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Viernes, 7 de enero de 2005

Lejos del glamour

Todavía en septiembre del año pasado, cuando junto a su “ex” James Gandolfini entregó a Al Pacino su ganadísimo Emmy (por Angeles en América), se la veía un poco desmañada al bajar los escalones con un suntuoso traje strapless onda sirena y su pelito cortísimo a la que te criaste. Es que Edie Falco, la actriz catapultada al primer plano de la popularidad y los premios por la extraordinaria serie Los Soprano, aún no se la cree del todo, aunque esa lotería se la sacó en 1999. Gracias a la creación de David Chase, la actriz se permitió en los últimos años estrenar dos piezas que le interesaban en Broadway, y en noviembre pasado presentó ‘night, mother, en el Royal, junto a Brenda Bethlyn. Pero Falco, a los 41 y recién superado un cáncer de mama, tiene bien fresca la memoria de sus años juveniles, humillada por profesores de teatro que criticaban su ceceo y su acento itálico (que corrigió entonces, y luego recuperó orgullosamente para su Carmela Soprano), los “agujeros miserables” en los que vivió a salto de mata, consiguiendo algún laburito esporádico en la tele, haciendo piezas de teatro en el off-off-Broadway con amigos, para amigos.
Con esa carota de huesos fuertes y nariz importante, “demasiado importante”, acota ella, y esos ojos clarísimos, Falco se había hecho notar apenas entre algunos críticos alertas cuando surgió la posibilidad de audicionar para una nueva serie sobre mafiosos de la Costa Este que había sido rechazada por las cadenas de TV abierta (NBC, ABC, CBS, Fox), escandalizadas por el lenguaje soez, la violencia cruda y algunos posibles desnudos (y que HBO se recontrafelicita hoy de haberse animado a producir). Bueno, Edie fue poco esperanzada a la prueba, pensando que Carmela era para una actriz tipo Marcia Gay Harden. Sin embargo, la llamaron para estar en el piloto y le pagaron una suma modesta, porque el compromiso de Chase era tener intérpretes tan buenos como baratos, aunque obviamente si la cosa (nostra) funcionaba en pantalla, los sueldos mejorarían. Falco pagó sus deudas y pensó que todo terminaba ahí.
En verdad, todavía no había empezado nada: la actriz fue contratada –junto a un elenco magnífico que incluye a Gandolfini, Lorraine Bracco, Aida Turturro y, entre otros/as, Nancy Marchand como la despótica madre de Tony (la muerte de esta actriz cambió un poco el curso de la historia)–, la serie arrancó con gran suceso de público y crítica, fue acaparando premios, se conoció en otros países. Y Edie se enteró de lo que era codearse con la fama, ganar mucha guita y darse gustillos artísticos. Como, por ejemplo, hacer en pleno Broadway Side Man, de Warren Leight, y luego Frankie and Johnny in the Clair de Lune, de Terrence McNally, en el 2002, con Stanley Tucci.
Durante esa temporada tuvo un intenso romance con este actorazo, que ya terminó. Pero empezó el tema del cáncer y Falco, que venía de realizar un espléndido laburo en un film de John Sayles (Sunshine State, vista por el cable recientemente), se concentró en el tratamiento. Y salió tan entera en todo sentido que se animó a encarnar el patético personaje de Jessie Cates en ‘night, mother, de Marsha Norman (estrenada en Buenos Aires en los ‘80 con el título de Adiós, mamá, protagonizada por Thelma Biral y María Rosa Gallo). Una mujer infeliz, deprimida, que desde la primera escena va disponiendo su suicidio: pone toallas para que al dispararse no se manche la alfombra, cambia las sábanas, llena la despensa y trata de preparar a su madre.
La actriz antiglamour, que se corta ella misma el pelo y se hace el color, dice que ahora está en condiciones de hacer a Jessie. Más aún: que se siente completamente feliz sobre las tablas del Royal, que le encantaba ir a los ensayos y que está lista para vivir su vida de actriz sin Tony Soprano. En el capítulo 8 de la quinta temporada que está pasando HBO (sábados a las 22), Carmela, separada y enfrentándose con frecuencia al mujeriego capomafia, tuvo un acercamiento casual con Tony, en una fiesta familiar, entre la ternura y el erotismo, pero después él se hizo el oso y ahora ella está furiosa. Quizá muy pronto tenga su desquite porque, hace un par de episodios, apareció –como profesor de AJ, el hijo adolescente– el irresistible David Strathairn y ya la invitó a comer. Vamos, Carmela, todavía.

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