futuro

Sábado, 24 de enero de 2004

El enfermo...

Por Alicia Marconi

El corazón late demasiado rápido, señal de que el infarto se encuentra a la vuelta de la esquina... Esa manchita nueva que apareció ahí, en la mano, no puede ser otra cosa que el estadio inicial o quizás un poco avanzado de un tumor de piel y que seguro es de los más mortales, seguro que es un melanoma... No cabe duda alguna, debo tener algo grave... Mejor voy al doctor, pero no a ese que no sabe nada y siempre me quiere convencer de que no vale la pena preocuparse, mejor voy a uno que sepa...
Quizás parezca un poco exagerado (aunque en este tipo de cosas la realidad suele superar a la ficción), pero éstos son razonamientos típicos de alguien que sufre de hipocondría, uno de los trastornos apodados “somatoformes”, en los que las personas refieren síntomas físicos pero niegan padecer alguna forma de trastorno psiquiátrico. De quienes sufren de hipocondría, más precisamente, puede decirse que suelen aducir síntomas físicos a los que les atribuyen una relación de correspondencia innegable (aunque, por supuesto, falsa) con una enfermedad grave.
“Un individuo puede ser considerado hipocondríaco cuando su vida se encuentra atravesada por la convicción de estar enfermo, y cuando, además, el temor a las consecuencias inmediatas de esa enfermedad que cree padecer constituyen su principal motivo de preocupación y angustia”, definió Hugo Litvinoff, psicoanalista titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Como vemos, la hipocondría es algo más que el temor normal y necesario sobre el estado de salud personal.
“Ahora bien, nadie debería preocuparse si experimenta una hipocondría pasajera; todos vivimos momentos hipocondríacos pasajeros –nos alivia Litvinoff–. Puede ser una reacción normal frente a situaciones de crisis: todos nos preocupamos por nuestra salud cardíaca cuando un pariente sufre un infarto o decidimos dejar de fumar cuando a alguien conocido le diagnostican cáncer de pulmón. Son síntomas pasajeros que no revisten importancia ni merecen mayor atención.”
El problema aparece cuando la certeza de la enfermedad, su presencia inminente y sus consecuencias indeclinables signan el quehacer cotidiano de la persona. Esto es lo que, según estadísticas más o menos globales, afecta al 1 por ciento de la población, aunque muchos especialistas en la materia consideran que el porcentaje que mejor describiría la realidad sería bastante más elevado si se toma en cuenta que la hipocondría es un trastorno que se halla subdiagnosticado (y, por lo tanto, subtratado), pues los afectados evitan la consulta psicológica o psiquiátrica.

Gente preocupada
La noción básica de hipocondría puede ser rastreada hasta los tiempos de Hipócrates. Tanto los griegos como los romanos observaban que algunas personas con particulares estados de ánimo concentraban por demás su atención en su estado de salud, creyendo firmemente ser víctimas de algún padecer originado en la región superior y lateral del abdomen. Allí, en el hipocondrio (hipo, debajo; kondrio, costilla) se hallaban el núcleo de la vida y su contraparte, el lugar de generación de la enfermedad.
En la actualidad, el manual de diagnóstico psiquiátrico DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual) de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana ofrece una visión bastante distinta de este padecer, al que coloca dentro de la familia de los llamados trastornos somatoformes. Las pautas diagnósticas son, al menos en teoría, bastante claras; en formaresumida y esquemática, puede hablarse de una persona hipocondríaca cuando reúne los siguientes requisitos:
1. Preocupación por el temor de tener una enfermedad grave sobre la base de la interpretación errónea de la persona de sus síntomas corporales.
2. La preocupación persiste a pesar de las evaluaciones y palabras tranquilizadoras de los médicos.
3. La creencia de tener una enfermedad grave no tiene un carácter delirante y no se limita a preocupaciones concretas sobre la apariencia (como en el trastorno dismorfofóbico).
4. Las preocupaciones generan un deterioro psicosocial significativo.
5. El trastorno dura más de seis meses.
6. La preocupación no se explica mejor por otro trastorno mental.
Es frecuente que dicha preocupación en relación con la gravedad de la enfermedad que cree padecer surja de una incorrecta interpretación de las funciones normales del organismo. Así, por ejemplo, el ruido que parte de los intestinos o las sensaciones de distensión que pueden expresarse a medida que los alimentos avanzan a través del tubo digestivo pueden ser considerados síntomas anormales de un grave padecer estomacal que espera ser diagnosticado. Lo mismo puede decirse del latir del corazón que aparezca como muy apresurado o irregular cuando no lo es de ninguna de estas formas.
“En general –agrega Litvinoff–, estos pacientes presentan síntomas variables: en enero piensan que tienen cáncer de piel, en febrero que están al borde de un infarto, en marzo que tienen cirrosis, en abril úlceras, etcétera. Algunos, por el contrario, tienen sus temores centrados en una temática (cardíaca, oncológica, por ejemplo), pero son los menos frecuentes. Lo característico de este trastorno es que, en todos los casos, los síntomas no simbolizan ningún conflicto específico (no resuelto), como sí sucede en las enfermedades psicosomáticas.”

Desconexión con la subjetividad
“El hipocondríaco es una persona que ha establecido un corte que lo aleja de su propia subjetividad –define Litvinoff–, un corte que lo deja absolutamente imposibilitado de manejar y expresar sus afectos, sus sentimientos y sus deseos. Pendiente de si ese lunar es un tumor o de que no se siente bien por tal o cual cosa, el hipocondríaco está aislado, no se conecta con su familia ni con sus amigos, vive como metido para adentro sin ningún tipo de contacto con nada que no sea su padecer.”
Resulta sencillo suponer que sea la angustia por ese padecer la que causa esa desconexión con su subjetividad que le impide relacionarse. “Pero es al revés –afirma el psicoanalista de la APA–, el hipocondríaco está tan desconectado con su subjetividad que al ignorar sus afectos, sus sentimientos y sus deseos llega a la hipocondría. Está tan desconectado que el único punto de conexión que encuentra es con su cuerpo, es en sufrir por una parte de su cuerpo que está mal, que está enferma.”
“Pero en el fondo es un individuo que se siente incapacitado de enfrentar la vida, aunque no lo sabe –agrega Litvinoff–. Le teme a la enfermedad y en definitiva a la muerte, aunque muy en lo profundo la desea porque para él la muerte es una forma de liberación. Hay un anhelo secreto de muerte encubierto en el mismo temor de muerte. Y eso está provocado por sentir que la vida le pasa por arriba porque no tiene con qué enfrentarla.”
Para el paciente hipocondríaco, la posibilidad de conectarse con su enfermedad es una forma (fallida) de aislarse para no angustiarse, ya que por debajo subyace un gran sentimiento de debilidad y de inoperancia. “Como suele suceder en este tipo de trastornos, aquí también hay una problemática de negación de los afectos en la infancia –afirma el psicólogo–. El individuo se ha desarrollado en función de buscar una eficacia, pero viviendo sus sentimientos como peligrosos, pues para él conectarse con sí mismo significa conectarse con la angustia de su propia debilidad.”
“Ese dolor psíquico que el hipocondríaco no se puede permitir lo convierte en un dolor físico, que él siente que es más manejable.”

Identidad se necesita
Un aspecto paradójico de la hipocondría se presenta cuando estas personas finalmente logran que algún médico poco avezado o que cede a las demandas de enfermedad de su paciente les diagnostica algún padecer. “Que el médico les encuentre alguna afección a estos sujetos puede otorgarles alguna identidad –explica Litvinoff–; de alguna forma, el médico les está diciendo quiénes son. Pero mientras tanto, la deambulación por los distintos consultorios médicos en busca de una enfermedad puede otorgarles sentido a sus vidas.”
Las personas hipocondríacas –la lista de personajes famosos que padecieron la enfermedad es extensa, pero mencionemos al menos a Charles Darwin o a Immanuel Kant– tienden a desarrollar estrechas relaciones con sus médicos, con vínculos que nada se parecen a los débiles que suelen entablar con sus familiares, amigos o compañeros de trabajo: “Lo que hacen es desarrollar relaciones con los médicos que sustituyen otras relaciones afectivas ausentes, el aislamiento es suplido entonces por la colonia médica”.
“Un detalle que suele asombrar a los psicoanalistas jóvenes es que, cuando se enferman de verdad, las personas hipocondríacas es como si se curaran de su hipocondría –cuenta Litvinoff–. Sucede que han encontrado su identidad, y eso los tranquiliza pues acotan su angustia a esa parte del cuerpo enferma. Así, cuando pasan a ser pacientes somáticos se convierten en pacientes normales.” Claro que cuando se curan vuelven a ser los mismos hipocondríacos de siempre.
La literatura médica en general coincide en que esta afección es de difícil y complejo tratamiento; por empezar, porque son personas que rechazan habitualmente la consulta psicológica o psiquiátrica. “Son personas que creen que tienen que ir al quirófano y no al psicólogo, sienten que pierden el tiempo –ironiza el psicoanalista de la APA–. De todos modos, de lo que se trata es que la persona encuentre palabras para sus afectos, sus sentimientos y sus deseos, para que así vaya descubriendo su propia subjetividad; que se pueda reconocer como un sujeto, para que así vaya perdiendo importancia la sobrevaloración de su cuerpo que lo aqueja.”
Y aunque las recaídas son frecuentes (en especial cuando la persona se enfrenta a situaciones que le resultan inmanejables, como ser despedido del trabajo, por ejemplo), estas personas son accesibles a tratamiento psicoanalítico o a otros enfoques terapéuticos. “Lo que hay que tener siempre presente es que aun cuando la enfermedad que dicen padecer es imaginaria, estas personas no fingen sus síntomas –concluye Litvinoff–. El sufrimiento es real, de hecho son personas que realmente sufren muchísimo.”

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