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Sábado, 10 de abril de 2004

NOVEDADES EN CIENCIA

Novedades en ciencia

SCIENTIFIC AMERICAN
Si Einstein los viera
En sólo siete días, y si no media ningún percance, dos teorías de Albert Einstein sobre el tiempo y el espacio empezarán a desfilar por el sinuoso camino de la experimentación: desde Vandenberg, al sur de California (Estados Unidos), la NASA pondrá en órbita terrestre una sonda –no tripulada– con cuatro esferas de cuarzo del tamaño de pelotas de ping-pong en una cámara sellada al vacío. A unos 640 kilómetros de la superficie, la Gravity Probe B medirá por 16 meses pequeñísimos cambios en la gravedad, cómo el espacio y el tiempo se deforman ante la presencia de la Tierra, y como la rotación de nuestro planeta tuerce y arrastra consigo misma al espacio y el tiempo con un juego de “las esferas más perfectas jamás hechas”, según aseguraron los directores de esta prueba que llevó por casi 45 años el rótulo de “proyecto” (desde que fue propuesto por primera vez en 1959, el experimento fue postergado varias veces por problemas técnicos).
Para no alterar las medidas, las cuatro esferas (giróscopos) deben permanecer congeladas a una temperatura cercana al cero absoluto, dentro del recipiente al vacío más grande que haya sido lanzado al espacio. Allí, las esferas empezarán a girar: si Einstein tenía razón (en 1916, el gran físico alemán propuso que el espacio y el tiempo tienen una estructura que se curva ante la presencia de un cuerpo), debería haber cambios ligeros en la orientación de las pelotitas.
Si bien Einstein alteró como pocos la concepción humana sobre el espacio, el tiempo y el universo, no todas sus magníficas ideas pasaron por el túnel de la contrastación empírica. Ocurre que las predicciones de la Teoría General de la Relatividad son casi imperceptibles desde la superficie terrestre. Pero en el espacio la cosa es distinta, y ahora que la tecnología lo permite, no hay científico que se quiera perder la oportunidad de hacer el experimento que el gran Albert hubiera ansiado dirigir en vida. No es que muchos duden de él (o al menos, no lo declaran públicamente), pero una cucharadita de contrastación no le viene nada mal.

NewScientist
El Stonehenge español
Al ver las fotos, resulta casi imposible no confundírselos con los enigmáticos y negruzcos monolitos que perturbaban el sueño de Dave Bowman en 2001: una odisea espacial y a los demás protagonistas de la serie creada por Arthur C. Clarke (2010: Odisea II, 2064: Odisea III y 3001: Odisea final). Pero estas construcciones en forma de T, llamadas “taulas” (mesa en catalán), ubicadas en la mediterránea isla española de Menorca (vecina de Mallorca) no tienen nada que ver con extraterrestres ni con los muchachos de la ciencia ficción. Se trataría, en realidad, de las piezas fundamentales de un complejo de sanación, según aseguró el arqueueoastrónomo Michael Hoskin (Universidad de Cambridge, Gran Bretaña): “Se sabe desde hace mucho que estas construcciones que datan de la Edad de Bronce fueron santuarios: se encontraron enterrados numerosos huesos que habrían formado parte de rituales de sacrificio”.
En el lugar también se hallaron, para sorpresa de muchos, una estatuilla de bronce de un toro y una figurita egipcia con la inscripción jeroglífica que dice “Soy Imhotep, el dios de la medicina”.
Los 30 monolitos (ocho de los cuales quedan en pie) están orientados hacia el sur en correspondencia, según Hoskin, con la Cruz del Sur y la constelación del Centauro, visibles ligeramente sobre el horizonte desdela isla hace unos tres mil años. Según la mitología griega, el Centauro —ser con cabeza de hombre y cuerpo de caballo– fue quien le enseñó el arte de curar a Asclepius (Esculapio), dios de la medicina. “Así pues, es posible –aunque no está del todo comprobado, claro está– que la cultura talayótica (1300 a 800 a.C.) haya compartido la misma percepción del Centauro, y las taulas hayan sido construidas y orientadas no aleatoriamente sino para aprovechar sus “poderes” curativos”, indicó Hoskin.
A los habitantes de la pequeña isla de Menorca (de apenas 700 km2 y que cuenta con más de dos mil vestigios prehistóricos, romanos, paleocristianos y árabes), la teoría no los espantó para nada. Mientras traigan bandadas de turistas (con muchos billetes para gastar), las hipótesis de Hoskin –por más curiosas que sean– serán bienvenidas.

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