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Viernes, 3 de marzo de 2006

NOTA DE TAPA

Orgullosamente F

Aunque todavía hay quienes regalan flores en el Día de la Mujer, el 8 de marzo es una fecha estratégica en el calendario internacional, destinada a hacer visibles las inequidades y las violencias de género. Es un día de lucha, como lo es el de (oh, casualidad) los trabajadores, que no existiría si no hubiera habido presión del feminismo –a principios del siglo XX, cuando todavía se exigía el derecho a votar– para transformar la vida de todos y todas. Sin embargo, feminismo es una palabra devaluada, homologada al machismo (¿alguien se animaría a decir que fascismo y socialismo son lo mismo porque terminan en ismo?), anclada en sus formas más dogmáticas, pasada de moda. En permanente cambio y construcción, diversificado y ensanchado por nuevas y múltiples identidades, el feminismo sigue siendo necesario para delatar violencias tan cotidianas como naturalizadas.

Escenas de la vida cultural

* Primer día de rodaje de mi primera película, en una disco. Una chica con una carpeta en la mano busca algo entre quienes estábamos trabajando. No encuentra. Me mira y pregunta: “Disculpame, ¿no sabés dónde está el director?”

* Fernando de la Rúa todavía es presidente. Sus jóvenes funcionarios organizan febriles reuniones con representantes de la cultura nacional que quedarán para la posteridad en formato de instantáneas en Casa de Gobierno. Fui invitada con un grupo de directores de cine. Un rato antes de la entrevista, me llama una persona del Instituto de Cine:

–¿Sabías que sos la única mujer, verdad?

–...

–Quería pedirte un favor, ¿podrías ponerte pollera?

* Festival de Toronto, Lucho Benders me presenta a una autoridad del festival. “¿Su señora?”, pregunta el hombre. “No, no, ella viene a presentar una película”, retruca el director argentino. “¿Un corto?”, no, un largo, una película. “¡Ah!... pero ¿cómo?, ¿es argentina?”

* Cena en otro festival en algún lugar de habla inteligible con directores de distintas nacionalidades y esta directora. Uno de los argentinos, renombrado y que acaba de estrenar su último largo, bromea con los mozos pidiendo platos que no existen, en castellano. “¿Podría traernos clítoris a la provenzal?”. El mozo pide que le repitan y el director mira a la única mujer: “¿Qué es lo que pedí, Albertina?”

Nunca me definí como feminista, pero es así como aprendí naturalmente a ver el mundo. Es que la mayoría de las veces, los hechos te acorralan.

Albertina Carri
(cineasta)

Cómo veo el mundo

El feminismo, sin duda alguna, fue una de las herramientas más importantes que pude incorporar en mi vida, porque no sólo me ayudó a mirar el mundo con otra óptica, sino que también me permitió pensarme a mí misma, habilitó un diálogo profundo conmigo misma, con mi cuerpo, con mi ser. Si algo me faltaba para entender qué era ser travesti, eso era el feminismo.

En primer lugar, me ayudó a reflexionar qué había pasado con mi cuerpo. Hasta entonces, mi cuerpo había tenido un recorrido violento, más dictado por los deseos patriarcales que por mi propia mirada o por mis demandas.

Por otro lado, no fue sólo una herramienta para entenderme a mí y mi propia historia, sino también a la propia violencia a que somos sometidas las travestis, la exclusión; me permitió verlo en un contexto más amplio, algo que empezó a quitarme esa gran mochila que era muy pesada para mí.

Soy feminista, ¿y qué? A pesar de los fundamentalismos, incluso del propio fundamentalismo feminista: porque no hay un solo feminismo, sino que hay feminismos, hay miradas feministas. Cuando yo asumo mi postura feminista (pero no como proclama, no como cosa abstracta), cuando la empiezo a poner en cosas concretas, cuando empiezo a poner el cuerpo, hay quienes me dicen “no, las travestis no pueden ser mujeres porque no tienen un origen biológico femenino”, lo cual me parece un debate que ya fue. O cuando muchas feministas atacan la estética travesti como desestabilizadora de nuestra firmeza feminista, pero en realidad lo que no quieren es producir un verdadero debate y asumir que no hay un cuerpo, sino varios cuerpos.

A pesar del fundamentalismo religioso y económico, a pesar de esta sociedad en la que la prostitución sigue siendo la única alternativa como modo de subsistencia para las travestis, soy feminista, y qué. Es un recorrido del cual ya no se puede volver. Yo ya no puedo ver el mundo de otra manera si no es a través de la óptica del feminismo.

Lohana Berkins
(coordinadora de Alitt, Asociación de Lucha por la Identidad Travesti Transexual)

Sexismo a la orden del día

Las formas de violencia sexista son innumerables. Hay sexismo en el lenguaje, en el trabajo, en la política, en la televisión, el cine, la publicidad y la familia. En fin, el nivel de obviedad de la agresión es impresionante. Pero resulta más patético y alarmante aún que dicha violencia esté tan legitimada por el sistema.

La publicidad no nos deja envejecer en paz ni ser auténticas, nos repite incontables veces que no nos arruguemos después de los treinta. La televisión nos muestra estereotipadas como amas de casa hinchapelotas o muñecas rellenas de silicona, tontas y degradadas, teniendo esto una aceptación peligrosísima.

Cuando hace algún tiempo le comenté a un grupo de gente que escribo una obra sobre la presión que se ejerce hoy hacia las mujeres, me tildaron de “paranoica” y me pidieron que por favor no cayera en ese “cliché”. ¿Estaré paranoica yo? Miren que ahora parece ser que las chicas al cumplir 15 piden como regalo un buen par de tetas. En los últimos tiempos me convocaron para participar de algunos proyectos junto a otros creadores. En el 90% de los casos fui la única mujer, cosa que se encargaron de resaltar al decirme que sería “la mujer del grupo”. ¿Esperarían que me alegrase por eso?

En una oportunidad pregunte por qué no convocaban a más mujeres, a lo que argumentaron que es “porque no hay”. Propuse confeccionar una lista de mujeres creadoras para ser tenidas en cuenta. Todo siguió igual.

Y un dato más, créase o no, mientras escribo este texto en un bar de la avenida Corrientes, un tipo que no conozco se acerca, invade mi mesa, me interrumpe y dice: “La nenita está escribiendo, ¿se puede saber qué escribe una chica como vos, sola, un domingo a la tarde?”.

Mariela Asensio
(dramaturga, puestista, actriz)

El malestar invisible

Hace muchos años, con relación a preguntas personales, y también a impasses profesionales, tenía la sensación de que algunas inquietudes –malestares– no pasaban ni por mi condición de neurótico, ni de profesional, ni de esposo. Más bien era una cuestión que atravesaba todas esas áreas: el hecho de ser varón, una cuestión tan natural como respirar, tan silenciosa como operante.

Como había pasado desde chiquito, las respuestas más jugadas con respecto a las dudas, a los sustos, a lo prohibido, provinieron de mujeres. Ahora se trataba de mujeres que escribían, que debatían, que se pronunciaban sobre la desigualdad impuesta a la condición femenina: las feministas. En esos textos, en esos debates, se iniciaron mis estudios sobre la masculinidad, que ni el psicoanálisis ni la facultad habían promovido. Mi deuda teórica y política con ellas es grande: me habilitaron un pensar, legitimaron un sentir. También los varones somos seres de género, sólo que algunas veces no nos damos cuenta y así nos va. Poner a la mujer del lado del síntoma, del enigma a descifrar, de objeto, supuso el sostenimiento de una creencia: la de que los varones son sujetos. La representación despótica que tenemos de nosotros –fantasma de un ser antes soberano– fue a costa de una singularidad aniquilada. También esperamos una mirada singularizante por parte de las mujeres, enroladas o no en el feminismo.

Hoy, decir que soy pro-feminista es una obviedad. ¿Cómo no estar conectado con el 50 por ciento de la humanidad? ¿Cómo no tratar de entender las diferencias con respecto a nosotros? ¿Cómo no deslindar diferencias de desigualdades? ¿Cómo es posible estar con mi mamá, con mi hija, con mi pareja, con mis hermanas, con mis amigas, sin el rescate de su otredad... sin hacer de ellas un doble devaluado?

Aunque todavía tengamos que festejar UN Día de la Mujer, yo les mando TODOS los días un Gracias conmovido.

Norberto Inda
(psicoanalista)

Breve paneo Histórico

1. Grecia. La mujer pasa su vida en el hogar. No participa de la vida pública. Es casada a los quince sin ser consultada. Opciones para ser libre: la prostitución o el sacerdocio.

Roma. Las romanas hilan con rueca y huso. Por el tamaño de su tejido se sabía si habían estado en casa. La mujer es propiedad del varón, que le pone los puntos. Las distracciones más extendidas son: El “otium”, el “interruptus” y el “rigor mortis”.

2. Cristianismo. Se ponen de moda el mesianismo y el arrepentimiento, con sandalias al tono. Además de temerle al padre y al esposo, ahora se suma Dios. La mujer no puede morder manzanas ni amantes sin peligro de muerte.

4. Mundo Musulmán. La sociedad es esencialmente patriarcal; primero el camello y después la esposa; la poligamia es corriente entre los ricos, los pobres son monógamos por falta de recursos, que no de ganas.

5. Feudalismo. La mujer sigue teniendo a su cargo todas las funciones domésticas. Hace pasteles, cuida de los cerdos, hace conservas, chorizos e hijos. Y encima, para la Iglesia es un instrumento del demonio.

6. Renacimiento. Aunque existen mujeres cultas e independientes, el cometido de la mujer común sigue siendo ser madre, esposa y perpetuar la especie haciendo el mínimo de comentarios posibles. La mujer ideal: recatada, sumisa, sacrificada y en casa. Sin embargo, son comunes el adulterio, el aborto y el mal aliento. En 1563 el Concilio de Trento decreta, tras largas discusiones teológicas y por un voto, que la mujer tiene alma.

7. Revolución Francesa. Las mujeres se enfrentan a la siguiente contradicción: Liberté, Egalité y Fraternité para la población masculina, y té con masa fina para la femenina. Olimpia de Gouges, autora teatral y activa revolucionaria, publica en 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Otra ciudadana declaraba: “A partir de ahora luciremos la escarapela tricolor sobre la ropa interior, en adelante roja, para que nuestros amantes no olviden nuestros derechos ni en la cama”. El encarcelamiento y ejecución en la guillotina de Olimpia simbolizó el fracaso de los reclamos feministas. Y de la lencería de color.

8. Siglo XIX. El padre es el eje de la familia y el custodio de los bienes. Los hijos aprenden la tradición y se dejan bigote. La herencia es recibida por el varón y es su obligación incrementarla. Las posesiones elevan el prestigio. La señora hace juego con las cortinas. Las mujeres se hartan y los reclamos feministas toman vigor de manera colectiva. Sufragismo por un lado y reacción por el otro, no orto.

9. Siglo XX. Se observa un incremento en el número de mujeres solteras. El matrimonio deja de ser una situación deseada. Resulta más rentable tener una ocupación paga que trabajar gratis en casa. La mujer occidental accede lentamente a la vida pública y democrática. Se le concede el voto y el orgasmo.

10. Argentina siglo XXI. Féminas burguesas, cobardes o simplemente imbéciles proclaman, entre temblores y sonrisas: “No soy feminista sino femenina”, “Me gusta que me abran la puerta, que me regalen flores y que mi pareja me cele”, “Nunca me acosaron, por suerte nadie me discriminó” y un inmenso etcétera cargado de frases con olor a cerebro lavado y centrifugado, producto de la desinformación a la que siguen sometidas. O de las secuelas del detergente.

Mujeres que invierten en el matrimonio, recauchutan su cuerpo para seguir en carrera o se subyugan frente a la billetera del caballero, desconocen absolutamente el significado del término feminismo y abonan con sus actitudes la continuidad de la desigualdad.

A nadie se le ocurriría que un negro quiera volver al asiento de atrás. ¿Por qué hay que argumentar la necesidad del feminismo? ¿Retroceso o estupidez?

No hay nada más escandaloso que la ignorancia y la mansedumbre del que desconoce la historia y el sentido de pertenencia.

Fernanda García Lao
(dramaturga, escritora, puestista, actriz)

Incómodo y atractivo

Me molestan sobremanera las mujeres que dicen apoyar los derechos y la lucha de las mujeres, pero se niegan a llamarse “feministas”, y pronuncian la palabra con una mezcla de desprecio y prejuicio. Como si el feminismo fuera una antigualla o, peor aún, como si temieran que la definición las ubique enfrentadas con los hombres, posición que consideran anacrónica. Y me molesta porque la negación tiene un importante fondo de ignorancia, y otro de complacencia y comodidad. Ser feminista, claro, implica un enfrentamiento, una firmeza que no es excluyente, pero sí reconoce que hay temas y problemas de mujeres que es responsabilidad de las mujeres pensar, combatir y modificar. Porque el feminismo ha evolucionado históricamente, y en todas sus luchas internas –y sí, por momentos en su mezquindad– sigue siendo un movimiento incómodo, desestabilizador, con capacidad de revulsión. Todavía molesta. Lo hace porque lo que se juega, en primera instancia, es el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y deseos; y desde allí se avanza hacia la política. No puedo pensar en un movimiento más estimulante, que especialmente por su complejidad resulta aún más inteligente y atractivo.

Mariana Enriquez
(escritora, periodista)

Ellos y su largo camino

En realidad, me parece que todavía hay muchas ideas diferentes sobre qué quiere decir ser feminista, y hay muchos feminismos. Alguna vez, tratando de buscar qué tenían en común los feminismos, con Diana Maffia llegamos a la conclusión de que hay tres cuestiones básicas: por un lado, el convencimiento de que es justa la defensa de los derechos de las mujeres y la igualdad entre varones y mujeres; la segunda es la convicción de que no hay igualdad entre varones y mujeres; la tercera es un compromiso de acción, creyendo que efectivamente es necesaria y cuestión de derechos humanos la igualdad de género, y que se viola sistemáticamente en un sistema de subordinación y opresión, la convicción de que debemos tomar una actitud de militancia para tratar de cambiar esto.

Cuando comencé a trabajar en derecho constitucional, derechos humanos y diseño institucional, estaba en un grupo en el que al principio era la única mujer y tuve que luchar mucho, porque nos decían “los Nino boys” (éramos un grupo de jóvenes que trabajamos con Carlos Nino). Que esto se cambiara por “boys and girl” llevó un tiempo largo. Lo cierto es que cuando escribía sobre cuestiones de derecho constitucional, de diseño constitucional, estaba haciendo trabajo académico..., pero cuando escribía sobre cuestiones de género, los chicos consideraban que era sólo militancia. Eso fue hace 20 años, y ahora muchos de esos hombres dan clases sobre temas feministas, han escrito sobre feminismo.

Marcela Rodríguez
(diputada)

Crecimiento personal

A mí me da enojo cuando se dice “sí, las cuestiones de género me importan, pero no soy feminista”. Para mí, comprender la cuestión de género y ser feminista es una sola cosa, un proceso de crecimiento personal que se me fue produciendo no de tan joven, sino cuando tuve niñitas pequeñas y empecé a tener que atender a las niñas, mi hogar, mi trabajo y la militancia, que antes, en los ’70, había sido sin niños. Ahí fui empezando, ya en contacto con el ámbito político, a compartir estas tareas y a ser consciente de los obstáculos, los prejuicios. En el mundo interno, tuve explosiones de conciencia acerca de que ser mujer no tiene que ver con ser madre, y además me empecé a plantear cómo ejercer este ser mujer.

Soy feminista porque es un alerta permanente acerca de lo que me pasa, de cómo influyen sobre mí los mandatos, cómo los modelos masculinos de hacer política, que es mi actividad, qué mandatos o gestos reproduzco en hijas o nietos.

No es que yo haya logrado toda la madurez interior a la que aspiro, pero sí una libertad importante y eso me lo da el sentirme feminista, tener conciencia de lo que dice una amiga: el problema no es sólo ser mujeres feministas en política, sino constituirnos permanentemente.

Además, en este mundo es muy fácil tentarse a reproducir modelos masculinos, porque nuestro modelo auténtico, nuestro modo de hacer política no tiene buena prensa todo el tiempo. Yo lo refiero a la política porque es un mundo donde los modelos antagonizan, y es costoso desenvolver personalmente una práctica femenina feminista y aspirar, como cualquier dirigente, a tener prestigio social.

Los obstáculos aparecen si tenés un ataque de coherencia y asociás tu posición con tu acción ante temas “escabrosos” como la salud reproductiva, el aborto, etc. En el mundo cotidiano diría que no hay obstáculos, porque afortunadamente con las políticas feministas y otras que no lo son tanto logramos la ley de cupo, lo cual fue en defensa propia: eso garantizó lugares.

Juliana Marino
(diputada)

Decodificar el mensaje

Reconozco que hubo muchos avances gracias al feminismo. Sin embargo, es impresionante advertir que en pleno siglo XXI todo se nos hace más difícil a nosotras. Además, como hemos sido criadas en esta cultura, a veces cargamos con algunos prejuicios en un plano inconsciente. En muchos detalles de la vida cotidiana, de la profesión, surge la subestimación de la mujer. En mi caso, siempre he estado al frente de grupos, coordinando a músicas y músicos, y siempre me ha costado que ellos dieran bola a mis indicaciones. Por ejemplo, hablarle a un músico hombre y que él respondiese mirando a otro músico hombre. Así son los códigos que todavía rigen las relaciones. Yo tomé conciencia bastante pronto de estas formas de sexismo, porque a las mujeres que estamos insertas en el mundo laboral, en algún momento nos toca la discriminación. Creo que a las mujeres de generaciones anteriores se les han cerrado muchas puertas, incluso algunas se tapiaron de tal forma que ni siquiera sabíamos que estaba esa puerta. Entonces, creo que la función del feminismo de los últimos 50 años ha sido derribar algunas puertas, y empezar a picar la pared. Es tal la desvalorización que han sufrido las mujeres, la tienen tan incorporada, que algunas no se atreven a ir a aprender a tocar un instrumento porque les han hecho creer que no sirven. Por supuesto que si destruís la autoestima de una persona, ni siquiera va a intentarlo. Yo misma a veces caigo en el yo no puedo, que tiene mucho que ver con la cuestión de género, con el mensaje desalentador que estoy recibiendo. Hay que aprender a decodificar ese mensaje nefasto para neutralizarlo, destruirlo. Espero vivir para ver el momento en que no tengamos que explicar que el feminismo no es contra los hombres, que es a favor de la igualdad, mientras que el machismo propone la supremacía del varón.

Laura Ros
(cantautora)

Inevitable

Soy feminista porque no podría dejar de serlo, me parece algo básico para una mujer con cierta conciencia de género, con sentimientos de justicia, con ideas de paridad en todos los rubros. Me resulta inconcebible que todavía hoy una mujer gane menos que un hombre por igual trabajo, que sea golpeada por alguien con mayor fuerza muscular que se considera su propietario o que tenga que pedir perdón si tiene éxito o gana mucha plata. Puedo comprender que luego de miles de años de privilegios a los varones les cueste asumir la equiparación de las mujeres. Pero al mismo tiempo no entiendo que hombres que se creen actualizados y democráticos prefieran tener a su lado a una mujer inferiorizada, sumisa, dependiente, chupamedias, para que los haga sentir superiores. Que se consideren esas actitudes “femeninas” me parece una aberración. No me puedo acostumbrar a que la mayoría de los tipos se asuste de las mujeres pensantes, con ideas propias, que proponen cosas nuevas, y que las consideren una amenaza. Como si siguieran llevando en la genética esa cosa tribal, de caciques dominantes. Es decir, el comportamiento básico del líder de la manada.

Debo decir que también me sacan de quicio las mujeres que viven de acuerdo a ideas feministas, que sacan mucho provecho de los avances conseguidos por las militantes, y tienen el tupé de decir: soy femenina, no feminista.

Mercedes García Guevara
(cineasta)

¿Como no serlo?

Me declaro feminista porque he comprendido que no se puede ser una mujer pensante e independiente sin asumir francamente ese ideario (aunque se haya bajado un poco la llama con respecto a siglos anteriores).

Como cantautora ¡soy naturalmente feminista! Y trato desde lo que escribo –partiendo de principios y convicciones profundas– de llegar a aquellas mujeres que siguen siendo maltratadas o sometidas por los hombres, por esta cultura patriarcal y misógina tan arraigada.

En lo personal, he aprendido que no necesito que un hombre me dirija ni la vida ni la carrera, menos todavía que me controle o pretenda enseñarme cual maestro Ciruela, porque únicamente creo en el intercambio de igual a igual. Estar en el mundo del tango me ha hecho ver más claras algunas cosas, ya que tengo que pelear mi lugar todos los días; se sigue diciendo que el tango es macho, que el tango por mujeres no es lo mismo, que las mujeres no sabemos componer...

Lamentablemente los machistas siguen siendo los que inventan programas de TV donde las mujeres tienen que ir en tanga llevando una bandeja y soportar que los invitados hagan chistes sobre lo buenos que están sus culos o sus tetas.

A cada festival de tango al que voy, el lugar de privilegio y de conducción lo siguen detentando los varones.

Yo encontré mi lugar, me lo gané palmo a palmo y seguiré en este camino, luchando para que las cosas sean distintas, es decir, más humanas e igualitarias.

María José Demare
(cantautora)

Credo

Creo y festejo las diferencias de género, así como creo que la igualdad de derechos y oportunidades aún está lejos de conseguirse. El menosprecio y el maltrato a la mujer aún siguen estando presentes en todos los niveles de la sociedad. Dedico mi vida al cine y como director, editor de una revista y docente, intento a diario volcar mis ideas feministas en el trabajo y fuera de él. Creo que el feminismo debe ser inteligente, justo, abierto e inclaudicable, pero jamás dogmático. Me molesta la creencia de que los hombres heterosexuales no podemos tratar con solidaridad y admiración a las mujeres. No tolero el sexismo en nadie. El feminismo es sinónimo de derechos humanos y por lo tanto no existe un tema a discutir: es correcto ser feminista. Las instituciones combaten el avance de la mujer y su libertad. Creo en el derecho a que las mujeres decidan cuándo ser madres y cuándo no. Creo absolutamente que debe despenalizarse el aborto ya, así como también creo que una madre debe ser protegida y amparada por las leyes de la sociedad.

Santiago García
(cineasta)

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