futuro

Sábado, 23 de noviembre de 2002

Un balance del café

Por Leonardo Moledo
El café del martes pasado cerró el ciclo 2002 de Café Científico que organizó el Planetario de la Ciudad de Buenos Aires, con la complacencia de Página/12 y el suplemento Futuro, que publicó, en cada caso, un resumen en su entrega del sábado inmediato. El comienzo es formal, pero la experiencia no tuvo nada ni de formal ni de solemne: los Cafés Científicos que se organizaron en la Casona del Teatro tuvieron una respuesta masiva, que en ocasiones desbordó la capacidad del bar. Durante este año se abordaron los siguientes temas: Dormir y soñar, La física después de Einstein, Mi Buenos Aires arqueológico, Usos de la energía nuclear, Los comienzos del lenguaje, ¿Debemos confiar en los expertos?, La ciencia y la guerra, Lo que quedó de la clonación y La vejez, ¿se puede detener?, cuya crónica publicamos hoy.
La idea es, sigue siendo (y seguirá, ya que en el 2003 habrá un tercer ciclo) transformar la ciencia en conversación. No es seguro que se haya logrado así como se planeó; sea como fuere, los cafés tuvieron algo de conferencias, si bien a lo largo del ciclo fue creciendo el espacio dedicado a las preguntas y al diálogo entre los científicos y el público. Diálogo, y eso es lo importante, porque la situación del café es escenario de un doble aprendizaje: por un lado, el público escucha y se entera de resultados científicos, de la metodología y la forma en que los científicos trabajan, del estado de la ciencia en determinadas cuestiones, y además, ve a los científicos en carne y hueso. Pero, y esto es todavía más interesante, también los científicos aprenden: la conversación entre pares suele abundar en tecnicismos y sobreentendidos, la conferencia magistral en los congresos, seminarios, universidades, se desarrolla en un lenguaje técnico del cual son cómplices tanto las audiencias como los expositores; en las notas periodísticas y mediáticas en general, los científicos suelen sentirse vigilados por sus colegas, al acecho de cualquier error o falta de precisión. El Café Científico pretende romper con la idea de conferencia pedagógica y abrir el mano a mano. Un mano a mano que, aunque resulte difícil de creer, es la sustancia misma del desarrollo científico, ya que las grandes teorías se incorporan a la cultura y empiezan a formar parte constitutiva de ella cuando salen de los laboratorios y las universidades y se integran al habla y al acervo del conocimiento cotidiano; esto es, cuando se integran a la conversación. Y muchas veces, los científicos no saben cómo difundir sus conocimientos, porque no existe un sistema informal de popularización de la ciencia. El Café Científico, en ese sentido, es también para los investigadores un campo de entrenamiento: ¿qué lugar mejor que el café para la conversación? Y bueno, no se puede cerrar este ciclo de café sin agradecer a todos los que han participado en ellos, científicos y público, y a la gente de la Casona del Teatro, Rosa Muñoz, Walter Santillán, Luis Díaz y Gabriel Pedace y Gustavo Faría que amablemente cumplieron con la tarea de lograr que el ámbito fuera lo que debía ser: un lugar donde se toma café y se charla sobre ciencia.

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