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Viernes, 15 de marzo de 2002

PERSONAJES

Una masa

El 8 de marzo y el Festival de Tango fueron el pretexto para que la cantante y compositora Liliana Felipe llenara de algarabía el teatro Alvear con su espectáculo “Tangos de autoayuda” y demostrara que continúa con el hábito de salirse de madre.

 Por María Moreno

Liliana Felipe sigue pareciendo aquella giganta de la que hablaba Baudelaire, pero un poco menos enjuta porque dejó de fumar. El año pasado, en su función de La Trastienda, amarreteó algunos tangos. Ahora, con el pretexto del festival, que cerró el sábado, los cantó en serie, con muchas novedades que si Gardel viviera, más vale que no sucediera.
–Nada más te voy a leer esta letra que es muy tradicional, pero es un tango (saca una parva de papeles). A ver qué te parece la mezcla. La escribí en septiembre del año pasado y de un tirón cuando me fui de aquí: “Como Madame Bovary, todos tenemos un amante por ahí/ Como Madame Butterfly, todos tenemos un suicidio en stand by/ Como Madame Pompadour, ya no queremos continuar en este tour/ Como Madame Recamier, nadie se acuerda del periódico de ayer/ Esta ostentación grandilocuente,/ napoleónica y mayúscula/ no exige responsables y pagamos y pagamos/ y no existe algún veneno para ratas/ que aprovechan sexegio gobierno/ para hacer los agujeros que pagamos y pagamos y pagamos./ Como Madame Bovary, tenemos deudas con el FMI / Como Madame Butterfly, te jode un gringo y no te dice ni good bye/ Como Madame Pompadour, tanta miseria nos da un toque de glamour/ Como Madame Recamier, al más corrupto le decimos canciller./ Esta desmesura prepotente,/ monolítica y nefasta/ no merece comentarios, pero el precio/ que pagamos es tan alto/ que la deuda, esa nunca no nos la acabamos,/ y pagamos y pagamos y pagamos/ Esta desvergüenza chabacana,/ delirante, analfabeta, desquiciada, sanguinaria,/ maquiavélica y grotesca,/ perfumada y apestosa,/ antropófaga, violenta, que aguantamos y aguantamos/ y aguantamos/ y aguantamos y aguantamos/ hasta que ya no aguantamos más y se van a la puta madre que los recontra mil reparió”.
–Parecía una profecía.
–Casi.
–Ahora, no me lo imagino como una letra de tango.
–Es un tangazo.
–Un tango, digamos.
–Mirá, allá en México también hay un ambiente tanguero muy convencional como aquí, con las revistas del entrevero, la escuela y la academia para las que yo no existo. Definitivamente, ¿sabés, que eso es genial? No existir, porque entonces hacés lo que te hincha un huevo. ¿Así que dudás de que sea un tango? “Cooomo Madame Bovaryyy/ toooooodos teneeemos un amaaante por ahííí...”
La Felipe se sale del silloncito Imperio del hall del hotel Nogaró donde se aloja, y se para bajo lo que parece ser la misma araña de bronce de la habitación de la Amalia de José Mármol, pero con bombitas, aunque falten los jilgueros en su jaula, que no cantan porque son literarios. La que canta es ella, Felipe, que a menudo escribe canciones desde el punto de vista de una ballena. El recepcionista está apuntando en el libro de entradas a un norteamericano que pregunta no dónde queda La Boca o PuertoMadero sino “una toma de fábrica, un escracho... Para ir a un piquetero, ¿puede ir en remise?”.
“¡Cooomo Madame Pompadououuur, te jode un gringo y no te dice ni good byyye!”, ha seguido la Felipe. Y el gringo la mira porque seguro que también la ve gringa a ella y aferra un bolso de una de las marcas denunciadas por Naomi Klein (la autora de No Logo) para irse detrás del botones y Felipe va llegando a la parte de “Aguantaaamos y aguantaaamos y aguantaaamos/ hasta que ya no aguantamos mááás”. Da una mezcla de vergüenza y honor.
–Sí, sí, sí, es un tango. ¿Y qué más?
–Y tengo esta canción nueva que viene con una reflexión de Lactancio.
–...
–Lactancio, de los romanos. “O Dios quiso quitar el mal del mundo y no pudo,/ o pudo y no quiso,/ o no quiso ni pudo,/ o quiso y pudo./ Si quiso y no pudo, es impotente,/ y esto es contrario a la naturaleza de Dios./ Si pudo y no quiso, es perverso; y esto también es contrario a la naturaleza de Dios./ Si no quiso ni pudo es al mismo tiempo perverso e impotente./ Si quiso y pudo, que son los únicos partidos que convienen a Dios/ ¿por qué existe el mal del mundo?”
–¿Y cómo hacés de eso una canción?
–Al tango “Como Madame Bovary”, un día le hice la música y le dije a Jesu: “Te escribí esto, pero no es lo que tiene que decir, es nada más para que veas la métrica, cómo tienen que sonar las palabras: ‘Como Madame Bovary todos tenemos un amante por ahí’, y luego fue una parte elemental de la canción. Ayer por ejemplo salí a fumar afuera y dije: “Bueno, también se podría pensar que hay gente que cree que la vida es un calzón sucio, pringoso y viejo para tirar, y otra que cree que la vida es una bombachita para estrenar cada vez”. Entonces fui y le dije a Jesu: “¿No te gustaría?”. “Claro, vamos a hacerlo.” A esta otra canción la hicimos porque una amiga se peleó con su novia, y entonces hay cosas que describe relacionadas con su odio en ese momento: “Si por el vicio, si por el vicio me dejas/ no se te olvide poner entre tus triques/ los dos tomos de María Moliner/ para que entiendas que el vacío no es tu ausencia/ y que silvestre no es lo mismo que revueltas/ vivir conmigo no es peor que estar contigo/ pero te conozco mosco tanto que te desconozco”. Y luego la letra dice que la otra se lleve el horóscopo chino, el tarot, el I Ching, para que no se enrede las enaguas al cruzar las grandes aguas. Y termina: “No va más, no va más/ Duermo sola yo con mis huesos,/ duermo deteniendo el techo/ Por lo que fue brindaremos/ voy al súper y tú cierras la llavecita del gas,/ dejame escrito algún adiós, una receta/ cuando regrese no te quiero ver la jeta”. A veces las canciones mueren, duermen ahí eternamente y otras no.
–¿Hay marcas de otros autores en tus letras, por ahí de la lengua oral o de un chiste con Jesusa?
–Yo, sobre todo, escucho –tal vez es una locura mía, además lo tengo que oír con audífono, es insoportable, no lo puedo poner fuerte en mi casa porque Jesu me mata– a Shostakovich, que me abre el cerebro.
–¿Y todas esas “chanchadas”?
–Mi material de lectura siempre será algo que hable contra la Iglesia o del manual del inquisidor, ¿no? Digo, es raro que yo me ponga a leer una novela gringa sobre la salud si es un pueblo que come mierda. No es mi intención ser blasfema, pero es que mi cerebro está jodido, por eso salen cosas así.
Esto diciendo, se levanta, va a la cabina telefónica y responde a un reportaje donde se recortan expresiones “neoconservador de la chingada” y “todos los milicos son unos hijos de puta” (éste, en el recital fue uno de sus más repetidos versos). Desde el juego de living del Nogaró se puede ver su pierna izquierda levantada en el aire y haciendo chasquear lachancleta porque ella es así de cómoda y esa noche actuará otra vez en camiseta y calzoncillos largos (ella los llama culottes y los describe como “para señoras que ya usan pañal”). Luego vuelve y consulta: “Mirá, hay un tema que se llama ‘No te lo puedo decir’ que dice: ‘No es inyectable, no se chupa, no idiotiza/ No está en el Sambors, no se mete, no suaviza/ No tiene precio. No está en la Bolsa/ No paga impuestos igual Televisa/ No es compatriota de nadie, no va a misa./ No es un aborto (que el Papa canoniza)”. Y entonces mejor le pongo, en lugar de “No está en el Sambors”, “No está en el súper” y, en lugar de eso de los impuestos y Televisa, digo “No son los chorros del Banco de Galicia”. ¿Qué te parece?
–Que ahora vas a tener que dejar de contarme las letras para contarme tu vida porque esto es una nota de tapa.
–No jodas.
–O al menos tu vida como ballena.
–Pero si yo tengo cara de caballo.
–Pero cantás muchas canciones desde el punto de vista de las ballenas.
–Es que las ballenas me emocionan. ¿Cómo podían ellas comunicarse antes de los barcos y antes de las ondas? A mí me tocó presenciar un suicidio masivo de ballenas. Fue terrible. Sobrecogedor. Claro que yo no soy de esas luchadoras de Greenpeace, ni estoy en ningún organismo así. Pero como vive una amiga oceanógrafa, allá en Baja California, tengo un proyecto de irme más o menos un mes allí, para empezar a diseñar un disco de solidaridad con las ballenas. Tuve un problema porque con Jesusa escribí: “Soñé que se me caían los dientes/ soñé que mis dientes enormes como submarinos/ se iban al fondo del mar”. Y mi amiga me dijo: “No son dientes, son precisamente ballenas”. Entonces reemplacé la palabra “dientes” por la palabra “barba”. Es una canción de una ballena que está soñando y que luego se despierta y ve que el agua está muy bonita y piensa que qué bueno que soy ballena y no un japonés, ojete mata ballenas, o un gobierno que se hace de la vista gorda, como si fuéramos tan chiquitas y ora sí que con pena, pero qué bueno que soy ballena y no un ser humano.

Hasta siempre verte,
Jesusa mía
Liliana Felipe está “casada” con Jesusa Rodríguez, una actriz genial metida en un cuerpo miniatura al que no vacilará –durante el recital de la noche del 8 de marzo– en cubrir con ropa de soldadera zapatista más el fantástico agregado de un pene de goma que ella utilizará para amenazar al público con un chorro de insurrecta orina. Todo para anunciar la transexualización del universo. A los bigotes ni se los sacaría siquiera para besar a Liliana, al terminar su intervención donde recomendaba lo bueno que es ser hermafrodita, sobre todo cuando se busca empleo y los avisos dicen “ambos sexos”.
–Con Jesu, cuando nos conocimos, desde ese momento nos enamoramos y empezamos a vivir juntas. Yo había ido con Tununa Mercado y con Nora Saga a ver una obra sobre Sylvia Plath llamada Vacío donde actuaba Jesusa y todo su grupo, el Sombras Blancas, y entonces una de las actrices me vio a mí, y dijo que yo era idéntica a su mamá, que había muerto hacía seis años. En ese momento Jesu me vio y bueno... le gusté mucho. Al final vinieron todas ellas a encararme. Yo también me enamoré de Jesusa y de ahí seguimos.
–¿Siempre fue un romance público?
–Nunca tuve necesidad de ocultarlo, ni de disimularlo, ni de nada. Es cierto que Jesu y yo no somos de las que andan besándose en la calle o provocando. Simplemente vivimos lo que tenemos que vivir. Pero, por ejemplo, el día que nos casamos –en chiste–, el año pasado, fue un jueves y el domingo cuando fui al mercado a comprar verduras, Tere, la limonera, tenía la revista con la noticia y se la mostraba a todos. Yo creo que la gente nos festeja porque El Hábito, el sitio que tenemos conJesusa, cumplió once años y es también el resultado, no sólo del trabajo sistemático, concienzudo, constante, sino del amor. Como si todos dijeran: “Estas dos pueden hacer esto gracias a que se quieren”.
–Entonces el machismo mexicano tiene sus fisuras.
–El machismo siempre es muy exageradamente doble. En el sentido de que está el tipo, el macho, el bigotón, pero que tiene a su amante jovencito, y la discusión es sobre quién se la mete a quién, y eso de “yo no soy puto porque no me dejo penetrar; yo penetro, pero no soy puto”.
–Pero nunca te han agredido.
–Una vez sí, en el Aeropuerto de Ezeiza. Era el día en que llegamos, creo que en el ‘85. De pronto me puse a darle masajes a Jesu en los pies. Una señora vino y preguntó: “¿Qué están haciendo?”. “Le estoy dando masajes en el pie”, contesté. “No es el lugar adecuado para darle masajes”, dice. “Ah –le pregunto–, ¿y dónde está el lugar donde se dan los masajes en este aeropuerto?” Se fue diciendo: “Vayan a hacerse sus cosas a otro lugar”.
–Estaban en la Argentina.
–Lo que tiene de bueno, la relación entre Jesu y yo, es que las dos hacemos algo muy diferente, pero que se puede complementar. Hay momentos en que yo me desbarranco y entonces está ella y al revés. No hay esta cosa de la envidia, ni de los celos. Eso no existe. Nunca existió. Claro que Jesu es más protagónica en las cosas. Yo no, ni me gusta ni me interesa. Yo no soy capaz de pasearme como ella con un vestido totalmente transparente donde te estén viendo la concha o las nalgas, como hizo hace poco en El Hábito, donde la distancia con la gente es casi nada. ¿Sabés lo que inventó en Venezuela? Se llevó mota. Ahí, haciendo Frida, en el teatro Alvaro Carreño y con las cámaras de HBO, se puso a fumar. ¿Y qué podían hacer si era teatro?

¿Cuál Marcos?
¿El comandante?
Ya parezcan canciones de protesta, de catarsis erótica o panfletos de sublimación política o denuncia pública –como si fueran periódicos orales o bandos–, los temas de Felipe siguen favoreciendo algo de ritual entre clandestinos y esa noche, en el Alvear, el fervor se repartía entre disidentes sexuales y exiliados políticos, los últimos como si fueran a evocar tiempos durísimos, pero acompañados por ese piano furioso y esa lengua desbocada. Pero, aunque se la asimile fácilmente al progresismo, la Felipe no es, como se piensa, zapatista, de cajón.
–A mí me conmueve toda la historia de los grupos de indígenas zapatistas porque creo que ellos tienen otra cosmovisión de todo. No sé si me gusta mucho la figura emblemática de Marcos, o su cosa militar. Sí creo que es un tipo súper inteligente. Pero me acuerdo de que cuando comenzó toda la cosa, yo no participé directamente, pero sí enviaba miles de fax. Esto es típico de lo que suelo hacer: no aparezco, pero ¡cómo jodo! Cuando fue el levantamiento, estábamos ahí, frente a la Secretaría de Gobernación, por supuesto. Pero no fui a la Convención Nacional.
–¿Por qué?
–Porque yo no sé vivir en la selva ni andar con barro hasta las rodillas, porque me da pavor que me pique un mosquito, porque no tengo vida aventurera en absoluto. ¡Odio la aventura! A mí me gusta la aventura del cerebro, de la tranquilidad, de cocinar, de charlar con alguien o de ponerme a que algo me salga. Los que fueron –entre ellos Jesu–, estuvieron un día y medio encima de un autobús que se estaba por desbarrancar cada dos segundos. Yo no hubiera podido.
–Te hubieras puesto insoportable.
–Claro. Al volver, me dijeron: “¡Qué suerte que no viniste, si no, nos matabas!”
–Pero militás políticamente.
–A mí me gusta mucho Rosario Robles, del PRD, el Partido de la Revolución Democrática. Es una mujer fantástica que, cuando Cárdenas decidió lanzarse a la candidatura, ella se quedó como jefa de gobierno de la Ciudad de México, y su gestión fue increíble. Ahora creo que va a ganar, va a ser la directora del Partido de la Revolución Democrática, que había caído en una suerte de burocracia tremenda. Entonces me voy a nacionalizar –con lo cual no perdería mi condición de argentina– para poder apoyarla..
–Esta vez se te ve como reconciliada con el país.
–Con esto que ocurrió en diciembre, me siento orgullosa de ser argentina; antes no. Era una cosa que ni siquiera intentaba pensar. Hay un libro de Sandra Lorenzano sobre el hecho de sobrevivir y que me permitió a mí volver a recuperar cosas que había sentido y no sabía explicar. Es un libro sobre la dictadura argentina escrito en México, un análisis de las narrativas de ese período. Por ejemplo La casa y el viento, de Héctor Tizón. Es algo muy asfixiante lo que destila ese texto. Esa extensión de la puna. El último pueblo perdido de Jujuy. Aquella inmensidad. Un tipo solo que dejó atrás todo, que no sabe a dónde va, cuya casa es el viento. Una o dos personas perdidas en la última escuela. Pero igual llega, en medio de esa nada, la camionetita o el jeep. Siempre está la presencia del ejército. A veces pienso que a este país lo han convertido en una ratonera.
–Y en ese libro entendiste cosas que antes todavía no podías pensar.
–O que yo no me había atrevido a sentir así. En la dictadura uno se borraba el cuerpo, porque era el objeto del dolor, entonces creo que nos convertimos en puro cerebro para que no doliera. Eso que contaba el libro, y que yo había sentido y no podía nombrar, me dejó helada. Cerré el libro y dije: “Sí, claro”. A lo mejor no lo sentí tanto porque yo me fui muy jovencita a México. Ni sabía lo que pasaba, no me daba cuenta, yo estaba en esto del piano. Cuando desapareció mi hermana Ester, mi papá me escribió para que me quedara. Pero luego sí sentí esa cosa del no cuerpo, no sé si en mí o en los que se quedaron aquí.
–El año pasado dabas la impresión de que seguías percibiendo en la Argentina la atmósfera de la dictadura.
–Aún percibo la continuación del mismo proyecto. Me parece que la mayoría de la gente que hicieron desaparecer es la gente que había previsto o sabía hacia dónde podíamos ir, ¿no? Para instalar gobiernos como los que se instalaron era necesario que no existiera la clase política que desapareció. Entonces, todos agachaditos y sin juzgar lo que ocurrió. Pero yo no sé de esas cosas, es un sentimiento, nada más.
–Pero tenés una militancia en el feminismo. –Yo dediqué dos años de mi vida a luchar por la libertad de una mujer, Claudia Rodríguez, que salió de fiesta una noche con una amiga y el novio, y antes de que saliera el marido le dijo: “Llevate por las dudas la pistolita”. Era calibre 22. En la fiesta, el tipo se tomó una botella de brandy y empezó a agredir a su novia y a Claudia. Estaban en un puente, intentando llevárselo al tipo para que se duerma. En un momento la otra salió corriendo para buscar ayuda porque era un hombre muy grande. Entonces él se abalanzó sobre Claudia. Ella le pidió que no le hiciera nada, que por favor, que ya venían. Entonces el tipo le arrancó la ropa, y ella sacó la pistola y le disparó. El se puso, entonces, furibundo. Hasta que llegaron unos policías a detener a Claudia. Ella les pidió que llamaran a una ambulancia. Pero la ambulancia demoró dos horas. Entonces el tipo se murió, nadie sabe si por el tiro o porque se desangró. A Claudia –que tiene cinco hijos– la metieron presa porque no la había violado. Le iban a dar una sentencia de quince años. Entonces, con los grupos de mujeres que trabajan en violencia, de feministas y militantes de derechos humanos, empezamos una gran campaña. La sentencia hablaba de “exceso de legítima defensa”. Ahora que está libre, eso sientajurisprudencia y pronto se podrá elaborar una ley. ¿Sabés qué hizo Claudia cuando salió de la cárcel? Para dar la conferencia de prensa –es muy bonita– se puso un vestido rojo, muy pegado, muy cortito. Y declaró: “Me voy a dedicar a aprender defensa, porque la próxima vez no le quiero meter un tiro sino pegarle una paliza”. Claudia era una mujer pobre con un marido que trabajaba como cloaquero. Y ella tenía un negocito donde vendía cuadernos, lápices, esas cosas, y los domingos, en la feria, ropa. Ahora, esta flor de tipa se puso a estudiar abogacía.
Junto a otras mujeres profesionales, Liliana Felipe se reúne todos los viernes en la casa de la feminista Marta Lamas para practicar esa militancia eficaz que bien puede convivir con “una buena charla sobre tamaños de pitos”. Ahora se trata de participar en la campaña por el esclarecimiento de los crímenes de mujeres y niñas de Ciudad Juárez, más de 200 desde 1993, la mayoría trabajadoras de la maquila, “esas fábricas de ensamblar Sony, zapatillas, toda esa mierda”.
En el recital del 8 de marzo, Liliana Felipe mostró un piano frenético, pareció una perdida Yegua del Apocalipsis, de esas que integraban el grupo del escritor Pedro Lemebel. Seguramente porque era viernes de caceroleo y eso estaba en la atmósfera de la ciudad, seguramente también porque era 8 de marzo y en la otra cuadra, frente a la librería de La Mujer, estaban las feministas, entre cuyas hordas jóvenes un grupo fue a pintar blasfemias felipescas en la Catedral de Buenos Aires; el hecho es que pareció que la cantante sólo iba a parar si se le acertaba con un disparo de gomera bajo el flequillo. El registro fue más nuevo, más político y más alto que en la función del año pasado en La Trastienda. Cristina Banegas, acompañada por Edgardo Cardoso –la invitada especial–, cantó mejor que nunca y casi reinventó “Fumando espero” con unas contorsiones de chez longue muy precisas para sugerir que, en el origen, el tema aludía al opio.
–¿Y ahora Liliana Felipe qué se trae entre manos?
–Big Mother, el Gran Desmadre. Y es una mezcla de “Big Brother” con La casa de Bernarda Alba.
–¡!

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