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Viernes, 17 de mayo de 2002

MODA

La odisea de la moda argentina

La Buenos Aires Fashion Week (BAF) transcurrió en este año rarísimo no sin considerable esplendor. Entre el incesante trabajo de nuevos y ya consagrados
diseñadores, cada uno imagina cómo continuar su tarea aquí mientras sueña con exportar.

 Por Victoria Lescano

Un análisis de tendencias de la moda invierno 2002 no podría omitir que continúa el culto a la alta costura gótica, que predomina la experimentación en los cortes, los materiales o construcciones que reflejan el caos y también las labores caseras vía puntillas cortadas con técnicas de láser, remixados de lana con trapos rejilla o superposiciones de paño y organza. Esos fueron algunos de los temas de pasarela de la última edición del Baf Week, o la Odisea de la Moda 3 –porque por regla general ese emprendimiento del Grupo Pampa de vincular la nueva generación de diseñadores con la industria local y el mercado internacional coincide con nuevas catástrofes económicas–. Este año, la BAF incluyó 40 participantes, 16 con desfiles y presencia en stands, cuatro nuevas diseñadoras que hicieron de teloneras de los ya consagrados en microdesfiles y los restantes con sus propuestas en los percheros. Entre los nuevos nombres hubo variaciones sobre vestidos de abuelas de Verónica Alfie, la colección de cuero y rarezas en gobelino de Amor mío, los tapaditos retro de Vicki Otero, ropa para mujeres y niñas con citas a valijas de recuerdos de Valeria Pesqueira, la colección con collages de puntillas y cintas en tributo a antiguos bailes judíos de Al ver verás.
En el anecdotario de esta versión más popular del BAF (no sólo porque en la apertura hubo un comercial del supermercado Disco con mujeres extraídas de un casting de la simpleza amasando pasta, ni por los miles de participantes que pasaron cada día), es imposible no mencionar que al diseñador Pablo Ramírez le robaron un par de gemelos con fulgurancias Swarovski, que los pasos impostados de varias coreografías se volvieron cansadores, y que en las tendencias de peinados continúan los lacios rasgados y caóticos, pero regresaron adorables rodetes en chignon o con sumatorias de trencitas a la moda paisana.
A los fashionistas locales de siempre, se sumaron algunas representantes del programa “Súper M” y una delegación de visitantes extranjeros que incluyó compradores de la tienda inglesa Selfridge’s, la brasilera Daslú, el director de la semana de la moda de Milán y algunos periodistas y editores de moda de medios españoles e ingleses. El show inicial lo dio Araceli Pourcel, mostró una colección folk en tonos de verde musgo, bordó y azules, mientras la cantante Marion Moss, acompañada de una pequeña orquesta que incluyó un flautista y ejecutor del sapo, cantaba “va siendo tiempo que miremos adentro / cansados estamos de engordar extraños/ de palpar lo errado/ y de seguir gateando”. El cancionero con vidalas apareció primorosamente cosido a madejas de hilo en los sobrecitos de la primera fila.
Pourcel cita las formas de la artesanía latinoamericana y fue una de las favoritas de Mónica Campos, compradora de la exclusiva tienda brasilera Daslú; en el listado de ese ojo experto estuvieron las líneas de Rapsodia, Jazmín Chebar y Mariano Toledo: “Están listas para salir a la venta”, disparó, antes de marcharse a fotografiar tumbas en la Recoleta. Mariano Toledo fusionó el negro con el rojo de los vestidos de noche a la bella sastrería, los zapatos, las peluquitas azabache contrastaron con caras absolutamente pintadas de rojo. “Siluetas oscuras que se confunden con una ciudad devastada predominan en las ropas y pasos oscuros, pero permanecen los latidos de sus corazones”, argumentó.
Y Laurencio Adot, diseñador de vasta trayectoria en la alta costura, se sumó curiosamente al listado de los cultores de la paleta blanca y negra y los chambergos que causaron furor la anterior temporada.
Las mujeres de María Marta Facchinelli lucieron bellas faldas largas por lo general negras o blancas, blusas de satén, con ornamentos de cintas y mantillas en la cabeza. Con la consigna “virgencitas victorianas”, llevaban crucifijos y barrocas joyas de plata esculpidas por Sibilia.
El rubro debuts en pasarela incluyó a Cecilia Gadea, con una colección de primorosa elegancia; las modelos, vestidas con tapados y sobrefaldas de pura lana, poleras de lana tiza con superposiciones de gasa y recortes de láser, trasladaban tratados enciclopédicos en sus cabezas. También el de Hermanos Estebecorena, diseñadores de ropa de hombre que construyeron una colosal camisa activada con gas helio. En su superficie tenía graffitis con citas a las dificultades para tramar la colección, bautizada “30 millones de héroes” y traducida en modelos, algunos con sustitutos del traje y otros en calzoncillos netos combinados, a veces con chaquetas de cuero y otras con bufandas.
Los diseñadores de Objeto trasladaron los códigos del casual en una colección inspirada en un ambiente de campo y con riña de gallos; abundaron las crestas y cosieron las carteras a las prendas. Otra apuesta lúdica y sin dudas uno de los shows más celebrados y disfrutados por la audiencia fue Ingenio 2002, la colección de Vero Ivaldi. El ingenio no se limitó a citar los juegos de encastres sino el método propio en sus figuras con aires chalayanescos –ella hace su propia moldería, algunos tapados tienen hasta 70 distintos cortes en cada pieza–. La música en escena repitió como un mantra sonidos del tetris y los múltiples recortes, planos y superposiciones de amarillo + rojo + violeta en trajes sastres deliberadamente cortados en zig zags sin coser, se reflejaron también en un sendero de cajoncitos con los que, dice, hará una línea de muebles.
La sublime sastrería negra y blanca de Pablo Ramírez esta vez rindió homenaje a los héroes y caudillos rescatados de iconos del Billiken y los cuadros de escuelas. Los modelos lucieron abrigos militares de paño bautizados tapado Sanmartiniano, abundaron las bermudas de corderoy, las camisas blancas con gemelos y una novia etérea –¿la patria?– vestida con metros de seda arrrugada. “Se me ocurrió cuando vi al pueblo saliendo a la calle en diciembre; el Himno volvió a emocionarme como cuando era un niño”, dice Ramírez sobre esa puesta de alta costura en que el gorro frigio del escudo devino en tocado y la escarapela, en joya con cristales Swarovski. “Tiene todas las condiciones como para ingresar a las grandes firmas parisinas que imponen nuevos estilos a través de la búsqueda en sus archivos históricos”, destacó la representante de Daslú sobre el autor del desfile con mayor audiencia rocker (agrupó en una misma primera fila a Gustavo Cerati, Erica García y Adrián Dargelos, de Babasónicos).
En el apartado Diseñadoras Experimentales, las propuestas fueron diversas y de riqueza conceptual. Mariana Dappiano apostó por siluetas blancas, grises y negras con formas envolventes en fieltro remixado con cuero y trapos de rejilla reprocesados con el algodón. Fue otro de los indicadores de la escasez de recursos; Lucía Blanco trasladó sus texturas de telas símil papel a una línea de vestidos mini, midi y maxi, con citas a la ropa infantil del 1800. Algunos incluyeron variaciones sobre los pantalones bloomers con falsas puntillas. Nadine Zlotogora vistió de gris absoluto túnicas que remiten a orfanatos y aptos para ambos sexos;continuó con sus facturas de hilados caseros, agregó sastrería con hombros caídos y un sello más austero. Cora Groppo fusionó detalles del art noveau con los uniformes de trabajadores de fábricas de principios de siglo y abundaron las superposiciones; Florencia Fiocca hizo una puesta en escena del circo y sus construcciones con cuero y paño troqueladas y activadas con el movimiento incorporaron al negro, el azul francia y rosa que desde hace un año exporta a tiendas de Los Angeles y San Francisco.
Laura Valenzuela tramó plisados con telas de corbatas en su apuesta de niñas sofisticadas y recuperación de antiguas texturas. Hubo visos verde agua y marrón, pantalones de cuero con levitas, abrigos de geishas con sombreritos de los 30. “Dijimos ¿qué pasaría si Ossie Clark –diseñador inglés de los ‘70– hubiera visitado el Instituto Di Tella?”, plantearon los diseñadores de Varanasi. Cerraron el maratón de moda con símbolos de la paz cosidos a transparencias, plataformas, vestidos de lana con una paleta rica en marrones y celestes, botones disímiles en la nueva colección de ropa para hombres y sonidos de paz y amor de Los Beatles.
Una apuesta arriesgada en medio de tantas variaciones sobre lo que se debe llevar. Dalila Puzzzovio observaba en la primera fila, mientras difundía la creación del galardón Madame Frou-Frou para nuevos diseñadores, un homenaje a una de las autoras más revolucionarias de los ‘70 auspiciado por el Centro Metropolitano de Diseño.
“Encuentro muy surrealista estar viendo desfiles de moda mientras el país está paralizado por la economía. Es raro, pareciera que aquí la industria de la moda se alimenta de la mala economía. Esperaba que la moda argentina fuera más conservadora, en cambio tiene una mentalidad de los buenos desfiles de estudiantes europeos, lo cual es bueno pero no lo suficientemente comercial. Creo que el diseño argentino no podría ser exitoso en el mundo hasta que la economía se estabilice”, deslizó Heath Brow, director de moda de Times Magazine. Su compatriota Marcus Ross, editor de moda de la modernísima ID, agregó sobre el estilo argentino:
“Parecen más interesados en los preceptos de escuelas de arte que en seguir las tendencias, muchos me recuerdan a diseñadores europeos, pero destaco que hayan trabajado con tanta pasión en un contexto económico tan adverso”.

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