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Viernes, 8 de septiembre de 2006

ENTREVISTA

Universos Paralelos

La antropóloga brasileña Teresa Caldeira investiga sobre las relaciones sociales y la vida en las ciudades –fundamentalmente en San Pablo–. En sus últimos trabajos se centró en la redefinición de las identidades de género y los roles generacionales entre las y los jóvenes. De paso por Buenos Aires, planteó algo inquietante: las desigualdades entre ricos y pobres pueden convertir las brechas de género en abismos y desconocimientos mutuos.

 Por Soledad Vallejos

Cómo perforar los límites entre territorios urbanos segregados? ¿Cómo entablar puentes entre distintos mundos culturales?”, teniendo en cuenta que sólo es posible concebir el espacio urbano y la producción cultural como asociados. Aun más: qué hacer cuando el espacio público se repliega hacia lo privado, dispone de zonas residenciales cercadas para ricos y basa lo demás, lo que queda fuera de la muralla, en el discurso de la seguridad, tan eficiente a la hora de identificar el goce de distinción con el ejercicio de la discriminación. Esas son algunas de las preguntas que la antropóloga Teresa Caldeira tiró como desafíos de difícil respuesta en “Barrios fortificados, favelas, villas: segregación territorial y espacio compartido”, la mesa que compartió con Jorge Jáuregui y Jaime Sorín durante su participación en el 2º Encuentro Internacional de Pensamiento Urbano, que terminó la semana pasada.

Actualmente, Caldeira es Profesora Asociada del Departamento de Antropología de la Universidad de California en Irvine y también en Unicamp (la Universidad de Campinas), en Brasil. Feminista, apasionada de esa rama de la academia que mira hacia lo urbano y sus vínculos con la vida social, nacida en San Pablo, deja que sus preocupaciones e intereses crucen sus trabajos hasta volverlos tremendamente complejos y productivos: ha investigado sobre discriminación social, segregación espacial y cambio urbano; violencia urbana; ciudadanía, democracia y derechos individuales; movimientos sociales y políticas de participación popular; relaciones entre géneros; culturas jóvenes en el mundo neoliberal. Es precisamente la combinación lo que, a través de la investigación –hecha de entrevistas, lecturas y recorridos urbanos–, encuentra vetas conflictivas, las desmenuza y hace estallar como evidencias, como sucedió con su City of walls: crime, segregation and citizenship in Sao Paulo, el libro que en 2001 le valió el Senior Book Award de la Sociedad Americana de Etnología. Con San Pablo como ciudad de referencia fundamental (en la cual Buenos Aires puede reconocer rasgos propios), alguna vez ha escrito: “Los enclaves fortificados son espacios privatizados, encerrados y monitoreados para residencia, consumo, ocio y trabajo. El temor de la violencia es una de sus principales justificaciones. Atraen a aquellos que están abandonando la esfera pública tradicional de las calles al pobre, el ‘marginal’ y el homeless. En ciudades fragmentadas por enclaves fortificados es difícil mantener los principios de apertura y libre circulación que estuvieron entre los valores organizadores más significativos de las ciudades modernas”.

No es novedad que la ciudad ha dejado de ser una experiencia colectiva, un lugar para habitar a partir de encuentros y disidencias, una suma de espacios de cruce en los que gestar, negociar y construir escenas de lo social. Nada más lejos del panorama que nos toca vivir que esas ciudades que la burguesía de la modernidad supo imaginar para llevar a la práctica su propia idea de la integración (que incluía, justo es decirlo, la manera más políticamente correcta de hacer comprender a cuerpos y subjetividades ciertas nociones de la jerarquía social y económica): las calles concebidas como arterias de circulación (vehicular) fluida; las veredas como ámbitos privilegiados de confluencia de mujeres y varones de distintas clases sociales; un cierto diseño de parques y verdes urbanos; un centro de identidad mutante y una periferia en expansión. La ciudad que inauguró la modernidad en gran parte de Occidente se preocupaba, ante todo, por calmar y contener situaciones potencialmente conflictivas, en términos sociales y de género y siempre teniendo como eje a las y los ciudadanos (con la excepción notable de Norteamérica, más bien preocupada por diseñar ciudades y regiones en función de movilidades varias –con el auto como sujeto principal–, una visión que lleva a realidades para nosotras asombrosas, como son las ciudades sin veredas). Pero las reglas del juego se transforman al ritmo de nuevos y distintos intercambios económicos, globalizaciones, re-construcción de identidades y maneras de vivirlas. La redefinición del espacio público que puso en acto la democratización burguesa, ahora se redefine a partir de los lazos de la estética de la seguridad y el status. Con la desigualdad todavía como principio rector (nadie podría pensar que la ciudad moderna formó parte de una utopía à la Fourier), pero con su apariencia y sus modos fraguados por la obscenidad como rasgo fundamental, el mundo que se abre llegado el siglo XXI muestra otras urbanidades, y eso mismo es lo que repercute en las identidades de género.

–Estoy muy interesada en la cuestión de los jóvenes. Creo que varias de las cosas que se tomaban como referencias, como certezas, ya no sirven para nada; hoy día los jóvenes tienen que reinventar esas referencias. El más obvio de esos cambios es que el mundo del trabajo ya no es lo que era antes, y eso incide en las relaciones sociales. Antes, por ejemplo en San Pablo, daban por supuesto que iban a encontrar trabajo, y basaban su identidad sobre el supuesto de que eran trabajadores. Eso cambió totalmente: no hay trabajo estable, el desempleo es muy grande, y los trabajos que hay no son como los que conocemos, no son trabajos formales, con seguridad social. Siempre hubo trabajo informal: la diferencia es que ahora es lo general, es la regla. Estamos en un momento en que gente que sale de la universidad probablemente no va a tener trabajo, con más razón podemos pensar esas dificultades para jóvenes que no suelen ser parte de lo incluido. Eso lleva a otra cosa: antes, los hombres tenían el papel de proveedor, a pesar de que las mujeres siempre trabajaron estaba la idea de que él podía proveer lo esencial para su casa, su familia. En el nuevo contexto, todo tiene que ser reinventado. Mis preguntas giraban en torno de lo siguiente: en el momento en que se reinventan todas estas identidades, el grupo que va a tener un papel más importante es el de los jóvenes, que ya se están reinventando.

En los planteos de Caldeira, la brecha entre géneros puede convertirse en abismo si de jóvenes excluidos de los circuitos laborales, escolares y de consumo se trata. Caldeira habla de un paisaje marcado por la ostentación de las jerarquías nacidas de la desigualdad: en San Pablo –ha dicho– la periferia históricamente es la referencia de la violencia y la pobreza, o lo que es lo mismo, el sinónimo de la falta de expectativa. Pero lo curioso es que sus habitantes, los que salen de la periferia para tomar por asalto los centros urbanos y apropiárselos con diferentes prácticas, esos que se trasladan y actúan para volverse visibles son sólo varones. Ante un mundo hostil, los varones se dan hermandades que los refuerzan y facilitan la sociabilidad y el contacto con lo social concebido como macro. Pero se trata de una reacción que deja ocultas, ausentes, a las mujeres de esos universos excluidos.

Entre los jóvenes pobres hay reinvenciones de las identidades de género pero con desventajas. Todas las manifestaciones públicas son masculinas, y excluyen a las mujeres. Las mujeres no entran en los códigos, no conocen la visión que tienen los varones de ellas. Y en la gran mayoría de los casos esas visiones masculinas no sólo las excluyen, sino que también son misóginas. Entonces me pregunté: ¿qué pasa con las mujeres?, ¿dónde están?, ¿cuáles son sus perspectivas?

–Hay reinvenciones de las identidades de género pero con desventajas. Todas las manifestaciones públicas, los graffiti, los grupos que se arman a partir de códigos del hip hop, el pixaçao (un tipo de graffiti que no busca tanto el efecto estético sino que, más bien, gana valor al resultar más incomprensible, al descomponer firmas, palabras, letras), el mundo del skate, todo eso es masculino. El problema de todas las maneras en que los jóvenes tejen alianzas no es sólo que son masculinas, sino que excluyen a las mujeres. Las mujeres no entran en los códigos, no conocen la visión que tienen los varones de ellas. Y en la gran mayoría de los casos esas visiones masculinas no sólo las excluyen, sino que también degradan a las mujeres, son misóginas. Entonces me pregunté: ¿qué pasa con las mujeres?, ¿dónde están?, ¿cuáles son sus perspectivas?

¿Cuáles fueron las respuestas?

–Para mi tristeza, lo que surgió fue que mucho de la elaboración de la identidad femenina hoy, entre los pobres, se lleva adelante en relación al sistema de las publicidades y el modelaje. La construcción de esa identidad pasa por elaborar un cuerpo otro, y en eso tiene mucho que ver –también– la nueva configuración de los espacios públicos que rodean las favelas: está lleno de grandes publicidades en las que, constantemente, hay cuerpos de mujeres en exhibición y en relación al consumo, algo que no pasaba antes. Ese espacio público ha cambiado. Ahora, las mujeres en el espacio público, en las publicidades, son un cuerpo. Las mujeres jóvenes y pobres ven eso, y buscan acercarse en esos términos, lo cual se agrava porque sucede mucho que las agencias de modelos, los fotógrafos, suelen ir a las favelas a buscar modelos. Lo hacen también las mujeres de sectores más acomodados, porque además es una manera de ganar plata, pero en el caso de las jóvenes pobres se agrava porque esto se cruza con otro tema: creció mucho el embarazo de adolescentes. Muchas se convierten en madres tempranamente, pero a diferencia de otras generaciones, ellas reivindican su soledad. Son mujeres que no quieren casarse ni estar con varones, quieren estar solas con sus hijos, y se manejan en redes de solidaridad femenina que funcionan en las favelas. Son chicas que cuentan con sus familias, pero esencialmente con las mujeres de su familia y sus amigas: forman comunidades de mujeres, en las que viven las madres, las abuelas, las amigas y los hijos chicos.

¿Y allí replican el modelo misógino?

–Bueno, es un espacio donde se reproducen identidades masculinas que a ellas las excluyen, incluso cuando los varones suelen estar ausentes. Lo grave, creo, es que no hay un discurso que las identifique en su generación, una elaboración de su sexualidad, del cuerpo de la mujer en términos positivos o de poder para ellas mismas.

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Imagen: Rafael Yohai
 
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