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Viernes, 17 de junio de 2005

SOCIEDAD

PADRES HAY MUCHOS

El Día del Padre sirve para vender afeitadoras, celulares con foto y chiches electrónicos para nenes grandes. Pero además de objeto de consumo, los varones ahora mudan pañales y se hacen ver en plazas y pediatras, aunque se resisten a modificar los roles dentro de la pareja. Hoy la paternidad es una palabra en busca de su propia definición que incluye tanto a los hombres comprometidos con la crianza como a los que siguen delegando el cuidado (y la identidad) de sus hijos exclusivamente en las mujeres.

Padres I: Los embarazados
(la gestación de un nuevo modelo de papá)

Estamos embarazados”, anunció Rodolfo Sbrissa, antes de comprobar las repercusiones del uso del plural en la transmisión de la noticia a familiares y amigos. Su suegra le dijo que estaba celoso y que la embarazada era su hija y no él; su cuñado lo burló preguntándole quién era el padre y su mamá le recordó que se había desmayado la última vez que le sacaron sangre y le recomendó que vaya juntando fuerzas –y sentido del equilibrio– si quería presenciar el parto. “Yo, que me creía el paradigma del hombre moderno, sensible y comprometido con la causa, acababa de ser sacudido por un mundo que no tenía lugar para hombres embarazados”, confiesa Rodolfo, cronista de Telefe Noticias y ya padre de Sofía (5) y Nina (2), en su libro El hombre embarazado (Manual de Supervivencia), que acaba de publicar Editorial Sudamericana.

“El hombre embarazado es el fruto de la sed inicial que me provocó la noticia del embarazo de mi mujer. Como todo padre primerizo, no tenía la menor idea de cuál iba a ser mi rol durante esos nueve meses. Ese estado de ansiedad me llevó a las librerías para buscar información. Al llegar, me encontré con el desierto: decenas de manuales, diccionarios y revistas para ellas en las que los hombres éramos los protagonistas secundarios de los capítulos: ‘Posiciones sexuales’, ‘Masajes relajantes’ o ‘Cómo ayudarla en el momento del parto’. A falta de bibliografía tuve que conformarme con el consejo de mis amigos ‘experimentados’ en la materia y la complicidad de nuestro obstetra. Fue entonces cuando surgió la idea de ‘parir’ este libro que compila las historias contemporáneas de hombres que creemos que la paternidad no empieza el día del parto; una suerte de manual de supervivencia que dé claves y consejos para comprender (y por qué no también reírnos) del misterioso y alucinante mundo de la mujer embarazada”, cuenta Rodolfo.

Este libro, original en un terreno virgen de literatura paternal, se enclava en los testimonios de famosos (Horacio Embón, Martiniano Molina, Federico D’Elía, Carlos Calvo, etc.), de especialistas y de pistas sobre el crecimiento del bebé en la panza, aunque con guiños masculinos focalizados en cómo comprender los cambios de las mujeres y (muy especialmente) en cómo tener sexo durante el embarazo.

Pero incluso, más allá de los ganchos marketineros de todo manual de supervivencia, la aparición del libro habla de la verdadera nación de hombres mucho más participativos ya desde el embarazo y después durante la crianza de sus hijos, pero que todavía no encuentran espejos donde reflejarse ni moldes donde sentirse seguros, acompañados y amparados ante esta nueva paternidad en construcción. “A diferencia de nuestros padres yabuelos que esperaban fumando en el pasillo del hospital el anuncio de la partera, nosotros tenemos la oportunidad de contar con tecnologías (las ecografías, los test de embarazos, etc.) que, en cierto modo, nos permiten ‘aproximarnos’ al bebé que todavía está en la panza. Mientras que cada vez nos alejamos más del estereotipo del padre proveedor de dinero y alimentos, que delega la educación de los hijos a su mujer-ama de casa. Hoy nosotros compartimos nuestra existencia con una pareja que trabaja entre ocho y diez horas diarias. Tal vez por eso, los hombres comenzamos a registrar y relatar experiencias inéditas que tienen que ver con la posibilidad de una crianza compartida de los hijos. Está claro que las que siguen pariendo (afortunadamente) son ellas, pero nuestras inquietudes no son las mismas que las de las generaciones anteriores”, subraya Sbrissa, que también tiene un reclamo. “No estaría nada mal que estos cambios de rol sean acompañados por leyes –sugiere– que extiendan las licencias por nacimiento para que el hombre no tenga que sacrificar vacaciones para estar cerca de su hijo recién nacido.”


Padres II: Los que cambian pañales
(pero no lavan platos)

Cualquiera que vaya a una plaza, a un pelotero, a una sala de partos, a la puerta de un jardín maternal, a la reunión de padres de un primario, a una clase abierta de pileta, a la espera de pediatría de un hospital, a una función de teatro de domingo a las tres de la tarde puede verlo: hay hombres, hombres y, la verdad, hombres. En algunos casos, tantos como mujeres, en otros, claramente, menos. Aun así –y aunque no estemos hablando de estricta equidad– el cambio está a la vista. En la ciudad de Buenos Aires (porque es un fenómeno que no puede generalizarse a todo el interior argentino), la nueva paternidad dice presente.

“El rol del padre ha sido redefinido”, confirma la socióloga Catalina Wainerman, socióloga e investigadora del Conicet en el libro Familia, trabajo y género (un mundo de nuevas relaciones), editado por Unicef, en el 2002. Sin embargo, en la Argentina, no fue el Estado quien se ocupó de promocionar una paternidad más activa –que, obviamente, contribuye a que las mujeres puedan participar más y mejor de la vida laboral– e, incluso, la licencia por paternidad sigue siendo una figura graciosa que alcanza apenas para sacar las flores y los baberos del hospital o la clínica, instalar al bebé en la cuna y volver a trabajar y que no ha sido reformada por el Congreso Nacional ni el Poder Ejecutivo.

La generación que cambia pañales, se levanta a la noche (buah, alguna vez en alguna noche), pisa calabacita y baña con patitos de hule nació de un cambio espontáneo. Pero para pasar de los gestos de una paternidad presente a una democratización de las relaciones familiares todavía falta un camino mucho más largo que la bajada de un tobogán. “Los hombres se comprometen más con los hijos que con el hogar. El ámbito del trabajo doméstico es definido como femenino, mientras que el de la crianza de los hijos es definido como una empresa compartida. El comportamiento de los hombres está menos marcado por el género cuando actúan como padres que cuando lo hacen como esposos”, señala Wainerman, en base a un estudio entre 35 parejas de 25 a 45 años, con un promedio de dos hijos, de clase media y alta, donde tanto el hombre como la mujer trabajaban y eran proveedores del hogar.

En el capítulo “Padres y maridos. Los varones de la familia”, Wainerman compara: “En el trabajo doméstico las diferencias intergeneracionales son sólo de grado y radican en que muchos varones hoy en día participan un poco cuando hay que cocinar, lavar los platos o limpiar la casa, mientrasla mayoría de los varones de la generación de los padres no participaba nada en esas actividades. En relación con la paternidad el cambio intergeneracional es verdaderamente evidente. La escala de este cambio es enorme. Casi todos los padres de la generación previa rechazaban comprometerse con la tarea de bañar o vestir a sus hijos o de ayudarlos con sus tareas escolares. Mientras que en la actualidad los varones comparten el cuidado de sus hijos con las madres. La paternidad parece haber adquirido un valor social que no tenía antes y que el trabajo doméstico no ha alcanzado y es poco probable que alcance en el corto plazo”.

En el modelo de paternidad siglo XXI son muchos los varones que se permiten disfrutar de sus hijos, con un beneficio extra: la sociedad, las maestras, los médicos, las madres y las suegras les festejan como un hito cada mamadera calentada, mientras siguen mirando de reojo cada faltazo a la puerta del colegio de una mujer ocupada. Nadie les reprocha lo que no hacen y todos le festejan lo que sí hacen (en una cuenta inversamente proporcional a la que se lleva sobre las mujeres). “El compromiso de los padres varones con la crianza de los hijos se ha incrementado en las últimas dos o tres décadas, mientras poco ha variado su compromiso con las tareas domésticas. En la vida cotidiana las actividades que se desarrollan en el hogar continúan estando fuertemente segregadas por género, con una carga muy desigual que sigue siendo mucho más pesada del lado de las mujeres imponiéndoles cada vez a más de ellas el doble turno”, sentencia Wainerman.


Padres III: Los borrados (una cuestión de Estado)

El 8 de julio, a las 10 de la mañana, Carlos Saúl Menem tiene una cita con la Justicia. Ni la primera, ni la última, pero, en este caso, la cita habla de la corrupción cotidiana que degrada la palabra papá y viola los derechos de los hijos no reconocidos. “La Justicia ya citó a Menem, pero ahora vamos a ver si viene a cumplir porque él siempre trabó con artilugios procesales esta prueba de ADN”, disparó Williams Caraballo, el abogado de Carlos Nair Meza, que tiene 23 años y desde que llegó a la mayoría de edad –en el 2000– inició un juicio por filiación que lleva adelante el Juzgado de Primera Instancia en lo Civil, Comercial, del Trabajo y de Menores de Las Lomitas, en la provincia de Formosa.

Los exámenes de ADN son rápidos, seguros y usuales. Sin embargo, pasaron cinco años y varios pedidos de la Justicia para tomarle una muestra de sangre a la que Menem se negó sistemáticamente. Ahora, su abogado en este caso, Ernesto Ramón Juárez, aseguró “Menem no pondrá reparos para hacerse el ADN solicitado por el joven Carlos Nair Meza”. El 8 de julio se sabrá si es verdad.

Carlos Nair Meza nació el 17 de octubre de 1981. Su mamá, Martha Meza, denunció en 1985 –autoexiliada en Paraguay por recibir constantes amenazas– que Carlos Menem era el padre de Carlos Nair, fruto de un romance que tuvieron cuando Menem vivió en Las Lomitas por presiones de los militares. Martha Meza fue diputada nacional y provincial y funcionaria de Desarrollo Social. Y murió en enero del 2003 tras ingerir herbicidas en grandes cantidades. Carlos Nair sostuvo: “Soy el hijo de Menem y hago este juicio por el honor y por mi madre, que sufrió mucho por todo esto”.

Si el menemismo es sinónimo de una etapa política, económica e institucional del país, también lo es –a través de este caso como emblema– de una faceta afectiva y de un modelo de masculinidad y paternidad que tiene un solo nombre: los borrados.Y que tiene muchos otros representantes, desde Diego Maradona hasta el actual vicepresidente de la Nación, Daniel Scioli, que reconoció a su hija Lorena, cuando ella ya era adolescente y después de un juicio de filiación. De hecho, Carmen Larrosa (la hija de un ex concejal) formó la Asociación de Hijos No Reconocidos, ahora apadrinada por Scioli. Sin embargo, la trascendencia institucional de que un ex jefe de Estado –con diez años de mandato democrático– le haya negado la identidad a su presunto hijo (para la jurisprudencia actual no hacerse el examen de ADN es presunción de paternidad) muestra el desprecio por el derecho a la identidad –defendido en la Argentina como bandera por las Abuelas de Plaza de Mayo– y por la importancia de una paternidad responsable.

Y habla de dobles sentidos. Menem fue condecorado, el 16 de diciembre de 1993, por el papa Juan Pablo II con el Gran Collar de la Orden de Piana por la coalición de la Argentina con las posturas del Vaticano (opuestas al reparto de anticonceptivos) en la cumbre de Beijing en 1995. En sintonía con Roma, este año viajó a Roma para las exequias de Juan Pablo II y ya como candidato a senador del Frente Popular criticó a Néstor Kirchner por “no respetar las instituciones y atacar a la Iglesia, en un país con un pueblo mayoritariamente cristiano”. A pesar de su proclama de valores cristianos, en el 2003 concibió, a los 73 años, a Máximo Saúl por métodos de fertilización asistida (que la Iglesia rechaza) y aunque creó durante su gobierno el día del niño por nacer, siempre se negó a reconocer a su presunto hijo ya nacido (y crecido) en Las Lomitas.

Menem es el ejemplo de la tolerancia social e institucional que todavía existe en la Argentina a los padres que nunca festejan ni dejan festejar el Día del Padre, un fenómeno que no es aislado, ni del pasado. En lo que va del 2005, solamente en Catamarca, 2 de cada 10 bebés (el 20,6 por ciento de los 2537 nacimientos registrados en esa provincia) no fueron reconocidos por sus padres. En el DNI de 524 nuevos argentinos dice “filiación paterna desconocida”. Sus padres son los borrados y ejercen otra de las formas de la violencia con los hijos: no hacerse cargo.

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