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Viernes, 26 de julio de 2002

La muerta que habla

“Estaba casi subyugado por el valor de su voz y
de su mirada. Eva era pálida, pero mientras hablaba
su rostro se encendía como una llama”, la describió
alguna vez Perón. Para muchos, más que una imagen, Eva sigue siendo una voz.

 Por Alan Pauls

Me pasa con Evita lo mismo que con Gardel, Perón o Borges: más que verla, la oigo. Su paso por el cine y el teatro, su profusa iconografía artística y política, sus célebres vestidos, sus peinados, su sonrisa de camafeo, los múltiples cuerpos (Nacha Guevara, Madonna, Esther Goris) en los que la reencarnó la industria del entretenimiento: todo ese stock figurativo no llega a los talones de una frase dicha por Eva Perón. Como Gardel, Perón o Borges, Evita no es una imagen sino una voz. Ella misma lo intuía: “En el cine, mala; en el teatro, mediocre; en la radio, pasable”, le dijo al jesuita Hernán Benítez, en una de las autobiografías artísticas más descarnadas que jamás haya osado hacer una estrella del show business. Perón, cuando la conoció, le dio la razón: “Yo la miraba y sentía que sus palabras me conquistaban; estaba casi subyugado por el valor de su voz y de su mirada. Eva era pálida, pero mientras hablaba su rostro se encendía como una llama”. ¿Qué importa que el amor sea ciego, cuando la amada es una sirena y es su sonido lo que hechiza, no su imagen? Pero lo que corrobora la confesión embobada del entonces secretario de Trabajo no era sólo el éxito de una seductora vocal nata, iniciada veinte años antes en Junín, recitando cursilerías de provincia por los altavoces de una tienda de instrumentos musicales, sino la fórmula un poco aterradora en la que más tarde descansarían su poder, su calvario y su inmortalidad. Tal como la cuenta Perón, la escena de seducción divide a Eva en dos: el cuerpo por un lado, la voz por otro. El cuerpo es pálido; la voz, fuego puro o –para decirlo con Bram Stocker– sangre. (Más de una vez pensé en Perón y Evita como la Gran Pareja Vampírica de la política argentina: él corpulento, lozano, siempre saludable y engominado, como un Drácula de país agropecuario; ella blanca, casi traslúcida, como una Morticia rubia, siempre amenazada por males que no emiten señales porque consumen: algo de eso vio Copi cuando en su obra Eva Perón imaginó a la moribunda denunciando a los gritos el complot que se escondía detrás de su cáncer.) Pero lo que Perón detecta –y lo que lo hechiza, como en una gran escena de película de terror– es que Eva, la pálida Eva que será su esposa, está muerta, es ya una muerta, pero una muerta que habla con una voz subyugante: una voz capaz de revivir a los muertos.
Si Evita es la radio, más que el teatro o el cine, no es sólo por razones históricas (buena parte de su carrera artística la hizo ante un micrófono, fueron los contactos con ciertos jerarcas de las telecomunicaciones los que la acercaron al poder, y nadie ignora el papel que jugó la radiofonía en el aparato de propaganda peronista); es porque el dispositivo radial transforma en una realidad técnica ese divorcio estremecedor entre el cuerpo y la voz con el que Eva, inaugurando un estilo fúnebre único –una tanatopolítica–, ensortijó alguna vez a Perón. Territorio sobrenatural, la radio es el reino de la voz en off: voz desencarnada, etérea, extraordinariamente ubicua... Y Evita es la radio incluso el 17 de octubre de 1951, cuando su retrato oficial inaugura las trasmisiones de la televisión argentina. Es ella, sí, pero el cáncer avanza, y es Perón el que la sostiene desde atrás, por la cintura, mientras ella saluda al pueblo con los brazos en alto. El 4 de junio del año siguiente, día de la jura del segundo mandato de Perón, la enajenación corporal se radicaliza: Perón y Evita saludan a la multitud desde el autoen marcha, pero si ella se tiene en pie es gracias a la estructura de yeso y alambre que la sostiene, disimulada en el interior de su abrigo de visón, y que prefigura las elaboradas maniobras del embalsamador Pedro Ara. 33 años, 33 kilos. Es un cuerpo enfermo, inerte –el cuerpo de una muerta en vida–, pero quizá sea el cuerpo que su voz necesita para emanciparse, sobrevivir y asegurarse definitivamente una prerrogativa de la que sólo los fantasmas pueden jactarse: volver. Para hacer tanatopolítica no basta con “estar” muerta: hay que hablar en calidad de muerta, hablar desde el más allá, que es lo que Evita hace cuando lanza el gran lema de la política zombi: “Volveré y seré millones”.

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