las12

Viernes, 28 de julio de 2006

VIDA DE PERRAS

Políticas del cuerpo

 Por Soledad Vallejos

Algunas preguntas pueden resultar antipáticas y hasta hirientes. Por ejemplo: ¿qué decir que no se haya dicho en estos días? Qué pensar, qué agregar, qué lugar nuevo para pararse, cómo ver las cosas de otra manera, con qué otras palabras decirlo si no es con las que tantas vienen diciéndolo desde hace tiempo. Desde la tarde del martes se saben detalles de un caso más (y van tantos que a veces lo logran, se pierde la cuenta). Desde esa tarde, digo, sabemos más o menos lo siguiente: que LMR tiene 19 años, una “discapacidad mental leve” y cuatro meses de un embarazo que nunca deseó porque fue producto de una violación. Que su madre pidió autorización judicial para que el hospital practicara un aborto terapéutico aunque el caso fuera claramente no punible (LMR cumplía, al menos, con una de las condiciones del archifamoso artículo 86: “atentado al pudor cometido sobre una mujer idiota o demente”). Que la jueza de primera instancia Inés Noemí Siro (una nunca, pero nunca debería olvidar ciertos nombres, después las regularidades se detectan con facilidad; si una reza, incluso, puede sumarla a sus plegarias: “Señor, ilumina a la jueza”) negó el pedido y después salió a defender su decisión con un argumento notable: “Es difícil dejar de lado la formación jurídica y cristiana”. Que los camaristas Juan Carlos Rezzónico y Ana María Bourimborde no estuvieron tan lejos cuando dictaminaron que el aborto estaba bien negado y que hará bien la jueza en supervisar cómo sigue el embarazo de LMR, porque no hay que descuidar, es preciso velar por “la protección de la salud física y psíquica, sea de la menor como del niño por nacer”. Que LMR, en resumidas cuentas, sigue adelante con el embarazo, tiene en el horizonte inmediato una maternidad especialmente indeseada e indeseable y vivirá por siempre con el recuerdo de lo que una formación “jurídica y cristiana” razonó como bueno y justo para ella y quien vaya a nacer en aproximadamente cinco meses.

En cinco meses será diciembre. Tendremos por delante la navidad y el año nuevo, las publicidades con personas deseando felicidades en nombre de empresas varias y hasta áreas del Estado, quejas por la suba de precios en la costa e investigaciones sobre los riesgos de tomar mucho sol en épocas de calentamiento global. Tendremos, lo que se dice, el verano encima. LMR, en cambio, tendrá la experiencia de parir a un bebé que no desea. Tendrá, quizás, visitas de algunos vecinos, saludos tímidos de otros (¿se dice “felicitaciones” a una joven que parió lo que ella va a parir?), una madre convertida en abuela que intentó no verla a ella, LMR, convertida en madre. Igual que ahora, además, tendrá una edad levemente superior a la que la jueza Siro tuvo el tino de indicar en su fallo como factor legal para discriminar quién es niña y quién no (“se entiende por niño todo ser humano menor de dieciocho años de edad”). Además de un bebé (que será niño, adolescente, adulto, que verá cada día de su vida), LMR tendrá todo lo que las personas suelen tener en diciembre, pero carecerá, sin duda, de la mirada pública: no estarán allí la jueza (quizá sí, olvidaba las instrucciones de los camaristas: fíjese que el embarazo siga, que el bebé nazca), las y los periodistas, las autoridades que tan cristianamente velan por los niños por nacer y –si se acuerdan– los derivan a bonitas instituciones en cuanto tienen edad para eso. LMR estará sola, o a lo sumo en compañía de su madre. Todas y todos los demás, mal que mal, seguiremos con nuestras rutinas más o menos cotidianas. Es casi seguro que no la recordaremos.

Pasarán los meses, terminará el verano y llegará el otoño. Probablemente entonces, si no antes, volveremos a tener noticias similares: habrá otro caso, otras iniciales resguardando una identidad vulnerada en su autonomía, otro pedido denegado y otro ser por nacer a quien se privilegia en nombre de la buena conciencia de alguien con un cierto poder (institucional, estructural, avalado por un Estado que, duele, somos todas y todos). El círculo es así de perverso: siempre que se inicia parece nuevo, siempre que se cierra lo hace con sigilo; y en el medio, bueno, alguna mujer queda encerrada, porque a fin de cuentas alguien tiene que pagar los platos rotos. Y sin embargo, hasta hace un par de semanas parecía que la cosa empezaba a cambiar, un poco de esperanza empezaba a alegrarse porque parecía que ahora sí, finalmente, con las modificaciones al Código Penal, con un consenso trabajoso pero consenso al fin, con un poco de voluntad política para hacer del Estado un Estado laico, inclusivista, respetuoso de convenciones tan caras a la moral de los derechos humanos como son los derechos de las mujeres, con un empujón más, un gesto, un algo. Pero no pudo ser, porque alguien protestó, el asunto volvió a fojas cero y aquí no ha pasado nada.

Sería larga la lista de casos como el LMR que fueron apareciendo en este suplemento en los ocho años y pico que lleva en la calle. (Puedo asegurar que fueron unos cuantos, y de ellos, ahora, me permito recordar uno en especial: el de una chica de 14 años de Bahía Blanca, violada por su padrastro, que se dio a la fuga, obligada a parir por ese temor de médicas y médicos a ser sancionados. Esa chica, ahora, debe andar por los 16, 17; ese bebé ya es un niño). Pero el perfil siempre es uno y el mismo: inevitablemente termina con una mujer (no importa su edad) en un callejón sin salida, o peor, en un callejón al que le han obturado toda salida con plena conciencia. Y parece tan claro, resulta tan desesperante, es tan agobiante chocar de frente con la impunidad de quien obliga a los demás a vivir de acuerdo con creencias personales, individuales, caprichosamente propias; asfixia tanto comprender que se trata de vidas de personas que se levantan cada día y deben sobrellevar cargas que no quieren (ese bebé, el que crece en LMR desde que fue violada, ese bebé es una carga) que hablar de impotencia es ingenuo, egoísta, infantil. Si hablamos de biopolíticas, Foucault ya hizo lo suyo; es difícil agregar algo aquí, ahora. Una, desde su lugar, hace lo que puede y a veces es tan crédula que piensa que puede servir; en nuestras páginas, por ejemplo, detenerse en estos casos, en esta Justicia, no dejar que pasen tan rápido.

A veces, una es ingenua y voluntarista, tanto que casi se cree eso de la gota que horada la piedra. Pero después viene el mundo real: aparece, por ejemplo, LMR. Una, que pierde la cuenta pero retiene las semejanzas, un vago recuerdo de los detalles, se pregunta: cómo es posible pensar que la gota horada la piedra si lo único que se obtiene son pruebas de la impermeabilidad más férrea. La terquedad omnipotente, preocupada en sostenerse a sí misma cueste lo que cueste (cueste las vidas que cueste), tiene razones que nosotras –me hago cargo– no llegamos a entender.

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Imagen: J.R.
 
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