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Viernes, 2 de octubre de 2015

DEPORTES

Botines para el Día de la Madre

Hace cinco años, Mónica Santino llevaba su proyecto de fútbol para y entre chicas a la Villa 31 como una forma de empoderamiento y armado de redes que sirviera de escudo contra la violencia machista, los embarazos tempranos, los destinos en apariencia marcados. Hoy la camiseta se transpira con orgullo y fiereza, se vibran los goles, se proyectan competencias más allá de cualquier frontera y los botines se convirtieron en regalo deseado para madres y para hijas que no quieren ser princesas sino mostrar que en la cancha la fiereza de las minas luce su mejor juego.

 Por Luciana Peker

El pelo cae atado en una cola de caballo y se ataja antes de los shorts y los botines turquesas salteados de verde fluo. Una niña pasa acunando una pelota blanca. Un niño cruza la espalda de su mamá y él duerme mientras ella agita. La tarde se perfuma de humos y la cumbia tararea el aire. El sábado 26 de septiembre la cancha de fútbol de la Villa 31 encuentra a “Las panteras” de Villa Martelli contra “Las pibas”, uno de los equipos locales, además de “Las aliadas”, en la final del torneo “Mi juego, mi revolución”.

En el 2010 Mónica Santino arrancó con el fútbol femenino. Se acunaban a los niños al costadito de la cancha y disputaban con los varones el trono del césped verde liberado para un sábado. En cinco años no solo se multiplicaron las jugadoras. Los botines para niñas son el regalo infantil de las que no quieren ser ni Cenicientas, ni Princesas, sino patear mucho más lejos. La hinchada es propia. Y permiso ya no pide nadie. Del pasado solo quedan unos dinosaurios con los que juega un nene que mira como las grandes también juegan. Y mira otra historia, tal vez la mayor conquista. No se trata de necesidades, sino de deseos. Se canta. Y se festeja. Y se viaja. Seis chicas de la Villa 31 viajaron a Alemania, junto a Mónica Santino y a la entrenadora y jugadora Juliana Román Lozano, a Berlín, para el festival “Sin Fronteras” que no derramó lágrimas por las banderas sino que hizo mescolanza de equipos y les dejó de regalo un álbum de figuritas sin brillantina ni ídolos millonarios, varones y lejanos. Las protagonistas de las fichus eran ellas. Viajaron el 27 de junio, con un equipo donado por el Consejo Nacional de las Mujeres, después de contarle su historia a Victoria Montenegro y Alicia Kirchner y fueron recibidas por la canciller alemana Ángela Merkel. Estuvieron hasta el 6 de julio en Berlín. Y, a la vuelta, la patria les quedó más ancha y, a la vez, más arraigada en su propia cancha.

Si hay una verdadera cachetada a la violencia es la sonrisa descarnada de las chicas que salen traspiradas de la cancha grande. No solo ponen el cuerpo. Lo potencian. Y no solo juegan las que juegan. El viento sopla también en las caderas empujadas por la cumbia. El fútbol no se ve. Se vibra. El periodismo deportivo no se enteró de la revolución de las pibas. Y el feminismo apenas se asoma al golazo que ya nació en los barrios bajos sin la corrección de los corsets y haciendo del deseo un desliz por los botines que apuntalan a los pies.

El sábado de fútbol arrasa. Una cosa no impide la otra. La garganta se hace risa, canto, brazos arriba y pide vaquita para que la sed no le gane la partida a una birra bendecidamente colectiva. El espectáculo termina con entrega de premios que no junten polvo, sino transpiración, incluso la sangre roja en la rodilla que es -a su modo ardiente- otro trofeo de la piel descarnadamente viva. Las panteras ganan el primer puesto, “Tu vieja” el premio a juego limpio y El Pollo se lleva la medalla como mejor jugadora. La palabra grossa se grita ante cada triunfo. Los pelos de arcoiris entre azules y rojos borravinos aplauden al lado de Mirta, seguridad de la disco “La iguana”. La barra es un mosaico de femineidades libres de antojarse en cuerpos y colores para todos (sus) propios gustos y elecciones. Los patys fallaron porque se rompió la camionetita, pero se promete un futuro asado y se juntan energías con sopa de maní de un tiempo extendido junto a las piernas extendidas. Y con el futbol nace su mítica: una nueva generación de comentaristas. “Lo que más me gusto del campeonato fue que cada vez que golpeaban a una la levantaba la compañera”, retrata Camila Capi, 15 añitos, periodista de “Flores Silvestres”, de la FM Bajo Flores.

El sueño de las chicas de La 31 ya no pide permiso, ni un ratito, junta más gente que el partido de los varones (que reemplazan a las chicas con respeto y menos barullo e hinchada) y es alma y vida de Mónica Santino, alma mater del fútbol femenino, feminista y popular en Argentina. Mónica es la entrenadora de “Las aliadas” y del programa de fútbol del Centro de la Mujer “Diana Staubli”, de Vicente López; Presidenta de la Asociación Civil “La nuestra”, que tiene el objetivo de formar un club de fútbol femenino y promotora de un proyecto de recreación para mujeres grandes, en la zona sur del conurbano bonaerense, del programa “Ellas Hacen”, del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Mónica peleó adentro y afuera de la cancha los lugares para las mujeres. Pero sabe que el mayor obstáculo es la discriminación. Así que su pedido es clarito. Quiere tierra para un club donde las mujeres no se choquen con más obstáculos. “La nuestra”, para que quede claro. Y logren el mayor logro de Mónica: la sonrisa del cuerpo propio. “Empezaron a venir nenas más chicas de ver a las más grandes. Las nenas vienen vestidas de fútbol, no faltan, vienen acompañadas por la familia. Te das cuenta que hay una rotura del paradigma”, destaca el crecimiento del fútbol niña en la villa 31.

No es su mano derecha, sino, en todo caso, la pierna que pasa goles y destraba barreras. Juliana Román Lozano es colombiana y tiene la pasión a flor de piel y la rendición extraviada de su diccionario de aguantes. Ella vino hace diez años como jugadora, se canso de los ninguneos oficiales al futbol femenino y se recibió –ella sola entre 86 varones- de directora técnica en la Asociación de Técnicos de Futbol Argentino. No hace falta apellidarse Mascherano para poner garra. A Juliana en Alemania la vio jugar Nadia Assan, la fundadora de Girl´s Futbol Academy de Beirut, Líbano y la llevo a una temporada -del 15 de julio al 4 de septiembre- al lado oriente de la vida. Allí compitió con equipos de Egipto, Siria, Libia, Palestina y Jordania. Juliana jugó con temperaturas que le derretían los botines y traspasó límites físicos que no había conocido, mientras la muerte se le aparecía como la peor rival y la religión jugaba con hiyab entre sus compañeras con rostro escondido.

En la Argentina donde el fútbol es tan popular las trabas, igualmente, son muchas más de las que están a la vista. Por eso, Juliana, juega por afuera de la liga oficial: “No tengo ganas de ponerme una camiseta y defender a ningún club porque ningún club me defiende a mí y me trata como merezco ser tratada como atleta. Tomé la decisión política, muy a mi pesar, de no jugar en AFA”, define. “A las chicas las maltratan como cuando jugaba yo hace veinte años con horarios imposibles y miran el futbol como si fueras un varón. Te sacan las ganas, aunque te sobrepones a eso”, describe Mónica.

El objetivo no es encarrilarse en el futbol como show comercial que haga un reality de jugadoras con shorcitos cortos –como alguna vez propuso la FIFA para reactivar con fantasías hot el negocio- sino potenciar la garra futbolera para empoderar a las chicas y cono las chicas empoderadas abrirle la cancha para poder disfrutar. “El futbol es algo maravilloso porque es un deporte de conjunto y obliga a entender las cuestiones colectivamente. Para avanzar en la cancha necesitas el pase de una compañera. Además es un espacio fenomenal para demostrar que los cuerpos de las mujeres son diferentes, que todas lo pueden hacer bien y que no hay un modelo de mujer”, subraya Mónica. Y Juliana agarra el pase y sigue con la pelota hacía el arco de las definiciones: “Pensamos los cuerpos atravesados por el patriarcado y el futbol los deconstruye porque es una herramienta de placer. Es hacer lo que te gusta, caerte y levantarte. Mientras que la sociedad te dice que no hagas lo que te gusta, no corras, no te caigas, no abras las piernas. La musculatura del cuerpo es un hecho político. Y eso nos hace felices. Por eso, lo lindo del viaje a Alemania fue ver a mujeres de todo el mundo peleando por la misma herramienta”.

El Pollo se ríe desde la tribuna de la 31 de su sobrenombre en alemán. El Chicken levanta oleadas de risas y el premio a la mejor jugadora. Y ella también. Se llama Karen Marin y tiene 19 años, su mamá vende pollo y así como vive la llaman. “Es una familia para mí”, define a su equipo, con el pelo corto escondido en un gorro Adidas y la alegría desbocada en cada palabra. “Conocí a otras chicas que nunca me imaginé conocerlas”, recuerda en su nostalgia power.

El fútbol me sacó la bronca

Constanza Rojas tiene 24 años y es niñera de dos nenitas de una amiga y también entrena a algunos chicos en Retiro a cambio de unos pesos. Terminó el colegio y quiere arrancar el 2016 con un curso de pastelería. No es un curriculum vitae su vida, sino un patadón al podio donde la bravura puede volverse boomerang y el riesgo mucho más que un rasguño. “En mi vida Moni es una referente muy grande porque yo antes las cosas no las dialogaba. Me agarraba a las piñas con otras chicas o con cualquiera. En cambio, ella me alentó a estudiar, tener amistades, hablar. Antes había chicas que no me conocían y me tenían miedo –relata-. Pero después vi como había chicas que arreglaban los problemas hablando”. El aguante a veces es un paredón sin coartadas. Constanza sabe bien de qué habla y de que no le hablaban: “Lo que pasa es que no sabía mis derechos, no sé si somos tan marginados, pero a veces te esconden algunas cosas para que nosotros no aprendamos a dialogar y a tener un vocabulario concreto”. Y habla para dejar sin palabras: “Cuando me subí al avión me emocioné mucho porque es algo que nunca en mi vida hubiese pensado. Yo antes me drogaba y choreaba y creí que iba a morir siendo chorra. Me puse a llorar porque pude cambiar mi vida. Antes, además de por mi necesidad, robaba por hobby para tener poder acá adentro. Si robás afuera, peleás a las piñas, te agarrás a los tiros es para tener poder y liderar al otro barrio. Pero el fútbol me ayudó a sacar toda la bronca”.

No enojarse, saludar al rival, estar tranquila, no estar mal porque sino el equipo se cae, la próxima va a salir mejor. Esas son algunas de las claves potreras de Constanza, con campera roja y blanca y un paso por River. Pero no es una potra domada. “Si viene la policía y me dice que me ponga contra la pared yo se mis derechos y le digo que no tengo ninguna sustancia y no me pongo nada. Yo sé mis derechos. A mí el estudio y el fútbol me abrieron la cabeza”, levanta.

El fútbol no es (solo) un juego. Cambia. Silvina Barraza, de 32 años y encargada de edificios en Flores es mamá de Milagros, de diez años. “Yo mucho tiempo estuve juntada y era mi hija, mi marido, mi casa y nada más hasta que mi amiga me trajo al futbol y ahí me rebelé. Ya está. Me iba a la cancha y se la tenía que comer. Y además te dan ganas de venir porque estas con las chicas y te cagás de la risa y también viene mi hija y entrena. Me pidió un par de botines y le tuve que comprar. Eso es un gran logro”. Y va a venir el que o la que venga. Silvina está embarazada de cuatro meses y llevó, sin saber, su embarazo a Alemania. “Lo que más me gustó es el equipo de las chicas porque siempre buscamos la forma de solucionar los problemas y lo que más me gustó es cuando en Alemania pusieron la foto de nuestra cancha porque ahí caímos de donde habíamos llegado. Eso fue un flash re grosso”, remarca.

Tamara Romero tiene 25 años y orgullo de sobra. Estudia en una sede de la Universidad de La Matanza en Congreso y la bajada de Retiro no es un lugar de tránsito. “Está bueno que porque vivís acá empiezan a decir que robás o sos vago y no tiene nada que ver. Me preguntan de donde soy y digo que soy de acá y juego al fútbol”, cuenta. Yanina Brandam, en realida, es Curi y ella trabaja en una cooperativa en la limpieza de las calles de Buenos Aires. En Alemania se lesionó en una rodilla y fue el centro de mimos de sus compañeras. “Las chicas me acompañaron en todo momento. Fue un sufrimiento no estar en el partido porque es una felicidad para mí jugar al futbol”, subraya Curi.

Patear la violencia

En la 31 se juega los martes y los jueves, pero después del partido hay un taller organizado por la Comunidad de Conchudas Insurgentes (Cocoin). Jimena Aon, zapatera y tallerista de educación popular –formada por Claudia Korol– de Cocoin es una de las que hacen hinchada y en un galpón tiran otras pelotas como la pregunta “¿Por qué hablamos de género cuando hablamos de fútbol?”. Las respuestas se buscan, pero Jimena lanza: “El nene va a jugar y va a jugar, la nena primero tiene que hacer la tarea, cuidar al hermanito, hacer las compras. Las mujeres siempre tienen que negociar antes de poder salir a jugar. Y por eso se trata de empoderarse a que tienen derecho a jugar desde chiquitas hasta grandes que no lo tenemos y no nos lo permitimos en la adultez. Las pibas nos hacen entender que es muy importante jugar y jugarse”.

En las políticas públicas contra la violencia machista patear la pelota es una herramienta fundamental. “Una mujer que juega al futbol muy difícilmente se convierta en una victima de violencia de género cuando atraviesa un camino de algo que supuestamente es masculino y vamos descubriendo que no lo es”, describe Mónica un camino que también es largo, intenso, con ziz-zag tan atrevidos como una cancha. Pero también desafía al feminismo académico a un feminismo de goles y pasesitos.

“El feminismo sigue viendo al deporte como el último orejón del tarro y prefiere las viejas lecturas. Chicas, larguen los libros y vean lo que pasa en una cancha –convoca Mónica– que tiene un montón de implicancias que transforman la realidad”.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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