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Viernes, 4 de febrero de 2005

RESISTENCIAS

El paso al frente

Luego de un año de sucedido, el asesinato de la dirigente de Ammar Rosario, Sandra Cabrera, sigue impune. El principal sospechoso fue liberado, la policía sigue disponiendo de herramientas extorsivas porque el gobierno santafesino no cumplió con las reformas prometidas al Código de Faltas, y la Justicia menosprecia los testimonios de las trabajadoras sexuales. En todos estos frentes lucha ahora la sucesora de Sandra, su comadre Claudia Lucero.

 Por Sonia Tessa

El primer aniversario de la muerte de Sandra Cabrera, la fundadora de la delegación Rosario de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (Ammar), no significó nada para la Justicia y el gobierno de Santa Fe. El 27 de enero, una marcha por el centro de Rosario recordó su asesinato impune. El principal sospechoso, Diego Parvluczyk, fue dejado en libertad en noviembre por la Cámara de Apelaciones en lo Penal. El gobierno provincial no realizó las prometidas reformas del Código de Faltas para despenalizar efectivamente el trabajo sexual y quitar herramientas extorsivas a la policía. En cambio, el jueves pasado fue un día difícil para las personas que querían a Sandra. Fue uno más de 365 días difíciles, en los que el dolor no impidió continuar con la lucha que ella había iniciado. Hay quienes la extrañan. La extrañan sus compañeras, acostumbradas a verla llegar en su moto infaltable, para llevar preservativos a los distintos lugares de trabajo o preguntarles si tenían algún problema. Siempre dispuesta a denunciar la extorsión policial, tanto en los medios como en la Justicia. La extraña su hija Macarena, de 10 años, que vive en San Juan junto a sus dos hermanos, una tía y la abuela materna. La extraña Elena Reynaga, dirigente nacional de Ammar, quien confiesa con lágrimas en los ojos que ahora ninguna compañera la pelea como Sandra lo hacía. La extraña Claudia Lucero, su comadre y sucesora como secretaria general de las trabajadoras sexuales rosarinas.

“Extraño todo, porque Sandra era una persona muy difícil de olvidar. Porque la veía todos los días, charlábamos todos los días. Se vivía riendo... No hay una cosa que no extrañe de Sandra. Para mí no está muerta, siempre me hago la idea de que en algún momento va a aparecer, porque ella a veces desaparecía y después aparecía en su moto. Me hago esa idea, de que va a aparecer y la voy a ver”, dice cuando termina la marcha. Cae la noche sobre la plaza San Martín, frente a la gobernación. Hasta allí llegan los ecos de la voz de Claudia. “Sandra decía que el principal proxeneta es el Estado”, había recordado en el acto.

El Estado al que acusaba Sandra es el mismo que dejó libre al principal sospechoso, Diego Parvluczyk, oficial de la Policía Federal, porque la Cámara de Apelaciones en lo Penal de la Justicia provincial consideró que no había suficientes indicios para probar la autoría del hecho. Claro que el fallo descalifica los testimonios de las trabajadoras sexuales que esa noche pudieron ver los últimos movimientos de la víctima. Sandra mantenía una relación sentimental y era informante de este policía federal, integrante de Drogas Peligrosas. Pero, sobre todo, conocía demasiado bien el accionar de esa dependencia. “Una pasión peligrosa para los negocios de la Federal como móvil del crimen”, tituló el diario La Capital una de las notas sobre el procesamiento de Parvluczyk. En la marcha del jueves, las chicas de Ammar llevaron ese recorte de diario como pancarta por las calles de la ciudad. Pero el procesamiento fue revocado en pocos meses,porque la Cámara de Apelaciones consideró que las pruebas reunidas en el expediente eran insuficientes. “El fallo de la Cámara convierte al asesinato de Sandra Cabrera en una de las causas emblemáticas de la impunidad en la provincia de Santa Fe”, afirma la abogada de Ammar, María Eugenia Caggiano, quien agrega que la resolución “descalifica las testimoniales de las chicas”. Para Reynaga, el desprocesamiento implica “hipocresía e impunidad”. “Parece que nuestra palabra no es creíble. Así como a los chicos gay no les permiten dar sangre, a nosotras no nos permiten atestiguar”, se indigna.

Los camaristas Ernesto Pangia, Alberto Bernardini y Eduardo Sorrentino no sólo decidieron desprocesar al efectivo policial sino que también separaron del caso al juez de instrucción, Carlos Carbone, quien había decidido el procesamiento después de tomar 116 testimonios. Tras el fallo, el magistrado hizo unas declaraciones públicas en las que defendió su actuación, al considerar que había “indicios suficientes para dictar el procesamiento”. Carbone pagó por realizar un trabajo minucioso, y salir a la calle a recabar datos. Lo separaron del caso acusándolo de prejuzgar y ser parcial, a pedido de Carlos Varela, abogado defensor del principal sospechoso.

Así como no existe ningún acusado por el crimen de Sandra Cabrera, el gobierno provincial tampoco tiene apuro en derogar los artículos del Código de Faltas que habilitan los pedidos de coimas. Con la fuerza de su carisma, Sandra acusaba al Estado como el principal proxeneta de las trabajadoras sexuales independientes. Sacudido por su asesinato, en enero pasado el gobernador Jorge Obeid prometió derogar los tres artículos que penalizan la prostitución escandalosa, el travestismo y la ofensa al pudor. Recién a fin de año, cuando ya no había tiempo para incluirlo en sesiones ordinarias, Obeid envió un proyecto de derogación, que tendrá un difícil tratamiento en la Legislatura provincial. Claramente el gesto de Obeid llegó tarde. Con Claudia Lucero a la cabeza, las integrantes de Ammar Rosario batallaron todo el año para conseguir la derogación de esos artículos. Fueron a la Legislatura, pidieron audiencias, pero no obtuvieron ninguna respuesta. Mientras tanto, si bien la muerte de Sandra provocó el desmantelamiento de la división Moralidad Pública de la policía, “todavía están las comisarías y el Comando Radioeléctrico, siempre dispuestos a coimear a las chicas”, afirma Lucero. Claro que con las integrantes de Ammar no se atreven. Con cierto brillo en los ojos cuenta que “hace poquito el Comando quiso coimear a una compañera, y resulta que está sindicalizada. Ella le dijo que la llevaran presa, pero que apenas llegara a la comisaría iba a llamar a su abogado, porque tenía ese derecho. Los canas querían arreglar, que les diera plata, o llevarla. Pero cuando ella les dijo así, la dejaron en una esquina y se fueron”.

Al principio, Claudia consideraba que la sindicalización de las trabajadoras sexuales era imposible. Conoció a Sandra Cabrera en 1993, y al poco tiempo ya eran amigas. Trabajaban en la misma zona de la Terminal de Omnibus de Rosario y Sandra era reacia al acercamiento, pero una noche Claudia la invitó a bailar en una confitería, y desde entonces fueron inseparables, al punto que Claudia es la madrina de la hija de Sandra, Macarena. Entonces ni siquiera soñaban con Ammar. Fue muchos años más tarde, en el 2001, que conocieron la existencia de la organización. Después de hacer un curso de capacitación en prevención de VIH, Sandra Cabrera comenzó a involucrarse. “Cuando me lo propuso, yo no quería saber nada. Le decía que estaba loca, que no podía ser que nosotras llegáramos a tener un sindicato, porque nunca habíamos tenido nada. Siempre la sociedad nos tenía como lo más bajo, para mí era como que nosotras no existíamos”, relata Claudia el paso que significó Ammar para ella. “Cuando vino la crisis de fines del 2001, Sandra consiguió planes sociales. Ahí empecé a ir a la sede de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), pero todavía opinaba que no podíamos llegar a lo que llegamos hoy. Cuando empecé a ir, me encontré con todos los compañeros que nos trataban distinto, nos decían ‘qué tal, chicas’. Ahí comencé a comprender que no éramos lo que nos habían hecho creer. Porque sufrimos tanta represión, la misma policía nos hacía creer que no éramos nadie. Ahí me di cuenta de que no.”

Por entonces, la que iba más al frente era su comadre. Sandra Cabrera denunciaba, repartía preservativos, entraba a los prostíbulos para hacer la prevención del VIH, aunque sin hablar de sindicalización porque ahí estaba prohibido. Un año después de su muerte, la organización no sólo no se estancó sino que logró avanzar. Es cierto que fue a los tumbos. “En un año hicimos un montón de cosas y no nos íbamos dando cuenta. Conseguimos la computadora, algunas becas y presentamos un proyecto, ‘Ammar te cuida’, de prevención de VIH. Lo hicimos las compañeras y fue aprobado por el Programa Municipal de Lucha contra el Sida”, relata Claudia. Ese proyecto consiste en la capacitación a nueve integrantes de la organización para realizar tareas de prevención en toda la ciudad, con la intención de llegar al menos a 200 trabajadoras sexuales, que también se convertirán en un futuro en capacitadoras.

La militancia le dio a Claudia un reconocimiento que le fue esquivo a lo largo de su vida. Cuando comenzó en Ammar, su hija menor no sabía que ella era trabajadora sexual. Ahora sí lo sabe, y está orgullosa de su madre. Incluso, Claudia se ríe cuando cuenta que es “medio zurdita, le gusta eso de ir a las marchas”. Se ríe, y sabe que hace unos años esa denominación le hubiera resultado ofensiva, pero hoy le encanta. “Mis hijas están orgullosas de mí. Justamente, en Navidad, la más chica se lo dijo a mi hermana, que también es trabajadora sexual. Que no tenía vergüenza de su mamá, porque más allá de lo que diga la gente, fui una buena madre. Cuando mi hermana me lo contó, se me caían las medias”, cuenta con orgullo.

Además del dolor por la pérdida de su mejor amiga y compañera, la muerte de Sandra tuvo otro efecto en la vida de Claudia. Su pareja, un obrero metalúrgico que la conoció como cliente, le planteó que dejara de trabajar si iba a asumir el liderazgo en Ammar Rosario. “Me dijo que tendría que dejar esto, porque corría mucho riesgo si seguía en la calle, haciendo como Sandra, que trabajaba y denunciaba a la policía al mismo tiempo. Que era peligroso y me tendría que cuidar mucho. Primero yo estaba que sí, que no. Hacía dos años que lo conocía. Hasta que después le di la razón. Hace siete meses dejé de trabajar y estoy en pareja”, relata.

Y si Claudia no quería saber nada con la sindicalización, aún menos con ser dirigente. “Me costó un montón, porque yo no me imaginaba como la dirigente. Más de una chica me planteaba que tenía que ser yo porque Sandra lo dijo muchas veces –cuenta Claudia–. ‘Después de mí estás vos, vos tenés que ocupar mi lugar’, me decía. Yo le contestaba que no, que la dirigente siempre sería ella”, agrega sobre el mandato heredado de su comadre, tanto como el cuidado de Macarena que la llevó a viajar a San Juan el año pasado y a llamarla todas las semanas. La militancia implica para ella un desafío. “A veces, cuando me tocan momentos difíciles, tengo ganas de abandonar, porque al principio para mí fue duro. Pero después pensaba en Sandra. Ella quería que la organización siguiera, y por Sandra no puedo dejar que esto se caiga. Tengo que seguir y alentar a las compañeras”, agrega como una profesión de fe.

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