futuro

Sábado, 21 de junio de 2014

Los científicos de antes no usaban Twitter

 Por Jorge Forno

A mediados del siglo veinte el correo postal gozaba de un esplendor que parecía no tener límites. Las cartas eran un medio de comunicación popularmente utilizado para las noticias familiares, los asuntos laborales, la publicidad y a veces –convenientemente perfumadas– para el romance. Postales y fotos mostraban a las familias de vacaciones o avivaban el fuego de la nostalgia en los inmigrantes. Hablar de transmitir casi instantáneamente imágenes o documentos y de obtener una copia en segundos a miles de kilómetros de distancia era por lo menos una fantasía futurista casi inimaginable.

Algunos historiadores de la tecnología sitúan a finales de los años sesenta la aparición de opciones electrónicas al servicio postal, de la mano de los satélites y el fax primero y de las computadoras personales y las impresoras hogareñas después.

En la actualidad, el uso de Facebook y Twi-tter hace público lo que las cartas de amor decían discretamente, y son un ámbito propicio para los escándalos mediáticos de todo tipo. Además, en los últimos veinte años las cartas y las fotografías se convirtieron en objetos tangibles que podían ser replicados a distancia por medio de dispositivos relativamente accesibles y fáciles de usar. ¿Ocurrirá lo mismo en un futuro cercano con las moléculas biológicas y hasta con seres vivos completos? La replicación de objetos por medio de impresoras 3D es una técnica más nueva, pero que abre las puertas a esta formidable y a la vez inquietante cuestión de la que ya se están ocupando consorcios privados y grupos de investigación públicos en distintos países.

Decímelo por Twitter

El asunto es que en tiempos de comunicación instantánea, una gran cantidad de anuncios rimbombantes más o menos creíble circula por las redes sociales, no sólo relacionados con la vida privada de los famosos –o aspirantes a serlo– sino también con la ciencia. A mediados de febrero, un tuit despertó la curiosidad del mundo científico.

Su autor era el bioquímico y empresario John Craig Venter y decía que “hace 13 años mi equipo publicó el primer genoma humano en la revista Science. Un nuevo comienzo para la medicina pronto será anunciado”. El mensaje, un tanto narcisista –científicamente hablando– causó gran expectativa por venir de quien venía. Venter tiene pergaminos de sobra –y no se priva de mostrarlos a cada rato– en el campo de la biología molecular.

Ex combatiente en la guerra de Vietnam, amante de la genética, el estrellato mediático y los buenos negocios, Venter fue uno de los mentores de Celera Genomics, un consorcio privado enrolado en la carrera por secuenciar el genoma humano. La intención de patentar buena parte de ese conocimiento vital por parte de Venter y los suyos se topó con una gran resistencia política, encabezada por las grandes potencias occidentales, que dieron pelea e integraron una extendidísima red de investigación internacional. Finalmente, se acordó trabajar en forma conjunta y mantener el conocimiento en la esfera pública. Pero Venter se llevó merecidamente buena parte de la gloria del hallazgo, lo que no es poco.

En los últimos años, Venter se ocupó de dirigir un instituto de investigación orientado a la genética y la interacción de las proteínas en los mecanismos biológicos, y que no casualmente lleva su nombre, el J. Craig Venter Institute. El multifacético investigador también se destaca por su participación en la empresa Synthetic Genomics, dedicada a obtener aplicaciones industriales de organismos genéticamente modificados.

En el año 2010 Venter conmovió al mundo con un anuncio de gran impacto científico y mediático, como lo fue el de la creación de una célula artificial, abriendo un mar de especulaciones científicas, filosóficas y religiosas.

En realidad, el anuncio, convenientemente amplificado por una multitud de medios de comunicación, decía mucho más de lo que realmente había sucedido. Venter y su equipo habían explicado en un artículo publicado en la revista Science la fabricación en el laboratorio de una célula bacteriana controlada por genes sintetizados químicamente. Lo que no era poco, pero no se ajustaba a la rutilante idea de crear la vida artificial, cosa que tampoco decían en el artículo. Sea como fuere, un intento por descifrar el enigmático tuit de Venter es relacionarlo con dos asuntos que se conocieron casi simultáneamente y que tienen como protagonista a su grupo de investigación.

Más allá del genoma

Por un lado, se divulgó un trabajo que dará que hablar en el creciente campo de la genómica funcional, más concretamente acerca de las relaciones funcionales que existen entre las moléculas biológicas. Lejos de las redes sociales y la repercusión mediática, la investigación se publicó en la revista Nature Biotechnology, a tono con las convenciones que rigen la actividad de los científicos.

El artículo, firmado en conjunto por investigadores del Instituto J. Craig Venter, de la Virginia Commonwealth University y del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona, se metía con una bacteria que desde siempre es una figura estelar en el terreno de la biología molecular. Se trata de la Escherichia coli, un microorganismo muy estudiado y conocido por los científicos. Tanto que se lo ha programado para que fabrique productos medicinales, como por ejemplo la insulina, hormona vital en el tratamiento de la diabetes.

Pero lo que los investigadores explicaron en el artículo iba más allá del conocimiento del genoma, la parte del núcleo celular que contiene las instrucciones para producir proteínas. Lo que formularon fue un mapa de cómo esas proteínas, una vez producidas según lo indican las instrucciones genéticas, interactúan entre sí en el entorno celular.

Es que así como para tener una máquina funcional no sólo hacen falta las piezas que la componen, sino que deben estar correctamente ensambladas, las proteínas funcionan en un entorno de interrelaciones que se conoce como el interactoma. Los científicos calcularon que en la Escherichia coli se dan unas diez mil interacciones vitales entre proteínas y, según describieron en el artículo, ellos lograron comprender más de dos mil. Aunque sólo se trate de un veinte por ciento de las interacciones existentes, buena parte de este conocimiento podría ser más que útil a la industria química y farmacéutica.

El asunto no involucró sólo a los biotecnólogos, también participaron en la investigación especialistas en bioinformática capaces de generar modelos de funcionamiento bacteriano que sirven para diseñar verdaderas fábricas vivientes de productos químicos o biológicos. En este terreno, la Escherichia coli es la niña mimada de las bacterias, pero la informática permitió extrapolar conclusiones sobre el funcionamiento de otros microorganismo conocidos y de patógena fama. Por caso, Helicobacter pylori –responsable de incómodas gastritis y úlceras–, Vibrio cholera –causante del cólera– y Yersinia pestis –siniestro agente que provocó varias y letales epidemias de peste a lo largo de la historia–.

Así como en el pasado las relaciones humanas se veían afectadas si el servicio postal se interrumpía, o como hoy en día entramos en pánico cuando una red social se cae, impedir las interacciones de las proteínas en las bacterias origina un caos biológico de grandes proporciones. Y de ese caos los científicos buscan sacar provecho. Conocer a fondo los interactomas permitirá diseñar antibióticos para que actúen bloqueando las interacciones proteicas y abrirá nuevas perspectivas para la industria de los medicamentos.

El diseño de nuevos fármacos a partir del conocimiento del interactoma también tiene su pata pública en un proyecto de la Unión Europea. Es más, algunos de los investigadores del proyecto europeo son coautores de la investigación publicada en Nature Biotechnology. Bloquear la interacción de proteínas no será tan fácil como bloquear a un tuitero molesto, pero el asunto es por cierto muy prometedor. Y más si los nuevos medicamentos que se encargarán de esa tarea podrían ser sintetizados a distancia y casi instantáneamente.

Moléculas a distancia

Un tema oportunamente reflotado en recientes apariciones mediáticas por el bueno de Craig es el de la posibilidad de generar copias de moléculas biológicas a distancia, por medio de un software y un tipo de impresora 3D, algo que hace pocos años parecía tan inalcanzable como lo eran para nuestros abuelos las redes sociales o la copia casi instantánea de fotos punto a punto.

En los últimos tiempos se han dado a conocer novedades en ese sentido, como los experimentos que ensayan replicar tejidos y, en un futuro, fabricar órganos a distancia.

Como para posicionarse en un lugar de privilegio en esta carrera biotecnólogica y poco después de su tuit casi sibilino, Venter en algunas apariciones mediáticas dejó entrever que gracias a sus investigaciones pronto podrán enviarse códigos para producir medicamentos biológicos mediante impresoras 3D de forma casi tan sencilla como adjuntar un documento a un correo electrónico. Y no de manera experimental solamente, sino a una escala suficiente que permita hacer de esto un avance revolucionario y también –aunque Venter no lo dijo– un negocio formidable.

Un avance de este tipo permitiría enviar medicamentos o vacunas rápidamente a lugares distantes, para hacer frente, por ejemplo a una epidemia de algún microorganismo desconocido.

Claro que no todas son buenas. Así como en los albores del siglo veintiuno las cartas con ántrax desataron una psicosis que paralizó a los Estados Unidos, las moléculas fabricadas a distancia podrían convertirse en un arma mortal en un escenario de guerra biológica diseminando agentes patógenos a diestra y siniestra. O por lo menos en una amenaza digna de crédito. Los sueños científicos también pueden derivar en pesadillas dantescas.

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El científico y empresario Craig Venter.
 
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