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Viernes, 28 de julio de 2006

INTERNACIONALES

Romper los moldes

Casimira Rodríguez Romero es quechua y también una de las cuatro mujeres titulares en el gabinete de Evo Morales. Actual ministra de Justicia, llegó a la escena pública tras sindicalizar a las trabajadoras domésticas y conseguir una ley que las protegiera.

 Por Luciana Peker

Casimira no se hace, es distinta. Ella fue empleada doméstica desde los 13 años, sufrió abusos y logró reunir a las empleadas –que ella llama trabajadoras del hogar porque “domésticos son los perros”– y crear una nueva ley para ellas. En la página web del gobierno de Bolivia eso es lo que dice el currículum de la ministra de Justicia: aclara que ella fue trabajadora del hogar, que trabajó por techo y comida, sin sueldo ni descanso –si los currículum hablaran claro eso se llamaría esclavitud– y que logró hacer –intentar hacer– un poco de justicia con su proyecto de Ley de la Trabajadora del Hogar, promulgada el 9 de abril del 2003, que regula el horario de trabajo y el derecho al aguinaldo.

Casimira Rodríguez Romero nació hace 39 años en Mizque, cerca de Cochabamba, en una familia pobre. No es de origen indígena: es indígena. Viene de abajo y llegó arriba, si abajo es ser decidida y arriba decidir. Ella es una de las cuatro ministras mujeres del gabinete de dieciséis integrantes con el que Evo Morales intentó demostrar un arco iris distinto en el poder. De las cuatro mujeres ella es la única quechua y la única de quien puede decirse que su currículum es ser ella, una mujer luchadora de Bolivia. Por eso, fue la mayor sorpresa del gabinete de Evo.

Casimira fue dos veces secretaria de la Organización de Trabajadoras Domésticas en Bolivia. Y sabe que para que ese dato –que antes era barrido debajo de la alfombra en la invisibilidad de las que barren– aparezca en los diarios es central su liderazgo: el de una mujer pobre, boliviana, indígena, limpiadora de casas, sin título, rechazada –la Asociación de Abogados de Bolivia le pidió al presidente que la saque del cargo por falta de formación–. “No podemos tapar con un dedo la problemática de la mujer en la triple jornada: eso pasa con la mujer profesional, la mujer obrera, la mujer campesina. Hoy ya existen varias mujeres, de origen quechua, aymara, guaraní, que son líderes, pero cuesta mucho. Para la mujer crecer como líder significa sacrificios”, dice, en voz propia, esta mujer que habla pausado, se abruma con la gente que la abruma para hablarle o pedirle, no usa maquillaje y recibe honores de alta funcionaria.

Es una mujer símbolo que está en el camino de demostrar –o no– que el nuevo gobierno de Bolivia, que el 22 de julio cumplió seis meses en el poder con un ritual en el que Evo invocó la protección de sus ancestros y los dioses andinos (además de ratificar la continuidad de sus ministros y de la nacionalización del gas) es algo más que símbolos. “Nuestro hermano Evo está trabajando fuerte y por eso muchos bolivianos están empezando a sentir ese amor a la patria que ya se nos había muerto. Siempre pasaban las elecciones y no pasaba nada. Esta vez no, pero el cambio no es con una varita mágica sino poniendo esfuerzo”, asegura. Y –no casualmente– resalta: “Espero que la solidaridad de los países vecinos nos permita crecer, en medio de la agonía que se estaba viviendo política y económicamente en Bolivia”.

La solidaridad de los países vecinos es parte de lo que Evo Morales vino a buscar a la Cumbre del Mercosur, en Córdoba, la semana pasada. Allí,Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva formalizaron su intención de que Bolivia se convierta en el sexto integrante del bloque regional (no sólo socio) y Evo firmó con Kirchner un acuerdo de gas por veinte años. Mientras que, a su regreso, en Bolivia, Evo se encontró con un serio conflicto con la Iglesia Católica por querer quitarles la exclusividad en la materia religión que se dicta en las escuelas y agregar las otras creencias –muchas indígenas– que se practican en Bolivia.

No es la única medida que dictó el presidente boliviano en este sentido. En el inicio de su gestión ordenó que los y las ministros y secretarios de Estado estudien para ser bilingües y no hablaba de inglés, precisamente. “Evo dijo que los funcionarios públicos tienen que aprender a hablar un idioma nativo y algunos lo han tomado como que Evo es radical o racista. Y no es así: es una medida para motivar una cultura que se estaba perdiendo y que es importante para reforzar nuestra identidad, nuestro sentido de patria. En Bolivia tenemos más de 36 dialectos aparte del quechua, aymara, guaraní. Hay dialectos que a mí misma me cuesta conocer. Por eso, hay que entender e interpretar esa diversidad que es Bolivia. Es increíble, pero no le hemos dado el valor a esa interculturalidad. Y ahora queremos hacerlo. Suena a utopía, pero el deseo es grande y hay que alcanzarlo”, reafirma Casimira.

No a un solo lenguaje, no a una sola religión y tampoco a una sola justicia. Esa es la idea de Evo y el sueño que Casimira quiere poner en práctica: la convivencia de la Justicia ancestral –que conocen las comunidades indígenas y que han sido desconocidas por el Estado– con la Justicia de leyes en manuales y tribunales, que conocemos todos. A eso vino Casimira –invitada por la Universidad de Tres de Febrero–, a la Argentina, a contar de qué se trata esa otra Justicia.

“De pronto dos hermanos tienen cada uno un lotecito, cada uno con bastantes llamas, con bastantes ovejas y vacas, van a la Justicia ordinaria y las vacas van pagando la Justicia, así hasta que en cinco años les dan una respuesta, sin que ninguno ceda. Finalmente, en la comunidad, se enteran de que ya han perdido sus vacas y no han resuelto el problema. La autoridad de la comunidad les pregunta si quieren resolverlo. En un día se parte la mitad del terreno y sin gastos. Así, muchas veces los problemas se pueden resolver transparentemente, tan sólo escuchando”, dice Casimira en un relato que parece naïf, pero se vuelve dardo cuando habla de las trabas para que la justicia sea justicia y no se vuelva negocio. “Sin ofender a ningún profesional abogado, los abogados dicen: ‘Cuéntenmelo clarito, clarito, que se lo voy a enturbiar’ –ironiza–, por eso, los problemas no se logran resolver o tardan mucho tiempo en llegar a una solución.”

“Otra diferencia es que en la Justicia comunitaria la sanción no incluye la cárcel (generalmente se opta por el trabajo comunitario o la expulsión de la comunidad), mientras que en la Justicia ordinaria normalmente el conflicto se agranda con la cárcel –subraya la ministra– y hasta ahora las cárceles se manejan con una puerta para el que tiene más recursos y otra puerta para el que tiene menos. Por eso, ahora hemos tenido que cerrar la puerta del privilegio para que tengan que darse la vuelta los que menos tienen.”

Casimira afirma que no quiere instalar una nueva forma de Justicia en Bolivia, ni imponer la resolución ancestral de conflictos, pero sí lograr la convivencia de la Justicia originaria con la vigente. “La Justicia comunitaria es rápida, no tiene intermediarios, no necesita de recursos y es, muchas veces, la verdadera justicia –valoriza–. Pero en muchas comunidades se ha ido apagando. Nuestra idea es que se puedan normar todas las justicias comunitarias de nuestro país porque eso es parte de nuestra identidad.” Y prioriza: “La intención es mirar con más mirada de justicia y de derechos humanos frente a las injusticias. Ese es el desafío”.Casimira no quiere demostrar lo que no es, ni dejar de ser lo que sí es: una mujer que conoce el dolor de la falta de derechos y no la letra chica de las leyes. Ella sabe, por ejemplo, que la seguridad jurídica que algunas empresas, grupos de poder, sectores sociales (los más adinerados de Santa Cruz) o países le reclaman a Bolivia no es la misma idea que ella tiene de seguridad jurídica. “En medio de este momento de esperanza hay algunos conflictos con grupos privilegiados a los que les cuesta desprenderse de lo que siempre han tenido y que nadie les tocaba. Ahora dicen que no hay garantía jurídica en Bolivia porque hay control y se exigen garantías para que puedan trabajar en el país. En eso, hay conflictos, pero igual hay una energía positiva y solidaridad de los países vecinos. Yo creo que es importante seguir sumando esta energía para que, realmente, no se muera nuestro espíritu sino que tengamos un futuro mejor. Nunca habíamos pensado en un buen vivir, ahora sí, pensamos en todos, en la comunidad, en la solidaridad y en un buen vivir.”

Evo y sus ministras

“En el gabinete cuento con mujeres en puestos clave. Quiero decir a las mujeres, a las compañeras de toda Bolivia, que las mujeres no pueden seguir siendo viceministras, tienen que ser ministras. Y también estoy muy contento por las cuatro compañeras que nos acompañan en el gabinete, muy contento, que estén en temas sociales, estén en temas económicos, en temas de salud y en temas de Justicia, sean profesionales o no profesionales”, evaluó Evo Morales en su discurso a la población después del primer mes de su gobierno, resaltando la jugada estratégica de tener un 25 por ciento de mujeres en su gabinete y, especialmente, a la no profesional y quechua Casimira Rodríguez Romero en el Ministerio de Justicia.

Quiénes son las otras ministras de Evo

Ministra del Interior: Alicia Muñoz es antropóloga, nació en Potosí, en 1951 y fue la vicepresidenta del Colegio de Antropólogos de Oruro, tiene un diplomado en Género y Desarrollo y realizó estudios de periodismo en la ex Alemania Democrática. Fue militante del Partido Comunista de Bolivia y estuvo exiliada en Chile y Holanda. Fue dirigente de la Federación Democrática de Mujeres de Bolivia y senadora del Movimiento al Socialismo (el partido de Evo) hasta el 2005. Ahora es la primera mujer en ser nombrada ministra del Interior en Bolivia (en Argentina ese cargo nunca fue ocupado por una mujer). Tiene a su cargo la lucha contra la droga, los servicios de inteligencia y el manejo de la policía (por la que ya tuvo que dar varias explicaciones públicas ante abusos policiales).

Ministra de Producción y Microempresa: Celinda Sosa es una dirigente popular, casada y con tres hijos. Nació en Tarija en 1963. Es educadora social y trabajó como directora ejecutiva en el Centro de Capacitación e Investigación de la Mujer Campesina en Tarija. También fue secretaria general de la Federación de Mujeres Campesinas de Bolivia.

Ministra de Salud: Nilda Heredia es médica cirujana desde hace 36 años y es una veterana luchadora social exiliada durante la dictadura de Hugo Bánzer. Fue presidenta del Colegio Médico de La Paz y vicerrectora titular de la Universidad Mayor de San Andrés. También fue presidenta de la Federación Latinoamérica de Asociaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos hasta el 2005.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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