado, 10 de septiembre de 2011

LA DIVULGACION COMO PIEZA NECESARIA DE LA CIENCIA MODERNA

La ciencia, el periodismo, el arte y la comunicación pública

 Por Leonardo Moledo

Ante todo quiero agradecerle a Mariano Bravi y a la gente de la UTN Santa Fe que me haya invitado a dar esta charla. Quizás el título de la charla sea ampuloso, pero tiene sus ventajas, porque me permite hablar de cualquier cosa y siempre va a encajar. Yo quería hablar un poquito de lo que pienso de la divulgación científica. Del porqué, el cómo, de quiénes, de cuándo.

Empezaría diciendo que en realidad la ciencia es comunicación. Y no es que existe la ciencia y después se comunica. La ciencia existe si se comunica, si no, no existe.

Y por una razón muy simple: la ciencia occidental, la que empieza con Copérnico y la revolución científica del siglo XVI, instaura una manera de hacer que es necesariamente pública porque el núcleo explícito de la ciencia es el experimento, y el experimento tiene que ser reproducible. Tiene que ser controlado por alguien. No es admisible una ciencia hermética, porque algo que no se comunicó a alguien de tal manera que la otra persona pudiera comprobarlo, no es un enunciado científico.

Aclaro que estoy simplificando mucho el esquema epistemológico de la ciencia (planteado por Newton en el siglo XVII), e incluso no estoy de todo de acuerdo con él, pero lo tomo como punto de partida para lo que quiero decirles.

Así, y en este marco, un enunciado científico es un enunciado que alguien escucha. Porque si nadie lo escucha es simplemente un pensamiento de la persona a la que se le ocurrió. Puede ser verdadero o falso y no tiene la menor importancia: el valor de verdad –siempre provisorio– de los enunciados científicos se da en esa relación particular de comunicación que es el experimento. No es ninguna casualidad que uno de los grandes héroes de la revolución científica que fue Galileo empezara a escribir en italiano. Y fue, dicho sea de paso, una de las acusaciones que se le hizo: escribir en italiano y no en latín.

Por otro lado, El mensajero de los astros fue, quizás, el primer ejemplo de divulgación científica moderna. Lo hacía el propio Galileo. Si uno lee a Galileo aprende un montón porque cualquiera de los libros de Galileo parecen escritos por un periodista actual.

Lo que hace Galileo es publicitar a la ciencia: la ciencia no es patrimonio de quien la descubre –nos dice– sino que es patrimonio de todos. Pero es patrimonio de todos de manera intrínseca, ya que no hay ciencia sin experimento. Por poner un ejemplo, no hay arqueología sin que otro venga y mire. Si viene alguien y cuenta que desenterró en Salta un palacio con rasgos mesopotámicos de Oriente... bueno, es un lindo cuento, pero si no va alguien a mirar eso, eso no existe. En ese sentido, el museo también es un experimento. El que va al museo ve que esas cosas que los científicos dicen existen y están ahí.

LA CIENCIA ENRIQUECE LA VISION DEL MUNDO

Es falso lo que dice muchas veces el discurso solapado que viene de cierta forma reaccionaria del romanticismo, que la ciencia por su racionalismo impide la emoción; la ciencia es una aventura llena de emociones, pero como en el caso de lo público de la ciencia es una de las condiciones de su existencia, lo creativo también.

¿Por qué? Porque si uno se atiene al método científico moderno, el que Newton recomienda en sus Principia, y que ya cité, la ciencia trabaja mediante experimentos que después se extienden por inducción a leyes generales. La inducción, es decir, a través de varios experimentos poder sacar una ley general, no es una cosa que garantice la verdad. La inducción es una operación filosófica, una operación puramente creativa. Nadie me asegura a mí que yo pueda inducir a partir de un cierto número de casos. Entonces ahí hay un paso creativo, un paso metafísico, un paso filosófico, como quieran llamarlo, que está metido adentro de la ciencia. Es decir que la creatividad es una parte indisoluble de la ciencia de la misma manera que lo es del arte.

EL DERECHO A LA CIENCIA

Se habló aquí de que la Comunicación Pública de la Ciencia (CPC) es una manera de devolver a la sociedad lo que la sociedad financia mediante sus impuestos. Es cierto, desde ya, pero me parece que hay más, que se puede ir un paso más allá.

Porque el quehacer científico no sólo lo hace el científico: el científico utiliza todos los recursos que la cultura pone a su disposición, y todos los recursos que no pone a su disposición. Es decir, el científico trabaja con la cultura de su época. Copérnico trabajaba con las cosas que se sabían, con los prejuicios de la época, con los conocidos y con los prejuicios que no conocía. ¿Qué es la gran cosa que hace Copérnico? Se da cuenta de que la Tierra en el centro del mundo es un prejuicio que él conoce, y entonces lo cambia, intercambia el lugar de la Tierra y el Sol. Pero hay un prejuicio que él tiene y que no sabe que lo tiene, como que las órbitas tienen que ser circulares. Y entonces el sistema no encajaba con los datos e, hiciera lo que hiciese, no podía hacerlos encajar porque estaba metido adentro de un prejuicio que él no conocía. Es decir, Copérnico estaba usando los recursos de la sociedad. La sociedad no solamente paga los impuestos para que después se utilicen en el presupuesto del Conicet. La sociedad formó a ese científico, lo hizo ir al colegio, le financió la universidad: el científico del Conicet es un producto público, es un producto social. (Todos nosotros somos productos sociales, dicho sea de paso, porque estamos aquí entre otras razones porque la medicina avanzó lo suficiente como para que llegáramos a esta edad, y hace sólo 150 años la mitad de nosotros estaríamos muertos, empezando por mí, que ya sería una momia fosilizada.)

Siguiendo con este asunto de la cultura, cuando yo dirigía el Planetario de Buenos Aires, nosotros elaboramos una definición sobre la ciencia y es que la ciencia era un derecho. No era solamente una devolución de impuestos sino que era un derecho que tenía la sociedad, como cuando decimos que la salud es un derecho. A nadie se le ocurre decir que la gente tiene derecho a la salud porque con sus impuestos sostiene los hospitales. La salud es un derecho primario. Poder acceder al arte es un derecho primario. Por eso tiene que haber museos públicos de arte. Poder acceder a la ciencia es un derecho primario, en todas sus formas. Ya sea yendo a un museo de ciencia, yendo a la facultad para ser un científico, o recibiéndolo por los diversos canales que está armando el Conicet o los que busca armar la UTN. Así quedamos en esta segunda definición: la ciencia es un derecho por naturaleza.

EL COMUNICADOR HACE CIENCIA

Si la ciencia es comunicación por naturaleza, y la comunicación es una parte de la ciencia, el comunicador tiene que saber que cuando comunica la ciencia está haciendo ciencia. Y ése es otro de los conceptos que elaboramos en el Planetario. Una de las actividades de la ciencia, por su propia naturaleza, es la comunicación, y por lo tanto el comunicador hace ciencia.

Hay otro prejuicio (esto es lo que Bacon hubiera llamado “prejuicios de la tribu”), y es que hay dos culturas separadas. Ya Snow hace muchas décadas escribió sobre este asunto. El se basaba en lo que es la educación inglesa, una educación que era fuertemente humanista, el egresado de Cambridge sabía latín, griego, había leído todos los clásicos, aunque no tenía la menor idea de qué era la entropía. Pero hasta tal punto no la tenía que incluso estaba orgulloso. Es decir, la idea de estar orgulloso porque uno no sabe hacer una cuenta o porque no puede leer una fórmula es muy frecuente. Lo cual crea una situación difícil para el comunicador de ciencia. Lo primero que tiene que decir es que eso que le va a comunicar es digno de ser comunicado. Esa ciencia que le va a transmitir es digna de ser recibida. Es decir que no se va a robotizar, que es la idea de muchísima gente, por saber leer una fórmula, sino que se va a enriquecer porque la lectura de una fórmula es un acto de lectura. La ciencia es un lenguaje que uno tiene que aprender a hablar para comunicar cosas, y como todo lenguaje tiene su gramática, tiene su sintaxis, tiene su ortografía, tiene su literatura.

Y la literatura del lenguaje de la ciencia son las historias que cuenta la ciencia sobre el mundo, parafraseando a Macbeth, la ciencia es un cuento lleno de sonido y de furia, pero que significa mucho. Es un cuento que la humanidad se cuenta a sí misma. Cómo es, por qué ese árbol es como es, cómo dentro de una célula hay un conjunto de mensajes que se escalonan e interactúan hasta tal punto que uno no puede creer que exista algo tan maravilloso. La historia del Universo y las historias del Universo son tan maravillosas como el más maravilloso de los cuentos de hadas. Cómo funciona internamente una estrella. Una estrella es una máquina, y verla como una máquina ya da una perspectiva nueva. Es un reactor nuclear que transforma peso y gravedad en luz. Es una perfecta máquina que un día se queda sin combustible y adiós, nos achicharra a todos nosotros como va a ocurrir... Es lo que va a ocurrir dentro de 5 mil millones de años: podemos hacer planes para el fin de semana.

Pero va a pasar y fíjense que ese relato del final es tan terrorífico como el más terrorífico de los cuentos de hadas. Es el cuento de hadas, o el relato, o uno de los relatos, mejor dicho, que nosotros podemos escribir sobre el Universo. Entonces es una falacia total que la ciencia no sea un relato. La ciencia lo es, porque es comunicación y es un lenguaje. Y su literatura son los relatos sobre el mundo.

LA IMAGEN DEL CIENTIFICO Y EL LABORATORIO

La imagen del científico, bueno, acá se habló un poco de esto: el científico es visto como un hombre de guardapolvo blanco –ahora, porque antes no: en el siglo XIX se operaba sin siquiera lavarse las manos, imagínense con qué consecuencias– encerrado en un laboratorio. Cosa que también se estimula, porque en las semanas de instituciones abiertas, por ejemplo, se lleva a los chicos a recorrer un laboratorio detrás de otro y se infunde la idea de que es ahí y sólo ahí donde se produce la ciencia. El laboratorio es un invento de los alquimistas, y era un espacio particular, un espacio místico. Con la revolución científica, el laboratorio se vuelve un espacio profano.

Pero el laboratorio es sólo una herramienta más: en el laboratorio se mide, se hacen algunos experimentos (sin hablar de las disciplinas que no usan ningún tipo de laboratorio, como las matemáticas, por ejemplo), pero en realidad el verdadero laboratorio está entre las cejas y el pelo de cada uno de nosotros. Ahí se hace la ciencia.

El científico mismo se siente muy apegado y seguro en su laboratorio. Por eso yo cuando hago mis reportajes, que no llamo reportajes sino diálogos, trato de encontrarme con los científicos en un café, sacar al científico del lugar donde se siente seguro y me muestre la ciencia desarmada. Las grietas.

PRESUPUESTOS

Entonces el científico (y el comunicador de la ciencia convencional) en general parte de algunos presupuestos. Yo soy un científico, la ciencia es racional, es precisa, yo trabajo en el laboratorio y aquí se cumplen las leyes de la ciencia, y aquí se manifiesta la verdad, así como en el laboratorio del alquimista se manifestaba, no sé, Dios o el Espíritu Santo.

Todo eso es falso.

En primer lugar, el científico en su laboratorio está pensando que lo que dice lo va a leer el científico del laboratorio de al lado. No está pensando que lo va a leer el público. Entonces tiene terror explícito o no de cometer un error. O que el que lo está entrevistando cometa un error. Ese es el principal problema o motivo de rispidez.

Y aparte la ciencia no es exacta, no es precisa, es parcialmente (o mejor, localmente) racional: localmente exacta y localmente precisa. No voy a entrar a fondo en esto, pero sí diré que si el comunicador sabe eso, tiene una actitud diferente frente al investigador.

EL CIENTIFICO COMO IGNORANTE

Además, los descubrimientos son temporales, tienen una historia, una filosofía. No todo el mundo cree que las mismas cosas tengan el mismo valor epistemológico.

Si el comunicador se mentaliza en ese sentido, va a requerir una serie de ríos de alimentación, de la historia, de la filosofía.

El científico es un ignorante, y tiene que serlo porque, si supiera todo, no investigaría nada. La pregunta central que uno le puede hacer es: “¿Qué es lo que no sabe y quiere saber en su investigación?”. Lo que el científico no sabe y quiere saber, y no solamente lo que quiere saber y no sabe sino lo que se imagina que pueda llegar a pasar, es una fuente de riqueza. Aunque su programa vaya finalmente al fracaso: el fracaso científico también es útil, porque les ahorra a otros seguir determinado camino.

Y eso me trae nuevamente a la imagen del científico que dan las películas, esa imagen del “científico loco”. Pero es una idea muy anterior. Fíjense: el tipo que inició la ciencia fue Thales de Mileto. ¿Y qué historias se cuentan de Thales de Mileto? Una es que estaba tan distraído que se cayó a un pozo. El científico distraído ya está desde el primer tipo, desde el año 500 antes de Cristo. Ahora, si uno mira el científico distraído de Volver al futuro, por ejemplo, es el distraído, despeinado, pero es el que tiene las soluciones. Es el que sabe cómo resolver los problemas. Tiene esa cosa de mendigo y de Dios.

Sabemos que esas cosas no son así, que el científico, así como el mecánico de automóviles, tiene una capacidad particular para arreglar un coche –yo nunca en la vida se lo llevaría a un filósofo, ni siquiera a un físico–, el científico puede razonar sobre una cierta parte de la realidad, y no sobre toda. No hay científicos y legos, hay legos en distintas cosas.

EN CONCLUSION

Bueno, entonces hablé de la imagen del científico, la falacia de la realidad, la falacia de la precisión, la falacia de la próxima puerta... Hay que explicarle que cuando habla con un periodista, está hablando para el periodista o para quienes van a leer al periodista, no para sus colegas. Sus colegas ya saben. Entonces, así como él simplifica el mundo...

Borges cuenta la historia de un lugar donde la cartografía estaba tan desarrollada, donde el mapa de una provincia ocupaba una ciudad, y el mapa del reino ocupaba una provincia. Y llegó un día en que un rey quiso hacer un mapa absolutamente preciso y pidió un mapa del reino que ocupara todo el reino. Que fuera exactamente igual. Y lo hicieron, claro, pero ese mapa no sirve para nada, un mapa tiene que sintetizar. El científico resume la naturaleza y hace un modelo relativamente simplificado. Entonces, en ese proceso de reducción hay imprecisiones que se cuelan.

Vamos al asunto de los recursos, brevemente: la literatura, la cita, el recurso a la historia, todo eso es válido. Pero no porque es un adorno, es válido porque forma parte del núcleo mismo de lo científico. Un hecho científico se compone de su historia y su filosofía. Cada cosa es también su historia. Porque es interesante ver cómo cada cosa llegó a ser.

Sólo me resta, en realidad, agradecer nuevamente la invitación a hablar, y agradecer que me hayan escuchado.

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